Michel Piccoli (izq.) en el papel que le faltaba: una vieja ávida de euros en «Jardines en otoño», de Otar Iosselani.
«Jardines en otoño» («Jardins en automne», Fr.-Rus., 2007, habl. en fr.); Guión y Dir.: O. Iosselani; Int.: S. Blanchet, M. Piccoli, L. Lavina, D. Lambert, O. Iosselani, M. Jung, P. Vincent.
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El señor funcionario va de acto en acto en su limusina negra con su elegante pareja, harto gastadora y amiga del poder. El señor funcionario está de holganza en su despacho, los huelguistas manifiestan frente a él, su superior le grita por teléfono, el sucesor, evidentemente salido del seno de los huelguistas, está al acecho. Se impone la renuncia. ¿Y ahora? Bien, ahora vuelve a casa de mamá, al barrio, al parque público, a las amigas, ya que la ex se muestra irritada, y en especial a los amigos, todos gente grande, y todos grandes bebedores. En suma, sigue de holganza, pero sin corbata ni nadie que le grite.
Este no es el resumen de la película. Es solo el planteo. El veterano humorista Otar Iosselani nos brinda otra vez su plácida visión de las cosas, esa visión risueña, suavemente irónica, hedónica, y si se quiere helénica, que ya había mostrado en su Georgia natal, y que desarrolló y repitió siempre con variaciones en su largo y tranquilo exilio parisiense. ¿Cuál es esa visión? Él nunca la explica con palabras, solo la muestra, y la acompaña musicalmente.
Lo hace con su imaginería habitual: escenas levemente ridículas de protocolos y ceremoniales, diversas clases de mudanzas, animales exóticos, mujeres variadas, comidas compartidas, músicos amateurs, personajes de actitudes aparentemente extemporáneas, señoras de compras, gestos intempestivos, invasiones cortésmente soportadas, rescates de la infancia, historias sugeridas, guiños inesperados, absurdos a veces tristes, lindos paseos, recuerdos o piezas de arte que también se mudan, y sobre todo gente que mantiene su compostura a toda prueba: cualquiera sea la situación en que uno se encuentra, hay que adaptarse y disfrutar un rato.
Para eso siempre va a aparecer una mesa servida, alguien que ofrece un trago, una cama para pasar la noche, un incansable entusiasmo para beber y cantar, aunque el vecino de abajo sea un amargado.
En suma, se disfruta. Pero conviene advertir que esta comedia no es lo mejor de Iosselani, y tiene además un pequeño problema: después de un prólogo excelente, y un primer capítulo formidable, el resto se luce menos. De todos modos, bien quisiera uno pasarla como los personajes de este cuento. Un cuento que Iosselani hizo entre amigos, y donde habrán gastado medio presupuesto en bebidas y picadas. Él mismo aparece en el personaje de un pintor (dicho sea de paso, las figuras que dibuja en el bar aluden a criaturas de otras películas suyas, como el fulano con un cocodrilo bajo el brazo), Pierre Etaix, ya viejito, aparece en el prólogo vestido como Totó (la escena donde entra uno a la funeraria diciendo «este lugar es maravilloso, huele a pino»), Séverin Blanchet es el protagonista, y Michel Piccoli es su mamá. Tal cual, el perverso preferido de Buñuel y García Berlanga esta vez hace de vieja que guarda los euros, lleva adelante la casa, y atiende las visitas. Es gente que sabe divertirse.
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