10 de febrero 2016 - 00:00

Gozoso entramado de recuerdos de un provocador profesional

Gozoso entramado de recuerdos de un provocador profesional
Fernando Vallejo "¡Llegaron!" (Bs. As., Alfaguara, 2015, 171 págs.)

Si el colombiano García Márquez hizo de la estirpe de los Buendía una epopeya emblema del realismo mágico, el colombiano Vallejo hace crónica, estropicio y sorna de la familia Vallejo (mejor Vallejo con Lía Rendón, porque su maldecida madre, la de los 23 hijos, importa), como emblema de un relato crítico que nada cede si no es al pesimismo o a la sátira. Una vez más Vallejo, acaso el último maldito que queda en la literatura latinoamericana (tan pobre de reales "malditos" que reclamen ser excomulgados), regresa a su infancia, algo que dio inicio a su narrativa de autoficción con la novela "Los días azules", que fue el comienzo de su admirada pentalogía autobiográfica "El río del tiempo". Pero esta vez vuelve al ayer de forma divertida, caótica, carnavalesca, dispuesto a hacer sonreír o a hacer tragar saliva meneando la cabeza. Una suma de bromas en una fiesta de la lengua de un provocador profesional.

En un viaje en avión, de México a Colombia, Don Fernando (Vallejo) le cuenta a su compañero de viaje, el psiquiatra mexicano Arnaldo Flores Tapia, su infancia. Es un fluir de la conciencia, un monólogo interior verbalizado, como suele darse en las terapias. Por momentos, Don Fernando se pierde en la que estaba contando y necesita volver atrás. Al lector no avisado le puede ocurrir lo mismo, hasta que se da cuenta que debe dejarse envolver por la historia con una atención flotante y así deslumbrarse con el enjoyado relato. Todo va del "¡llegaron!" que grita Elenita, la tía abuela, a la abuela Raquel, cuando están llegando la veintena de chicos, hermanos y primos, que llegan a pasar una temporada en la espaciosa finca de Santa Anita, no muy lejos de Medellín. "Éramos el tifón, el huracán, el tornado, y habíamos llegado a destruir. Lo que estaba bien lo dañábamos, lo que estaba mal lo empeorábamos y lo que estaba aquí lo poníamos allá. Y ahí comienzan las aventuras, travesuras, maldades. Las fantasías terroríficas, los espíritus, las brujas. Pero no hay realismo mágico, son inocentadas, fantasías infantiles que van a estrellarse contra la realidad. Aquí descubren el fin de la magia. A veces ayudados por el tío Ovidio, que para algunos era el hermano mayor. Y en medio del recuerdo de los ataques de los chicos a las aburridas reuniones familiares o de políticos con el inventado pedo químico, por dar un ejemplo, de pronto Don Fernando sobresalta a su contertulio, y al lector, con un comentario sobre alguien por lo general actual. Se burla del presidente Santos, de Bergoglio (y del "loquito de Galilea"), de Putin. Dice que como no tuvo una madre como Borges que le leyera Heidegger en alemán, tuvo que hacérselo leer con toda su pesadez en español. Recuerda "Suspiro", el último poema de Octavio Paz, que sólo dice: "ah!". "'Cien años de soledad' es el amor entre dos centenarios en una jungla de micos masturbadores". Si su escritura es una celebración del lenguaje, que a veces remite a Cela y a Rulfo, su profesión de fe pesimista, agorera, compite con la del rumano Cioran. "La vida es un raudo vuelo que va a ninguna parte". "Sobrevolamos el territorio de los corruptos que se dedican a señalar corruptos"."El paraíso es cosa de literatura, la vida es infierno". "Político decente es un oxímoron". "Gocemos las tinieblas del presente que se viene algo peor". Maestro del sarcasmo, Vallejo con el inalterado filo de su lengua, con su corrosivo humor, con su impiadoso talento, matiza un relato que es un estupendo entramado de recuerdos.

Máximo Soto

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