23 de febrero 2009 - 00:00

“El cine político hoy a la gente le importa un pimiento”

Invitado al reciente encuentro en la residencia de Olivos, el realizador Imanol Uribe («La muerte de Mikel», «Días contados») visita el país.
Invitado al reciente encuentro en la residencia de Olivos, el realizador Imanol Uribe («La muerte de Mikel», «Días contados») visita el país.
Las molestias del Oscar y del Goya, los vaivenes con la ETA, y el inesperado gozo de un velatorio son anécdotas que surgen en una charla con el director vasco Imanol Uribe, quien vino invitado al reciente acto de sus colegas argentinos en la residencia de Olivos. «También he trabajado con actores argentinos», dice espontáneamente, y se vuelca en elogios para Pepe Soriano, Darío Grandinetti, Martín Adjemian, cuya muerte lamenta («era encantador, y de gran predicamento entre los actores españoles»), y otros dos que pasa a detallar:
Imanol Uribe: ¿Sabe? El primer trabajo de Héctor Alterio en España fue conmigo, en mi primer corto. Voy a una oficina pública y lo veo tratando de arreglar unos papeles. «¡El actor de 'La Tregua'! ¡No puede ser!», y enseguida, antes que alguno lo tome, hicimos «Off», donde un perseguido le dice a la esposa que se va a suicidar. Y no me cobró nada. Y le digo de otro que no tiene precio: Miguel Ángel Solá.
Periodista: Que hizo de policía obsesionado por hallar al asesino de un chico en «Plenilunio».
I.U.: ¡Cómo practicó hasta tomar el acento de un policía español, sin el menor dejo de entonación argentina! Pocos lo logran. Un actor extraordinario, muy serio, de un rigor a veces excesivo, entregado en cuerpo y alma a su personaje, y eso que sufre tantos problemas de columna. Cuando no estaba en rodaje, estaba en la farmacia.
P.: Hace justo 30 años usted hizo «El proceso de Burgos», documental sobre 16 antifranquistas vascos, entre ellos dos curas, condenados a muerte en 1968 y amnistiados por la presión mundial. ¿Entonces usted admiraba a la ETA?
I.U.: Toda mi generación admiraba su lucha antifranquista. Pero en 1979, cuando llegó la amnistía general, algunos de ellos desatendieron una oportunidad histórica y tomaron nuevamente las armas, con las consecuencias que todos sabemos. Desde ahí, la opinión general ha ido cambiando hacia un rechazo absoluto.
P.: ¿Todavía los admiraba cuando hizo «La fuga de Segovia», sobre otro episodio de esa misma lucha?
I.U.: Esa era una película de género, como «Alcatraz, fuga imposible», o «El boquete», de Jean Becker, pero con mucho componente documental. Su guionista y productor, Ángel Amigo, era uno de los que se fugaron, y estaba obsesionado por la precisión en los detalles. Claro que hay cosas que, aun habiendo sido reales, no se podían creer, de modo que no las pusimos. Por ejemplo, cuando ellos salieron a la calle, vestidos de verano en pleno invierno, algunos creyeron que eran deportistas que venían de visita, y empezaron a aplaudirlos. Pero en 1984 la ETA iba tomando vericuetos muy retorcidos. Por eso hice «La muerte de Mikel».
P.: ¿Esa con Imanol Arias como un homosexual repudiado por sus paisanos?
I.U.: Y Antonio Banderas como travesti. Me inspiré en un etarra expulsado por drogadicto. Cuando murió, no sabemos si por sobredosis o a causa de una visita a la comisaría, los mismos que lo habían expulsado lo trataron como un mártir. La película cambia algo, pero la razón de la historia es la misma, denunciar el uso, la exaltación de la muerte. Y así como antes cada grupo quiso adjudicarse «El proceso de Burgos», ahora ya decían que a ésta la había financiado el PSOE. Y de «Días contados», bueno, nadie quiso apropiarse. Además, para entonces al público el cine político le interesaba un pimiento. El estreno fue un fracaso. Pero el distribuidor la sostuvo dos meses, hasta que vinieron los premios Goya. Ganamos ocho, y hubo una eclosión. La obra disfrutó una segunda vida comercial gracias a los Goya.
P.: Usted fue premiado varias veces, e incluso fue al Oscar como productor de «Secretos del corazón».
I.U.: ¡La mejor de Montxo Armendáriz! Pero al Oscar no pienso volver. Te encierran en una limusina a la una de la tarde y ahí te tienen en fila hasta las seis, cuando te sacan a desfilar por la alfombra. Para peor, a la nuestra se le estropeó el aire acondicionado, no andaba la heladerita, la ceremonia fue larguísima, y ni siquiera ganamos. Obviamente, si uno está nominado no queda más remedio que ir por buena educación, pero no por gusto. Pasa lo mismo con los Goya. Ahí una vez, con «El rey pasmado», ganamos todos los premios, salvo los dos que me tocaban, dirección y mejor film, que se los llevó, con toda justicia, «Amantes», de Vicente Aranda. Y hay que poner cara de bien educado.
P.: Pero tuvo la suerte de trabajar dos veces con Fernando Fernán Gómez, en «Plenilunio» y «El rey pasmado».
I.U.: Todo era un barullo, los jóvenes dando guerra, y él llegaba y se iba a leer un libro. Un sabio. «¿Qué te parecen los cambios que hice en el guión?» «Ah, no los conozco. Yo solo leo mi parte, porque cuando voy a un bar, ni sé lo que piensa el camarero». Cuando murió, fuimos al tanatorio de La Almudena. Ahí estábamos, deudos y amigos, cuando de pronto entran unos camareros, ponen la mesa, vasos, hielo, bebidas, y la viuda nos dice «La última voluntad de Fernando es que lo festejéis aquí». Muy bonito, todos en ayunas, bebiendo, llorando, borrachos abrazados y dando vivas a Fernando. Yo lo recordaré siempre.
P.: ¿Alguna vez volvió a El Salvador, donde pasó su infancia?
I.U.: Volví hace poco, fugazmente. Quise visitar mi barrio, mi escuela, y en cada casa, cada tienda que se precie, había un tipo de seguridad con un tamaño fusil. Y eso, en pleno día. Está peor que ciertas partes de México.
Entrevista de Paraná Sendrós

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