“El humor hace que todo se asimile con mayor tranquilidad”

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Pasó del teatro de títeres al de objetos y de ahí a la dramaturgia, para luego convertirse en uno de los directores más destacados e hiperactivos de la escena porteña. Daniel Veronese sigue trabajando en el circuito independiente (donde ya versionó con éxito obras de Chejov e Ibsen) y a la vez es muy requerido por los productores de salas comerciales.

Este año llevó dos nuevos títulos a la calle Corrientes: «La última sesión de Freud» de Mark St. Germain (Multiteatro) y «Cock» de Mike Bartlett, su último estreno en el Paseo La Plaza. Se trata de una comedia dramática sobre los prejuicios sexuales que obstaculizan la búsqueda de la propia identidad. Encabeza el elenco Leonardo Sbaraglia, en el papel de un homosexual indeciso que al entrar en crisis con su pareja (Diego Velázquez) se enamora de una mujer, sexy y femenina (Eleonora Wexler) y no sabe con quién quedarse. También interviene en el conflicto, el suegro del protagonista, papel a cargo de Jorge DElía.

Antes de viajar a Madrid, donde montará «Los hijos se han dormido» con actores españoles, Veronese dialogó con este diario.

Periodista: «Cock» entretiene, pero también incomoda. ¿Cómo está reaccionando el público?

Daniel Veronese: En la primera escena, cuando los dos hombres se besan en la boca, se sienten algunas risitas y hay gente que se agarra la cabeza. Después, el público se va soltando y disfruta de las situaciones. Hay escenas graciosas y patéticas, como la del debut sexual de Juan con esa mujer que conoció en la calle. A esta altura no es una transgresión mostrar a una pareja de hombres. Además, la relación entre ellos es cálida, casi más que la que tiene Juan con la chica. Ese vínculo es más sexual y el de los dos hombres más amoroso. Ella le mueve cosas. Pero no es cualquier mujer, porque a él no le atraen las mujeres, es esa en particular. El tema es existencial, Juan necesita encontrar su identidad. Para él no es importante con qué se acuesta, si hombre o mujer, sino con quién se acuesta, qué clase de persona es. El está enamorado de ambos, los quiere y necesita por distintas razones.

P.: ¿Mostrar a un pareja gay en triángulo con una mujer es un signo de avanzada o un gancho argumental?

D.V.: ¿Cómo habrían escrito esta obra unos diez o quince años atrás? Probablemente el protagonista sería un hombre casado y con hijos que se unió a esa mujer para tener una familia normal, hasta que un día se da cuenta de que vivió reprimido y entonces libera su sexualidad entregándose a un hombre. Hay muchos casos así. Pero creo que, a nivel dramático, resulta más interesante este nuevo planteo porque es poco común. Incluso podemos pensar que esta decisión del autor es una herramienta de igualdad. Si un heterosexual puede pasar de un lado a otro, también un homosexual puede interesarse por una mujer. La obra trata igualitariamente el tema, por eso me parece inteligente.

P.: Un crítico norteamericano dijo que la obra es mucho menos transgresora de lo que promete el título («cock» alude, vulgarmente, a la palabra «pene»).

D.V.: Nosotros pasamos del título porque es intraducible y porque la obra va por otro lado, no busca la transgresión. Tiene diálogos fluidos, con corazón y sentimiento, donde todos dicen lo que piensan. Hay un personaje políticamente incorrecto, el suegro de Juan, que es un padre amoroso y quiere defender a su hijo, pero que a la vez tiene pensamientos reaccionarios. Aceptó a esta pareja gay, pero es evidente que le costó mucho. Tiene actitudes desagradables como todos los demás, porque en el terreno del amor y la conquista y en esa necesidad de poseer al otro hacemos y nos hacen cosas que si uno las saca de contexto resultan deplorables. Pero eso es lo que los vuelve tan humanos.

P.: ¿Es creíble que un homosexual tan estable de pronto se sienta atraído por una mujer?

D.V.: Es ella la que le tira los galgos cuando se cruza con él por la calle. La chica viene de un divorcio y no quiere volver a enamorarse pero lo ve a Juan, que es un hombre esbelto y atractivo, y lo encara frontalmente. Después lo invita a tener sexo con ella y él, que está recién separado se deja llevar, pero después se arrepiente. No va excitado a ese primer encuentro, lo que lo excita es la idea, la posibilidad de estar con una mujer, y enseguida fantasea con tener hijos; pero duda en comprometerse con ella, porque le siguen gustando los hombres. No sé si esta obra va a permitir que la gente se abra más a estos temas, pero el humor hace que todo entre con más facilidad. Ya vimos que el público sale hablando de la obra y a nosotros nos pasa lo mismo, todavía seguimos debatiendo sobre algunos pormenores.

P.: ¿Es cierto que va a debutar en cine?

D.V.: Sí. En noviembre empieza el rodaje de «La tercera orilla», la nueva película de Celina Murga, donde interpreto a un médico bígamo y padre de un adolescente. Necesitaba un cambio. No creo que deje el teatro, a mí me encanta dirigir, pero intuyo que el cine le va a dar más placer a mi trabajo. Es un lenguaje de síntesis que va bien con mi forma de ver el teatro. Actuar en cine es el primer paso para entender cómo es ese mundo antes de dirigir.

P.: ¿Cuál es su proyecto a largo plazo?

D.V.: Me gustaría llevar al cine mis puestas de teatro independiente. Pienso en «Mujeres soñaron caballos», «La forma que se despliega» y «Espía a una mujer que se mata», mi versión del «Tío Vania» de Chejov. Siempre me pareció que esas obras eran muy cinematográficas.

Entrevista de Patricia Espinosa

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