Ignacio Padilla: “El Humor me parece un género de madurez”

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Con «El daño no es de ayer», una suma de historias que parecen absurdas, delirantes, contadas por un dudoso testigo, que arman una trama donde el lector, en palabras del autor, se vuelve la víctima, el asesino y el detective, el mexicano Ignacio Padilla ganó el Premio de Novela La otra orilla 2011. Padilla es doctor en filología por la Universidad de Salamanca y catedrático de la Universidad Iberoamericana. Fue miembro de la «Generación del Crac» que cuestionó las obras del «Boom» de la literatura latinoamericana, y especialmente el «realismo mágico». Ha ha ganado numerosos premios nacionales e internacionales con sus cuentos, novelas, ensayos y obras de teatro. Dialogamos con el autor de «El daño no es de ayer», que acaba de publicar Norma, en su breve visita a Buenos Aires.

Periodista: Usted fue protagonista del Crac ese movimiento de escritores en México que, junto al de McOndo en América del Sur, iniciaron un cuestionamiento de la literatura del Boom. ¿Cómo ve hoy lo ocurrido?

Ignacio Padilla: Han pasado 15 años desde que presentamos el manifiesto contradictorio y temerario que acompañaba a las llamadas novelas del Crac. Apareció con sólo dos meses de diferencia de la antología McOndo sin que hubiese ningún contacto previo con ninguno de los autores participantes, con los que ahora tengo una amistad entrañable. Hoy hay un muy importante relevo en la literatura latinoamericana. Estoy convencido de que, con lo que planteamos, hubo un exorcismo necesario no contra el Boom sino contra el pos Boom, contra los que frivolizaron las propuestas, con los que vendieron exotismo. El apoyo de Vargas Llosa, Fuentes, Cortázar, García Márquez, Cabrera Infante, Mutis, nos mostró que comprendieron que el problema no era con ellos, aunque la prensa insistió en eso.

P.: Diría, entonces, que tuvo resultados positivos.

I.P.: Lo que ocurrió permitió que se saneara un universo de epígonos, sobre todo de García Márquez. Para nosotros «realismo mágico» no se refiere a García Márquez, y menos al resto. Para nosotros el realismo mágico era algo que denostábamos en la medida en que se refería a una literatura imitativa que había empobrecido y hecho olvidar el mundo que existía una gran novela latinoamericana. Creo que el Crac tanto como McOndo fueron catalizadores de algo que de cualquier modo iba a ocurrir, y ayudaron a este magnífico estado de salud actual de la narrativa latinoamericana. Fue importante ese exorcismo para que aparecieran ciertos autores que habían estado a la sombra de la gran industria editorial, como Piglia, Pitol, Pacheco, y particularmente de Roberto Bolaño, que surge tardíamente como último dodó de la literatura latinoamericana, y el eslabón perdido entre mi generación y la del Boom. Teníamos muchos abuelos, y nos faltaba un hermano mayor. A Bolaño hay quienes los han descrito como el último escritor latinoamericano, y creo que en cierta medida lo fue en los términos de la literatura del siglo XX. Nosotros no tuvimos ya las experiencias que él tuvo. Era un gran lector y un gran crítico del Boom, una gran lector de Borges y un gran crítico de Borges. Fue muy generoso, y muy importante.

P.: ¿De dónde surge en usted la inspiración para una novela que lleva de sorpresa en sorpresa con seres insólitos?

I.P.: No soy muy consciente del inicio de la escritura de éste, o de cualquier otro de mis textos. En este caso, como en la mayoría de mis textos más amplios, comenzó como un cuento. Toda mi obra es la obra de un contador de historias, de un corredor de cien metros que vive en un mundo donde se corre la maratón. Creo que uno debe ir aprendiendo cuál es su tempo ideal. Si bien no puede tocar cualquier instrumento debe saber, si bien no lo toca mejor, con cual se siente mejor. En mi caso son los cuentos, que parten por lo general de imágenes centrales cuyo destino no conozco. Escribo para reconocer. Escribo con brújula, no con mapa. Escribo para saber quién es la gente que me ha invadido en sueños. Ubico la idea inicial en «El daño no es de ayer» con dos hermanos gigantescos, acompañados de un perro negro, descubriendo un artefacto sepultado en un desierto que propongo americano, y en el que descubro mucho del páramo de Juan Rulfo, y mucho del desierto de Boris Vian en «El otoño en Pekín». Ese desierto lo planteo como un universo de western, y sólo sabía que estos gigantescos hermanos tenían un destino que debían descubrir. Pensé que tenía un cuento, sin embargo comenzó a ser un relato sobre los titubeos del narrar, sobre la imposibilidad de contar una historia. Esa serie de titubeos no podían siquiera ser admitidos en el cuento. Y en la novela esos altibajos no sólo se permiten sino que se necesitan. Me empujaron los personajes, el tono y la reflexión hacia un género más amplio.

P.: Un género amplio que tiene de relato medieval, de leyenda urbana, de thriller metafísico, de broma sobre el espiritismo.

I.P.: Están presentes una serie de obsesiones antiguas que percibo recientemente revitalizadas, casi todas relacionadas con la religiosidad descafeinada. La novela es en esto una parodia a una subliteratura donde está la leyenda de la Atlántida, los caballeros templarios, las conspiraciones, el espiritismo. Eso ha generado un volumen de literatura mala que me parecía digna de ser parodiada tan cervantinamente como fuera posible. Acudí para esos subgéneros, ni siquiera géneros literarios, a modelos arquetípicamente literarios. En la novela negra, la literatura policíaca, la literatura latinoamericana en general, hay parodias del relato popular, la novela histórica y la ciencia ficción que me parecen fundamentales. Es una burla pero que rinde homenajes. Cervantes parodió libros malos y libros buenos que le gustaban por igual. Si no le hubieran gustado las novelas de caballería no las hubiera leído, y así junto a pésimas novelas de caballería cuela la admirable «Tirante el blanco». Así como él acude a todos los recursos disponibles para hacer un texto, eso es lo que pretendo que justifique la presencia de la Atlántida, de extraterrestres, y palomas mensajeras explosivas en mi novela.

P.: ¿Cómo hizo para que ese mundo delirante se volviera una realidad que interese al lector?

I.P.: Acudí a todo lo inverosímil para hacer lo que finalmente hace cualquier escritor: hacer de lo inverosímil algo verosímil, nunca verdadero. Trato de la imposibilidad de contar las cosas. Construyo una novela policial donde no puede haber resoluciones, porque como en la vida. el único capaz de cometer el crimen perfecto es Dios, y de ir por la vida con una bolsa de meñiques mutilados. En «El daño no es de ayer» no hay nada cierto, y el primero no fiable es quien cuenta la historia. Y el autor original está muerto. Espero que eso irrite al lector. Pero el lector inteligente y voluntarioso que busco va a encontrar un impensado tipo de placer. No le va a gustar a mucha gente que las tramas no se resuelvan, pero mis libros favoritos son aquellos en que las tramas no se resuelven.

P.: Un muerto que cuenta la historia, un perro que la desanuda, alguien que cuenta la historia del alguien que está muerto, ¿no es demasiado?

I.P.: En «El coloquio de los perros» de Cervantes el único que dice la verdad es el narrador menos fiable, un perro que habla, que está conversando con una bruja, que no es bruja, que está drogada y desnuda en el suelo. Y «El Quijote» lo escribió un moro, que suelen ser mentirosos, fue traducido por un morisco, que suelen ser mentirosos, y contado por un hombre que está tratando de reunir los pedazos de esa historia, totalmente infiable. Eso me parece maravilloso, porque todo escritor debe ser no fiable, y nunca nadie debería de creer un cuento como la vida.

P.: ¿Cuáles son sus mayores referencias, además de Cervantes?

I.P.: Hay libros que lo acompañan a uno durante toda la vida, otros a los que uno llega tarde porque así estaba dispuesto. Hay libros favoritos dependiendo de la época en que se hace esa pregunta. Hay modelos que me han acompañado y permanecido, Beckett, Kafka y Borges. Soy un lector tardío de Cervantes y por eso converso, y por tanto fanático. Esos son aquellos de los que tengo un afiche en mi estudio. Hay otros que están presentes en este libro en particular. La impronta de Boris Vian, que me subyugó desde muy niño, y todo aquel cine que tiene cierta tonalidad hacia ese mundo enrarecido, estrambótico presente en «El daño no es de ayer», por ejemplo el cine de Kusturica, de David Lynch en su aspecto más sombrío, la estética y el humor de los hermanos Coen. Mi novela también tiene deuda con la novela «2666» de Bolaño. El humor me parece un género de madurez, tanto del lector como del autor, y por eso, después de una obra muy gótica, lúgubre, oscura, me he metido en el carnaval.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

I.P.: «La cordillera». Rulfo, que escribió una novela, un libro de cuentos y basta, padeció los siguientes 40 años la acuciante preguntaban de qué estaba escribiendo, cuando ya no podía o no quería decir nada más, entonces respondía: estoy escribiendo «La cordillera». Y a veces agregaba algún dato más. Eso creo leyendas. Fuentes dice que vio dos páginas manuscritas. Alguien cercano, que vio a Rulfo quemar «La cordillera». Yo creo que no existió jamás. Cuando muere Rulfo, a Fernando del Pazo, su paisano y su discípulo, que tarda 15 años en escribir cada uno de sus libros, le preguntan qué está escribiendo, contesta: estoy escribiendo «La cordillera», la novela que mi maestro dejó incompleta. Entonces cuando a mí me preguntan qué estoy escribiendo, puedo decir «La cordillera». Todos los escritores estamos escribiendo «La cordillera», título de algo que nunca vamos a entregar, porque vamos a terminar antes que ese libro.

Entrevista de Máximo Soto

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