18 de junio 2012 - 00:00

Cumbre de talentos rodeó a Alex Acuña

«Reunión cumbre». J. Navarro (piano, teclado), G. Bergalli (trompeta), R. Rada (voz, percusión), L. Salinas (guitarras, voz), F. Fattoruso (bajos) y A. Acuña (batería, cajón). (Teatro Coliseo; 16 de junio). 

Ellos se divierten y en esa diversión está la clave para el excelente resultado del concierto que reunió a Jorge Navarro, Gustavo Bergalli, Rubén Rada, Luis Salinas, Francisco Fattoruso y Alex Acuña. No hay reglas fijas: apenas la idea inicial de un productor en complicidad con Navarro y Bergalli para armar la convocatoria, organizar una lista de temas sin ataduras temáticas, abocetar los arreglos y salir al ruedo a partir del espíritu libre del jazz. El repertorio puede estar integrado por standards, boleros, tangos, temas flamencos, toques latinos, candombes. El papel solista y los lucimientos personales pueden alternarse entre todos los integrantes del sexteto, que a ratos también va cambiando su conformación. Lo que jamás decae en más de dos horas de música, -aunque a veces con un exceso de vértigo- es la frescura, el swing, el placer de tocar por tocar, la empatía con el público que colmó la sala del Coliseo.

Jorge Navarro funciona como maestro de ceremonias: es el que habla, presenta a sus compañeros, parece dirigir el asunto. Además, se luce en un solo de piano con «Misty» de Erroll Garner a la hora de los bises. Por su fuerte personalidad y por la tormenta de notas que sale de sus guitarras, es Luis Salinas en cambio quien llama más la atención, y a ratos da la sensación de que el resto queda subordinado a sus designios. Pero aunque su virtuosismo entusiasma a la platea, el guitarrista saca lo mejor de sí cuando calma su discurso y, por ejemplo, acompaña al Rubén Rada cantante haciendo un par de tangos gardelianos o a sí mismo en el bolero «Contigo en la distancia». Por su parte, el uruguayo pone su cuota de percusión rioplatense, sus improvisaciones vocales, su canto en los tangos citados y en un par de títulos propios («Botija» y «Me pá»), sus juegos onomatopéyicos que imitan cañas y bronces. Más humilde en su actitud escénica pero no por eso menos sobresaliente, Gustavo Bergalli es el puntal de la trompeta y tiene su mejor momento cuando es el solista para «El día que me quieras».

Pero nada de todo esto sería posible sin los dos sostenes armónico-rítmicos que tuvo este sexteto. Por un lado, el joven y muy talentoso uruguayo Francisco Fatturuso -hijo del legendario Hugo- que con sus bajos/guitarra apuntaló la estructura pero además tuvo su espacio para el lucimiento personal. Y finalmente, queda mencionar a la gran estrella de este concierto, «el músico por el que ustedes pagaron la entrada», bromeó Navarro. Es que el peruano Alex Acuña, dueño de un currículum impresionante (ver cualquier diccionario), dio una clase de lo que lo que debe ser un baterista/percusionista, haciendo caminar el discurso musical, soportando el andamiaje, apelando a la sutileza más que al alboroto de sonidos y midiendo los solos con la humildad de los que no necesitan demostrar nada.

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