5 de noviembre 2009 - 00:00

Interesante pintura de una crisis conyugal

«Tres deseos» (Argentina, 2009, habl. en español). Guión y dir.: V. Imar y M. Trotta. Int.: A. Birabent, F. Raggi, J. CarJ. Van de Couter; W. Lemos.

Ella intenta trabajar hasta altas horas en algo creativo. Él se nota forzadamente amable. Al otro día viajan a Colonia, en una pequeña salida donde, según sabremos a su debido tiempo, ella cumplirá 40 años. Lo que nadie sabe es si cumplirá los 41 con el mismo tipo, o sana y decididamente separada. Hay parejas que necesitan sentirse mal a dúo. Hay fulanos que atraen a las mujeres con un egocentrismo digno de estudio. Y hay tres cosas en la vida, como dice la canción de Rodolfo Sciammarella con que cerraba irónicamente, allá por 1970, Raúl de la Torre su primera película, «Juan Lamaglia y señora».

Ésta es también una primera película, elogiable debut de Vivian Imar y Marcelo Trotta en la ficción (antes ya se lucieron con un documental sobre gauchos judíos, «Legado»). Y ponen la misma canción, pero no como cierre, sino como fondo de advertencia que nuestros personajes no atienden, porque están absortos en su drama, ella hundida en la angustia, él cumpliendo con malhumor lo que más valdría cortar. Peor es cuando hace sus desplantes y encima se reencuentra con una ex que acaba de separarse y está predispuesta a alguna suerte de charla en la playa o algún otro lugar.

Pocos personajes, mucho sentido de observación y buena mano para armar una estilizada puesta en escena con emociones bien calibradas y sensaciones de extrañeza a veces notables, fotografía cuidadosa, ambientación agradable, y, en primer término, unas actuaciones intensas, realmente trabajadas, son méritos relevantes de esta película. Los defectos son comparativamente menores: alguna línea de diálogo con un figurante se queda corta, algún fragmento musical puede sonar fuerte en ciertas salas, el primer plano de un actor rozagante contrasta demasiado con los rostros agudos y sufrientes de los protagonistas. No más que eso. En cambio, son harto elogiables los trabajos de Antonio Birabent (aquí, casi una suerte de Laurent Terzieff porteño), Florencia Raggi, cuyo nivel, para muchos, será un descubrimiento, y Julieta Cardinali, digna de recuadro, regodeo, y reincidencias. Convendría también, por su atractiva pintura de una crisis conyugal a la mediana edad, anotar esta película para encuentros de psicoanalistas y parejas que se animen a charlar de sus cosas (esto último, sin garantías).

P.S.

Dejá tu comentario