Europa indefensa: urge que el BCE frene corrida

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La vigilia continúa. Imposible conciliar el sueño. Los titulares -hay que reconocer la maestría europea en invocar los peores males en una sola línea- no dan respiro. Dice un diario de Madrid: Italia se ve forzada a cuadruplicar el interés para colocar su deuda. Cómo hace las cuentas, no se sabe. Uno diría, revisando los números, que Italia multiplicó las tasas por un factor cercano a dos. Lo cual, siendo más preciso, no deja de ser terrible. Silvio Berlusconi tiene que estar agradecido, esta es una fiesta en la que no quería estar metido. Escupe el Financial Times en su portal: los rendimientos de los bonos italianos suben al 8% (¿de veras, tanto?). No importa. Siempre es bueno dar la primicia. El infierno comienza al norte del 7% y allí toda la curva de rendimientos peninsular, más allá del tenor de los dos años, ya reservó buenas localidades. Berlusconi le debe el favor a la dupla Merkel y Sarkozy: al humillarlo antes, lo salvaron de esta humillación mayor. Toca a los «contadores sin visión política» soportar la cruz. El shock de confianza de apelar a la tecnocracia no funcionó. No tenía razón Giulio Tremonti, siendo ministro de Finanzas, cuando le espetó a Il Cavaliere (la fuente es el Financial Times y no se puede dar fe de la exactitud de las palabras, pero no se duda del mensaje): «Habrá un desastre en los mercados si tú, Silvio, continúas en tu puesto y no te vas. Porque el problema para Europa y los mercados eres, de hecho, tú». ¿Era un dolor de cabeza? Sí. Mas no el único ni, de lejos, el verdaderamente importante.

Es un placer escuchar a Il Profesore Mario Monti. Es la mejor Italia la que refleja su gabinete de impecables credenciales. No hay, pues, nada personal en el descalabro de la deuda. Sería un despropósito parafrasear a Tremonti ahora que las tasas se dispararon hacia donde nunca llegaron cuando gobernaba el magnate de Milán. ¿Qué dice la corrida sobre la calidad de los planes que alista Monti? Lo mismo que quien huye del teatro donde se gritó fuego si alguien se acerca con los planos de la instalación eléctrica en mano y la afirmación de que el temor es infundado. Primero atravesará el foyer y después, quizás, si olvidó algún efecto personal, le preste atención. El plan de Europa fue ése: despachar a Atenas y Roma a sendos profesionales de sólida formación. Y retener a los bomberos sin intervenir. Y conste que las autoridades conocen los riesgos. Dice el diario español: «Merkel y Sarkozy advirtieron a Monti de que la caída de Italia es el fin del euro».

La corrida se desbocó. Como si fuera el tiro al pichón, no encuentra quien se le oponga. La corrida se acelera y Alemania le ata las manos a Europa, indefensa y a su merced. La usina de Berlín, la misma que pergeñó el recurso del ajuste deflacionario y la reforma estructural, las promesas incumplidas de potenciar el fondo de rescate y recapitalizar a la banca, y el recambio político tecnocrático, apuesta todo a la unión fiscal, como acople de la unión monetaria y perfeccionamiento de la integración. Así Merkel impulsa la travesía incierta de las reformas de los tratados europeos que la hagan posible. La corrida avanza en moto; la propuesta de Merkel, penosamente a pie y no se puede asegurar que llegue a destino. No hay equivalencias desde que Europa cometió su error capital: perder la coraza que le daba su reputación. Si la eurozona permanece con las manos amarradas, será una masacre. Cada subasta de deuda es un paredón de fusilamiento. Ya no importa donde sea. Hasta Alemania se sorprendió de verse como blanco. No importa el tenor de lo que se ofrece. Vulgares colocaciones de Letras de corto plazo provocaron el escarnio de España e Italia en la plaza pública. Y lo peor de todo, lo dramático, es que subastas hay todas las semanas.

¿Cómo protegerse de fusileros que no ven riesgos, de una metralla tan nutrida como anunciada? España ya decidió cancelar la emisión de la nota del Tesoro a tres años que había previsto para esta semana. Pero precisa los fondos. Los reemplazará, de momento, reabriendo viejas emisiones -las que la jerga conoce como «off the run»- que permiten recalar en los mercados secundarios -donde el BCE participa- sin tener que salir a la intemperie hostil de la colocación primaria. De seguro, el BCE volverá a bajar sus tasas de interés. Y ya dio a entender que no cejará en sus labores de asistir a la banca (salvo Dexia ninguna otra entidad sucumbió a las garras de la iliquidez, y la semana última la única huida de depositantes ocurrió, fuera de la eurozona, en Latvia). El BCE podría llegar a dar redescuentos a dos y tres años (lo máximo hasta el presente son 13 meses). La propia Alemania mandó a avisar -a través del popular Bild- que se dará prisa. El «pacto de estabilidad» que busca podría alcanzarse por la vía de acuerdos bilaterales (como se instrumentó el Tratado Schengen de migraciones) eliminando la necesidad de contar con un apoyo unánime. Así la unión fiscal se consagraría en tiempo récord, «enero o febrero».

Que quede claro que cuando Alemania consiga que la eurozona sea una unión fiscal, el BCE se allanará a una intervención firme y decidida. El único problema es que no se sabe si una crisis galopante habrá dejado algún país en pie. Para ser consistente, Merkel debería tomar el riesgo de habilitar un puente de emergencia. Podría usar las garantías del fondo de rescate (FEEF) como respaldo, pero como sea debería lograr que el BCE se comprometa ya y frene la corrida antes que los destrozos sean prohibitivos. Después de todo, el BCE se resiste a ser el prestamista de última instancia de las tesorerías, pero lo es de los bancos. Estabilizar la deuda le permitiría matar cuatro pájaros de un tiro, los dos ya citados, la recesión machaza que amenaza a Europa y, sobre todo, la hecatombe que sobrevuela a las finanzas internacionales.

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