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Huberman: crónica de una travesía de abnegación y coraje
Silvio Huberman: “Esos pasajeros del Weser representan un punto de inflexión. Hasta el momento de su decisión de emigrar por cuenta propia, los rusos de religión judía no contaban con un menú de soluciones frente a las persecuciones y los pogromos”.
Periodista: ¿Cómo se moldeó en usted el deseo de escribir este libro?
Silvio Huberman: La idea inicial fue mucho más modesta, quería saber acerca de mis raíces familiares. No conocí a mi abuelo paterno porque falleció cuando yo tenía un año. Mi padre, nacido en Entre Ríos, fue un clásico hombre de campo, de pocas palabras y extensos silencios, de frases y expresiones que, en muchos casos, entendí y resignifiqué con el paso del tiempo. Contó poco sobre sus antepasados inmigrantes, solo generalidades. La bibliografía sobre el tema siempre fue escasa y muchas veces teñida de la emoción de sus autores, protagonistas individuales que contaron sus propias experiencias cuando viajaron y llegaron al país. Son autores de contribuciones valiosas, pero muchas veces faltó en sus relatos el contexto inmediato y la realidad histórica. Así fue madurando mi inquietud hasta que, un sábado a la tarde, hace once años, tenía que viajar en barco a Montevideo. Cuando fui a embarcar me enteré que había una demora de cuatro horas. Me pregunté, entonces, qué hacer para matar ese tiempo y recordé que, a pocas cuadras, estaba el Museo Nacional de la Inmigración, en el antiguo Hotel de Inmigrantes, el segundo que tuvo Buenos Aires. Ya allí, traté de encontrar a mis abuelos en los archivos de la computadora, pero el resultado fue negativo. Poco después, ya en viaje, me asaltó la idea de seguir la búsqueda y así fue en los días siguientes. Entonces comencé a buscar fuentes, fui a ver a los mormones y también a la gente del CEMLA, relacionada con los sacerdotes scalabrinianos que se ocupan de los migrantes. La directora, Alicia Bernasconi, me recibió con gran generosidad. En la computadora de esa Institución encontré los datos iniciales y ella me abrió el camino de la primera bibliografía.
P.: ¿Qué imagen tenía usted de estos pioneros? ¿Fue cambiando esa imagen durante sus años de investigación?
S.H.: Era una imagen difusa, más conectada con "héroes" civiles, como el médico Noé Yarcho, el cooperativista Miguel Sajaroff y los que harían una carrera política como Enrique Dickman, un desarrollo en la literatura, tal el caso de Alberto Gerchunoff o en el espectáculo, me refiero a Blackie (Paloma Efron).
P.: ¿Se topó con muchos obstáculos para obtener la información?
S.H.: La magnífica actitud de Alicia Bernasconi se replicó en varios casos cuando ya desarrollaba el trabajo de campo. La directora del Archivo Histórico Antonio Maya, de Carlos Casares, Susana Sigwald Carioli, me permitió trabajar sábado y domingo y me ayudó con las fotocopias y ejemplares de sus trabajos sobre la primera inmigración gestionada por el barón Maurice de Hirsch. Me ocurrió lo mismo con Osvaldo Quiroga, director del Museo de las Colonias Judías de Domínguez, Entre Ríos, que también me acompañó en visitas de feriados y fines de semana. Sus computadoras se abrieron, sus carpetas y sus datos estuvieron a mi disposición. Lo mismo me ocurrió en una charla muy franca con el historiador Viterbo Ferrer, en su casa de Pehuajó. No fueron los únicos, pero la moneda siempre tiene dos caras. Una señora que dirigía un importante Instituto de la colectividad judía en Buenos Aires prefirió no recibirme y me derivó a una empleada de conocimientos limitados que, es obvio, no estaba en condiciones de evacuar las consultas. Con otra señora, responsable de un museo, no pude encontrarme nunca en su sede del interior ni en sus venidas a Buenos Aires, pero otras funcionarias de esa Institución me atendieron con gran gentileza.
P.: ¿Hay diferencias entre la inmigración ruso-judía y las de otras colectividades, como la italiana?
S.H.: No encuentro mayores diferencias, imagínese que fueron inmigrantes piamonteses quienes dieron grandes ayudas a los pasajeros del Weser cuando estaban abandonados en la estación Palacios del Ferrocarril Central Argentino (hoy Bartolomé Mitre) y hasta les facilitaron carros para que las mujeres, los niños y el equipaje se trasladaran 15 kilómetros desde ese galpón ferroviario hasta las tierras de Moisés Ville, que ellos fundaron. Espero que muchos encuentren en las páginas de "Los pasajeros del Weser" la metáfora inmigratoria argentina, más allá de procedencias, etnias y religiones. Me causan admiración por fuertes, abnegados y persistentes. Se fueron de la vida en mejores condiciones que cuando nacieron y eso no es poco para ellos, ni para nuestro país.
P.: Según documenta su libro, ya apenas al llegar el Wesser se topó con una muestra de intolerancia, la del inspector Lix Klett, quien hasta quiso impedirle el ingreso a sus pasajeros. ¿Encontró usted en sus investigaciones otras formas de antisemitismo que pudiera haber condicionado el destino de los colonos en el país?
S.H.: Existieron actos de xenofobia que no sólo afectaron a los inmigrantes rusos, polacos, rumanos, etc. de religión judía. A Miguel Cané, por ejemplo, lo recordamos por las bellas páginas de Juvenilia, pero como legislador inspiró la Ley de residencia, un instrumento para evitar que los inmigrantes expresaran sus ideas políticas, generalmente anarquistas y socialistas. Hubo un momento, a comienzos del siglo XX, en que el progreso material de los inmigrantes llamó la atención y molestó a muchos. La idea alberdiana y liberal de "gobernar es poblar" mutó a una expresión conservadora según la cual los inmigrantes, todos ellos, venían a "colaborar" con los propietarios locales, era mano de obra que no debía convertirse en propietaria. Hubo escenas de antisemitismo, por ejemplo, durante la Semana trágica donde el blanco generalizado de los procedimientos policiales fue el barrio de Once, por ejemplo. No olvidemos que en el mundo germinaban las ideas fascistas y nazis que tuvieron su expresión delirante e intensamente cruel con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.
P.: ¿De qué forma influyeron, dentro de la vida de los inmigrantes judíos, las distintas formas de practicar la religión?
S.H.: No soy el más autorizado para responder esta pregunta porque sé muy poco de religión. Hay fervorosos que abrazan lo que consideran la ortodoxia, otros que encaminan su fe a través de costumbres más mundanas y quienes se enrolan en el progresismo y admiten una mayor apertura. Hay, por encima, una cultura que une a los practicantes con los agnósticos y los ateos. Según fue la posición de cada uno habrá sido la vida de cada inmigrante. Algunos destinaron parte de su tiempo diario a las plegarias, otros prefirieron trabajar de sol a sol y concurrir a los templos el viernes por la tarde, hubo quienes solo estaban presentes en las celebraciones tradicionales. La práctica religiosa no alteró el proceso de socialización, tal vez la demoró en algunos casos puntuales, diría que personales. En conjunto, los treinta y cinco mil inmigrantes rusos que llegaron después del Weser por la gestión de la Jewish Colonization Association a nueve provincias argentinas desmontaron las tierras, encontraron el agua necesaria, sembraron, cosecharon, enfrentaron la langosta y las epidemias, levantaron escuelas y bibliotecas que luego donaron al Estado, fundaron cooperativas, difundieron la alfalfa y plantaron girasol por primera vez en nuestra historia. Fueron la base de una colectividad que llegó a tener medio millón de integrantes. Sus hijos, ya argentinos, a veces se quedaron junto a sus padres y otras tentaron nuevos destinos. Una frase se hizo famosa entre los inmigrantes rusos: "Sembramos trigo y cosechamos doctores".
P.: ¿De qué forma contribuyeron esas organizaciones, como la Jewish Colonization Association o la Alliance Israélite Universelle, en la suerte de los colonos?
S.H.: Los pasajeros del Weser representan un punto de inflexión. Hasta el momento de su decisión de emigrar por cuenta propia, los rusos de religión judía no contaban con un menú de soluciones frente a las persecuciones, los "pogromos", salvo la idea de ayudarlos a que se quedaran en su tierra o que se fueran a Palestina, como preconizaba Theodor Herzl. El hallazgo de la Argentina como puerto de libertad abrió una nueva perspectiva, como ya había ocurrido previamente con los emigrantes a Estados Unidos. En ese sentido, la Jewish Colonization Association fue una organización muy importante, aún tras la pronta muerte del barón Maurice de Hirsch, su inspirador. Se la ha discutido mucho y a lo largo de los años por la severidad de sus procedimientos, pero su concepto de la filantropía fue muy interesante porque respaldó financieramente, a bajas tasas de interés y plazos extensos, el asentamiento de cada colono y su familia, ayudó a organizarlos como productores y a incluirlos en la sociedad argentina. Cuando después de varias décadas la JCA finalizó su tarea, había recuperado la inversión y los beneficiarios se habían convertido en propietarios por el fruto de su trabajo, "con el sudor de sus frentes".
P.: ¿La literatura y el cine, más allá del libro fundamental de Alberto Gerchunoff y la película de Juan José Jusid en él basada, "Los gauchos judíos", hicieron poco por difundir la historia de estos pioneros?
S.H.: Es cierto, salvo algunos esfuerzos aislados como la película "Legado", producida por la Fundación Internacional Raoul Wallenberg. Me gustaría que saltando los tiempos, mi libro constituya una suerte de tándem con el de Gerchunoff, salvando las diferencias, porque él fue un gran escritor y un periodista muy calificado. Algunas veces me pregunto si "Los pasajeros del Weser", por su trama cinematográfica, también será capaz de inspirar una película. A veces la sueño.
Entrevista de M.Z.


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