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“Es novedoso ver al dictador porteño desde la intimidad familiar”
Sáenz Quesada: «En estas biografías de mujeres cercanas a Rosas uno ve con mucha claridad el lugar de la mujer en la sociedad criolla, que tiene como inmediato antecedente la sociedad colonial, y bastante distinta a la que va ser la de 1880».
Periodista: ¿Qué la lleva a estudiar el universo de mujeres que rodearon a Juan Manuel de Rosas?
María Sáenz Quesada: Creo que me lleva la curiosidad. Por una parte, por la figura de Rosas, central en la historia del siglo XIX. Pero, por otra parte, el que hubiera a su alrededor mujeres interesantes, temibles, atractivas o sumamente débiles, y que hubiera documentación, en algún caso novedosa, hacía posible ver al dictador porteño desde otro lugar, verlo desde la intimidad del hogar. Esa intimidad del hogar era potenciada por la importancia de la familia en la sociedad criolla. En estas biografías de mujeres cercanas a Rosas uno ve con mucha claridad el lugar de la mujer en la sociedad criolla, que tiene como inmediato antecedente la sociedad colonial, y bastante distinta a la que va ser la sociedad de 1880. Hace 21 años, en la primera versión de este libro, en la colección «Mujeres argentinas» que dirigió Félix Luna, conté de cinco mujeres. Tenía trabajada en «Todo es Historia» la vida de Encarnación Ezcurra, la esposa, y de Manuelita, la hija, agregué a la madre de Rosas, figura sumamente interesante, de la que hay menos documentos y más bien relatos de familia en tono de ella, sobre todo en relatos de su célebre nieto Lucio V. Mansilla.
P.: Se sabe poco de la mujer de Rosas, que usted considera una figura política de primer orden.
M.S.Q.: Se suele decir que nunca se comentó nada de ella, pero está en el libro sobre Manuelita de Carlos Ibarguren, hay mucho en Ramos Mejía, en Félix Luna, y las cartas de Encarnación Ezcurra están en el Museo Mitre, lo que permite tener una idea de cómo era esta mujer bravía, esposa de un hombre poderoso pero parte del poder, y cómo tallaba en la política de la época y en el hogar. En documentos poco conocidos se la ve como una mujer capaz de decirle a Juan Manuel «esto está mal, fulanito te roba», algo típico de las mujeres, pero evidentemente él la escuchaba. Y cuando llega a su máximo poderío, después de la Revolución de lo Restauradores, en la que ella es una artífice realmente decisivo, la competencia marital comienza a aparecer y Encarnación tiene que quedar en la sombra.
P.: Y crece el lugar de Manuelita, la hija de Rosas.
M.S.Q.: Es el turno de La Niña de Palermo, figura muy conocida pero a la que le encontré vetas que no habían sido bastante estudiadas. No era una víctima de sus padres sino que le gustaba su situación, porque le complacia sentirse la reina de la sociedad de la época de Buenos Aires. Los marinos y la diplomacia extranjera, los comerciantes ricos del exterior radicados aquí, la hacían sentir que vivir en Palermo de fiesta en fiesta, era muy agradable. A la vez debía soportar la parte dura de un régimen del que ella representaba el rostro humano. El poder tan personalizado en la etapa de esplendor de Rosas no necesitaba de una mujer política de armas llevar, como Encarnación, sino de una diplomática sonriente de la cual nadie puede decir nada malo. Ella va forzada al exilio de su padre. Allí se casa contra la voluntad de Rosas, con alguien afín a su familia, como era un Terrero, que en los años del poderío de Rosas sólo había sido el novio más o menos discreto, y el secretario de Rosas. En el exilio, con el padre con un humor terrible, llega Máximo Terrero a Southampton y le pide que se casen. Todo es muy romántico, y ella decide casarse, aunque a Rosas eso le parece un desastre.
P.: Frente a ese universo familiero, está la otra familia del Restaurador, la de su amante.
M.S.Q.: Es la relación entre la familia legítima con la familia ilegítima de Rosas. Sobre eso conseguí ahora cartas de Eugenia Castro, la amante de Rosas, y de sus dos hijas, Angelita, la preferida, «el soldadito», y Nicanora «la gallega», le escriben a «su señor», porque no le pueden decir padre, dándole cuenta de la tristeza de su vida, de la miseria que están padeciendo. Eugenia, tras el exilio de Rosas, pasa a sirvienta de algunas familias del grupo federal que quedaba. Le pide a Rosas plata, y él le contesta: «vos no quisiste venir, sos una desamorada». Las cartas de las hijas fueron las que más me impresionaron porque muestran la humillación de los hijos de la familia ilegítima, el dolor de sentirse pobre y despreciado. Sobre todo los testimonios de padecimientos que están en las cartas de Nicanora, a la que Rosas le daba algunas sobas no demasiado severas, porque el castigo físico formaba parte de esa familia poderosa. A su vez, Angela, a la que él vestía de soldadito, le escribe: «yo sé ahora que sólo era un juguete para usted, que yo no le importaba realmente». Es conmovedor lo que le pasa a «la otra familia». Manuelita, ya mayor, ya esposa de Terrero, cuando se encuentra con los pleitos que le hacen Eugenia Castro y sus hijas reacciona muy mal, defiende lo suyo con energía.
P.: Es interesante lo que descubre estudiando a Josefa «Pepita» Gómez, la amiga de Rosas, que recauda dinero en Buenos Aires, le pide a Urquiza, para ayudarlo en su exilio.
M.S.Q.: Es un poco la representante de Rosas acá. En el juicio de sucesión del deán de la Catedral, Felipe de Elortondo y Palacios, el hombre del rosismo en el clero, un personaje muy poco eclesiástico, muy poco respetuoso de Roma, y muy respetuoso del poder de Rosas. Es el que denuncia la huida de Camila y el Padre Gutiérrez. Elortondo era el concubino de Josefa Gómez, tenía una hija con ella, vivían en la misma casa y ella oficiaba de ama de llaves. Iban a Palermo, a lo de Rosas, y eran recibidos con una cosa medio picaresca. Si uno no se oponía al régimen, si no era un escándalo público, las cosas pasaban. Pepita después parece que tuvo otro hijo con otro. En algún aspecto se la ve como una mujer de avanzada.
P.: No ha parado de ampliar la red de mujeres que influyeron en Rosas
M.S.Q.: Y siempre me queda alguna en el tintero. Es el caso de Agustina, la hermana menor del dictador, que siempre aparece como la bonita de la familia, Está en «Amalia», la novela de Mármol a la que recomiendo dar una leída. Agustina es más que una muñeca frívola, es una mujer de enorme personalidad. Casada a los 15 años con un hombre 30 años mayor, es la madre de dos escritores de los que nos enorgullecemos, Lucio V. y Eduarda Mansilla, y tiene algún otro hijo más. Nace en 1816 y muere en 1898 y de alguna manera representa el grado de libertad que tenía para manejarse una mujer de la clase alta, sin escandalizar demasiado pero haciendo su vida. Después de Caseros el matrimonio se rompe, el marido se va a Europa a gastar la plata, y terminan con problemas de dinero. Uno de sus hijos se suicida en Europa en un episodio muy dramático. Ella siempre hace su vida, hace la suya. Y en los años 80, cuando es consultada, habla con ecuanimidad de las historias de federales y unitarios. Rubén Darío escribe muy impresionado, en su visita a Buenos Aires en 1890, «vi a la hermana y es una gran dama, se sabe que hay toda una correspondencia de ella con su hermano, ¿qué será de esa correspondencia?». Qué será nos preguntamos ahora, porque no está, no hay datos de archivos de doña Agustinita. De alguna manera ella cierra el ciclo de odios tremendos, siendo una figura querida y respetada por todos, una especie de figura femenina de conciliación.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
M.S.Q.: Una biografía sobre una figura de principios del siglo, pero recién estoy en el trabajo de investigación en archivos, porque lo que me interesa siempre es que haya algo nuevo para decir, repetir no es lo mío. Además está mi trabajo como directora en «Todo es Historia» que ha cumplido 45 años, lo que es todo un récord, y llevamos adelante con Felicitas Luna, que es la editora.
Entrevista de Máximo Soto


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