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“Encorsetarse en un género es reducir la paleta de colores”
Libertella: “La gente de mi edad conformó la generación de transición entre un mundo analógico y un mundo digital. Esa es una de las pocas cosas en las que podemos decir que somos únicos en la historia”.
Hijo del escritor Héctor Libertella y de la poeta Tamara Kamenszain, estudió Letras en la UBA, se dedica al periodismo cultural y lleva publicados "Mi libro enterrado" y "El estilo de los otros". El diálogo con Mauro Libertella permite un acercamiento a las búsquedas y realizaciones de los narradores porteños del grupo sub 35, cómo viven la literatura, cuáles son sus referentes y sus búsquedas.
Periodista: ¿Cómo decidió que su tercer libro fuera una novela de iniciación, contar el rito de pasaje de la adolescencia a la adultez?
Mauro Libertella: Mi primera novela, "Mi libro enterrado", es una novela de iniciación, el segundo, "El estilo de los otros", un libro de conversaciones que salió sólo en Chile, y esta segunda novela es nuevamente un libro de iniciación. En "Mi libro enterrado" trato de la muerte de mi viejo y mi relación con él. En realidad comencé queriendo escribir un libro sobre sus últimos días, y de pronto empezaron a surgir los recuerdos inevitables de mi infancia, de los momentos importantes, de mi vínculo con él, y terminó siendo como una especie de autobiografía compartida. Una autobiografía de la relación. Me costaba escribir teniendo padres escritores. Sentía que eso ya lo habían hecho ellos. Que ya habían ocupado ese lugar y ya no había lugar para más escritores. A mí siempre me gustó escribir, estudié Letras, hago periodismo, pero no me animaba a dar el salto al libro porque sentía el peso del apellido. Sentía que el apellido Libertella le correspondía a mí padre y no a mí, que si escribía algo me iban a comparar. Todas esas neurosis, esas paranoias las escribí en "Mi libro enterrado" y de algún modo exorcicé esos fantasmas que tenía. Fue un libro de iniciación pero también de entrada a la literatura. Tuvo buena recepción, gustó. Eso me ayudó a sacarme esa mochila de temores de encima. Pero, como judío neurótico, me inventé una nueva neurosis: a ese libro le fue muy bien, ¿y ahora? El libro sobre mi viejo es único, irrepetible, es tirar toda la carne al asador; arranqué con todo, ¿cómo sigo? Venía pensando tramas, historias, pero por ahora no me sale escribir fantasía pura, inventar una historia de cero. Por el momento no es lo mío. Nuevamente apelé a lo que tenía cerca, el colegio secundario.
P.: Pero su novela va más allá de la experiencia del protagonista en el secundario.
M.L.: Es un grupo de amigos de los 16 a los 23 años. Se conocen en la escuela secundaria. Allí surgen las afinidades, se forman pequeñas comunidades. Aparece la relación con los profesores, el afuera, las clases sociales, las mujeres. Luego, en la segunda, es lo que pasa con esos amigos cuando terminan el colegio y cada uno tiene que conseguir sus primeros trabajos, una novia, irse de la casa de los padres. Ya no está protegido por la casa paterna, el colegio, tiene que salir al mundo. Es el pasaje de la juventud a la adultez en la Buenos Aires del cambio de siglo.
P.: Cuenta de una generación que recién empieza a contarse, la de fines de los noventa.
M.L.: Cuando decidí llamar a mi libro "El invierno con mi generación", una amiga me dijo: me gustó, pero me parece desacertado hablar de generación porque trata de un grupo de clase media alta, judía, intelectual, de la zona norte, de colegio privado de los años del menemismo; yo me sentí identificada porque leí los mismos libros que vos, escuché los mismos discos, fui a bailar a los mismos boliches, pero hablamos de un grupito no de una generación. Es cierto lo que ella dice, pero dejé el título porque me gusta mucho. Lo que ocurre es que la palabra generación está ligada de forma muy fuerte a la del 60 y a la del 70. La mirada a mi generación es un poco naif, un poco idealizada y un poco desencantada porque aprendimos que no hay que creer en los grandes sueños de otras generaciones. Era una época de acceso a cosas insospechadas, de baratijas y abalorios a herramientas de nuevas tecnologías.
P.: ¿Cómo definiría a esa generación?
M.L.: La gente de mi edad conformó la generación de transición entre un mundo analógico y un mundo digital. Esa es una de las pocas cosas en las que podemos decir que somos únicos en la historia. Los pibes que hoy tienen 12 años nacieron en un mundo digital, no conocen ya el analógico. Nosotros vivimos esa transición en la edad crucial. En la adolescencia, cuando uno empieza a incorporar todo, aparecieron las computadoras. En las generaciones anteriores hubo distintos niveles de resistencia. Yo soy de esa generación de transición que toma algunas herramientas tecnológicas y otras no. Todavía me planteo si tener facebook, si tener twitter, si entrar a las redes sociales. Eso que para mí es un debate interno, para las generaciones recientes es algo totalmente naturalizado, tienen todo eso porque es algo normal, porque la vida es así. Me pareció interesante retratar cómo se vive en ese mundo nuevo y cómo mi generación lidia con eso. Comenté con amigos que me resulta muy seductor poder narrar el pase de un mundo analógico a un mundo digital, algo que tenemos a mano por haberlo vivido. Me decían por que no nos mostrarnos como la primera generación completamente digital, olvidándonos del mundo anterior, naturalizar que el mundo ya es digital y pasar eso a la literatura. Gente de mi generación está leyendo a los nuevos narradores estadounidenses que trabajan a partir de la tecnología, que hacen novelas con chats, mensajes de texto o blogs, es la alt-lit, la literatura alternativa. Acá Hernán Vanoli hizo una antología de ese nuevo género donde prima la literatura minimalista, fragmentaria, digital. Se instalaron en lo digital. Yo, en mi libro, elegí mostrar el pase de un mundo a otro.
P.: ¿Cómo piensa la literatura la generación de los sub 35?
M.L.: Muchos sienten que ciertas viejas dicotomías de la literatura quedaron caducas, tener que ser político o fantástico, que hay que optar entre literatura de compromiso o literatura de evasión, literatura académica o de mercado, que fueron como River- Boca, batallas de una época, que acaso en esa época sirvieron para motorizar algo, para diseñar el canon, pero la cosa ya explotó y ya no es necesario encasillarse en una literatura programática y militar en ese programa literario, y pelear contra los que piensan que la literatura tiene que ser de otro modo. Encorsetarse en un género o en un programa lo único que hace es reducir el campo de posibilidades, la paleta de colores. Nos han vendido que la literatura en los 60 y los 70 era más intensa, los debates eran acalorados, se vendían más libros, se leía más literatura, que todo fue cuesta abajo. Hay gente de mi edad que tiene esa sensación de ahora ya no hay debate, que la literatura ha caído en una especie de escepticismo, que ya no le importa a nadie, que los libros que se venden no son de literatura. Yo creo que esta coyuntura entonces nos tiene da la mayor libertad creativa, nos desafía a hacer lo que uno quiere en ese enorme campo que queda abierto.
P.: ¿Cuáles cree que son los referentes de esa nueva generación de escritores?
M.L.: César Aira es para muchos el referente. Hay un grupito fuerte de airanos. Escribe mucho y con total libertad. Como todo referente tiene epígonos más productivos que otros, gente que le copia la cosa del delirio que en medio de la trama en algún momento explota. Fogwill ha calado muy hondo, sobre todo en una veta más crítica, más sociológica, en meter el dedo en la llaga, en incomodar a la clase media bienpensante, al progresismo, y en eso de meter en la literatura la materialidad de la ciudad, hablar de los billetes a los motores de autos, en que todo puede entrar en la literatura. Esos son los dos modelos fuertes. Ah, y Saer. Hay un grupo más chico de saerianos, con un regreso a una literatura más rural, de pueblo, de escribir novelas sobre una misma zona. Son los nuevos clásicos, no sé si Aira estaría contento con que lo llamen clásico.
P.: ¿El titulo "El invierno con mi generación" supone alguna referencia política sobre los noventa?
M.L.: Nunca quise que mi libro retrate una época política, eso me excede y no lo podría hacer. Pero está fechado y las cosas que ocurren suceden entre fines de los 90 y el 2001, una etapa crucial. En 2001 tenía 18 años, estaba entrando a la mayoría de edad cuando el país se venía abajo, se estaba cayendo a pedazos. Recuerdo sensorialmente esa época, con frío y de noche. Sentí que en el título tenía que estar eso, que tenía que ser metafóricamente sentencioso.
P.: ¿Qué está planeando escribir ahora?
M.L.: Estoy pensando escribir una tercera parte de esta saga autobiográfica. Escribí un primer libro sobre la relación con mi viejo, el segundo sobre la relación con mis amigos, me queda un tercero sobre mi relación con las mujeres. Creo que contaré dos o tres noviazgos.
Entrevista de Máximo Soto


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