Europa decide: tres días para salvar al euro

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Si Oli Rehn, el comisionado europeo de asuntos económicos y monetarios, está en lo cierto entonces quedan tres días para salvar al euro. Con su proverbial eficiencia, las autoridades de la Unión Europea se reunirán un día después, este viernes, para ejecutar tan noble cometido. El euro, ¿bajo amenaza letal? Para ser una divisa con fecha próxima de extinción no lo acosa el desamparo. Cotiza más firme que cuando se echó a andar con gran fanfarria en 1999 y tenía entonces toda la vida por delante.

Lamentó Ricardo III perder un reino magnífico por la falta de un caballo. La saga de la Unión Monetaria es su reverso. Mientras sus dominios se hunden en un sinfín de grietas y convulsiones, y su reputación se dilapida en sucesión de escaramuzas, el euro retoza saludable, un ejemplar que concita envidia, cuidado con método por el BCE (de gestión impecable, dijo Trichet en cándido autoelogio), disponible para ser montado. ¿Habrá que sacrificarlo? ¿En su lecho de caballeriza? ¿No será más sensato que sirva a sus señores? Que perezca, si es su destino, pero en el fragor del campo de batalla.

Los mercados son un rehén de Europa. Y la voluntad de Alemania, que decide por Europa, nos lleva, esta semana, a la encrucijada que señaló Oli Rehn. Toca a Angela Merkel, la dama de hierro del Rin, descubrir el remate de su estrategia: el Pacto de Estabilidad; si ella quiere, la última carta para amansar la crisis europea y ponerle candado a la zozobra. Si no puede con su genio, no habrá mucho margen para soportar una decepción sin causar daño gravísimo a la deuda de la región y al sistema financiero internacional. Es el juego que le sienta a Merkel. Cada cumbre se arropa en la sensación del «todo o nada». La agenda será intensísima. Comienza hoy con los dueños de la eurozona: Merkel deberá convencer al presidente francés Nicolas Sarkozy de que decline su resistencia a ceder la llave de la soberanía fiscal a un organismo supranacional en Bruselas. Nada refleja mejor la trascendencia del momento que la hoja de ruta de un foráneo ilustre -el secretario del Tesoro de los EE.UU., Tim Geithner- quien también se trasladará al ojo del huracán. Recorrerá Fráncfort, Berlín, París, Marsella y Milán desde mañana hasta el jueves, un día antes de la cumbre. Importa a todos que Europa no dé un mal paso y desate una catástrofe.

Alemania ha dicho que la crisis no acabará de un solo golpe. Y hay que creerle. No porque sea imposible -esta es una crisis que se explica mejor por la mala praxis que por el desarreglo fiscal (la prueba contundente es que no aletea fuera de la eurozona)- sino porque Alemania la utiliza como un garrote para forzar a sus socios a disciplinarse, a poner sus finanzas definitivamente en orden. Queda claro que Berlín prefirió la certeza de una crisis hoy a la alternativa de enfrentar otra crisis bastante probable pasado mañana. Y si bloquea los caminos de salida es porque le interesa la oportunidad que conlleva el rigor: cuándo si no, podrá corregir los vicios de la integración y recortar a su gusto -germanizar- la silueta de Europa (aunque sólo sea la de los 17).

Desangelada Merkel dice que no existen «respuestas fáciles ni rápidas» a una crisis que, como se apuntó, tampoco existe fuera de sus dominios. Miente diciendo la verdad. «Resolver la crisis de la deuda soberana es un proceso y éste es un proceso que llevará años», le explicó al Bundestag. El mundo -que está pendiente de Europa- no necesita que sus avatares cesen de golpe. Lo que precisa es que se desactive la amenaza de un estallido, retirarla del radar. Si Europa contribuye a agilizar la recuperación global, mucho mejor. Pero si no va a ser el caso, alcanza con que deje de irradiar inestabilidad. La pregunta del millón, la incógnita de la semana, es si Alemania está dispuesta a permitir que se instale esa tregua. Bastaría con soltar al BCE y lanzarlo abiertamente al ruedo para cambiar de cuajo la tendencia imperante. El problema es otro: si la crisis no les respira en la nuca a sus socios de la unión monetaria, ¿cómo se garantiza Alemania (y el mismo BCE) que cumplirán sus promesas de austeridad y reforma?

¿Hay que esperar entonces que Alemania afloje la cincha? Sólo un poco. No del todo. Empero, la estrategia del gotero, de aportar una pizca de solución que nunca termina de despejar todos los interrogantes, sólo provee ocasionales respiros, y, en los últimos meses, ninguno duradero. «Llevará años», dice Merkel y conviene creerle. ¿Vamos camino, pues, a otra desilusión como ocurrió trascartón de las cumbres de octubre? El riesgo de caída de un banco de primera línea es altísimo. La situación ya se tiñó de castaño oscuro. Es una razón para maniobrar con tino. Y hay otra más potente: Merkel misma podría ver arrebatado su poder.

Se sabe que el plan de estabilidad apunta a concretar una unión fiscal en la Europa de los 17. Pero mucho de lo que suena son hipótesis que se desecharán o meros globos de ensayo. Lo sensato es que decanten los anuncios oficiales antes de pronunciarse. Mas se advierte un asunto crucial. La participación del BCE ya no es un tabú. Pero no es lo mismo que se produzca girando recursos al FMI (para que éste los aplique a programas de ajuste en la región) que la intervención directa y decidida del BCE en los mercados secundarios de deuda soberana. La primera vía sería casi una desgracia. La segunda, la que efectivizó la Fed, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón, le pondría fin a la zozobra. No ayudará en nada saber que España o Italia firman un acuerdo con el FMI (como antes Grecia, Irlanda y Portugal). Todo lo contrario. La deuda de griegos, irlandeses y portugueses se destruyó igual. Nadie fue capaz todavía de regresar de la sala de terapia. Es la segunda vía la que abortó todo conato de crisis en EE.UU., Gran Bretaña y Japón. Pero la solución que sirve, el camino rápido y efectivo, no le sirve a Alemania y al BCE, ni a nadie que necesite el desasosiego y la incertidumbre como un tutor de disciplina.

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