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DiDonato: voz de seda y nervios de amianto
Joyce DiDonato debutó en el país y en el Colón con un estupendo recital, aunque sobresaltado por la alarma de incendio.
Las grabaciones no mentían. Más que una cantante, la mezzosoprano norteamericana Joyce DiDonato parece una milagrosa conjunción de lo mejor de sus colegas y antecesoras: la agilidad y la expresividad de Cecilia Bartoli, la inteligencia y el refinamiento de Frederica von Stade, el color atractivo de Marilyn Horne (aunque sin los sonidos menos gratos y más artificiales de ésta), y la enumeración podría continuar. Si para confirmarlo faltaba escucharla y verla en vivo en una sala de las dimensiones del Teatro Colón, en el primero de los recitales que brindó para el Mozarteum Argentino, es difícil pensar que alguien no haya resultado convencido después de un despliegue como el que realizó, y además en circunstancias un tanto adversas.
Con una voz de caudal moderado que «corre» perfectamente, simpatía arrolladora como pocas cantantes han ostentado, DiDonato abordó un repertorio ecléctico, aunque con momentos más brillantes que otros. Probablemente no fueron una buena elección para inicio las «Canciones clásicas españolas» de Fernando Obradors, bellísimo ciclo que la norteamericana vertió con sensibilidad, aunque el texto distara de ser completamente inteligible.
Más suelta se advirtió a la «yankee diva» en HTMndel (un compositor cuya música ha transitado brillantemente), por más que no sea el piano el acompañamiento ideal: con «Oh sleep» del oratorio «Semele» y la mucho más famosa «Dopo notte» de «Ariodante», exhibiendo un manejo asombroso del «fiato» y una controladísima dosificación del vibrato al par de su coloratura sin igual, DiDonato comenzó a hacer subir la temperatura de la sala. Mayor aún fue la sensación cuando acometió (y casi como un aperitivo temático de «I due Figaro») tres arias de Mozart y Rossini basadas en la trilogía beaumarchiana: «Voi che sapete», «Deh, vieni, non tardar» y «Una voce poco fa», cada una de ellas interpretada y actuada con la misma compenetración y una vocalidad impecable.
En un clima extrañamente no perturbado por sempiternas toses ni insistentes ringtones, justamente durante la introducción pianística del aria de Rosina sucedió lo inesperado: una alarma (ver recuadro) comenzó a sonar poderosamente en la sala. Sin inmutarse, el genial David Zobel siguió tocando mientras ella bromeaba «¡Es Bartolo!» (por el personaje de «El barbero de Sevilla»). Después de repetirse el incidente en el intervalo, la alarma sonó nuevamente justo cuando la cantante anunciaba como preámbulo a la segunda parte que «no había ningún problema». Pocas cosas debe haber tan molestas para un artista como la incertidumbre de que se repita un suceso así; sin embargo ni siquiera tal circunstancia pudo quebrar la entrega y concentración de ambos músicos en la memorable versión de la escena de Desdemona del «Otello» de Rossini.
Con garbo y profundidad interpretativa inigualables, DiDonato brindó el hermoso ciclo «Venezia» de Reynaldo Hahn, antes de finalizar con dos canciones de cámara italianas: «O del mio amato ben» de Donaudy, y la graciosa «La spagnola» de Di Chiara. Como bises, tres joyas: la «Canzonetta spagnuola» de Rossini en un cautivante y progresivo «accelerando», la «Canción al árbol del olvido» de Alberto Ginastera cantada y tocada con una sensibilidad que muchos nativos envidiarían (salvo por un breve bache en el texto, insignificante si se tiene en cuenta que lo cantó íntegramente de memoria) y uno de sus «hits» rossinianos: «Fra il padre e fra lamante», cabaletta de «La donna del lago», la nueva explosión virtuosística que todos esperaban.


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