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Keith Jarrett: el genio y el mal genio
Jarrett ofreció su primer recital solista en Buenos Aires, y lo hizo en el Teatro Colón.
Esta nueva llegada de Keith Jarrett a Buenos Aires generó una fuerte expectativa. Es que estamos frente a uno de los más grandes artistas de jazz vivientes que es, al mismo tiempo, uno de los más grandes vendedores de discos de ese repertorio -sólo su popular doble álbum «The Köln Concert», de 1975, lleva ubicadas unas tres millones y medio de copias.
En sus dos visitas anteriores (1994 y 2000), había venido acompañado por Jack DeJohnette y Gary Peacock, por lo que ésta era su primera presencia solista en Argentina y, encima, en el teatro Colón, donde debió hacerlo en el año 2000 pero algunos conflictos gremiales terminaron trasladándolo al Gran Rex. En las últimas décadas, el norteamericano ha grabado y se ha presentado en vivo en tres estilos: el trío mencionado -también con una enorme discografía-, la música clásica -una práctica que lo retrotrae a sus comienzos académicos en Pennsylvania- o el instrumento solista improvisado.
De este último modo, ha registrado una decena de trabajos en vivo -el mencionado de Colonia, el de París, el del Carnegie Hall de Nueva Cork, el de La Scala de Milán, etc.-, y es probablemente la línea que lo convirtió en un músico distinto. La improvisación tiene sus riesgos, sobre todo cuando se está frente a un artista de carácter complicado, con caprichos algo sobreactuados de súper estrella internacional y muy sensible a la hora de salirse del eje.
Eso parece haber sucedido esta vez en Buenos Aires. Se enojó con algunos que intentaron fotografiarlo, algo que lo malquista especialmente. Se retiró por eso del escenario un par de veces, hizo insistir con el asunto desde los altoparlantes y él mismo reprendió al público en inglés. Pero, además, se enojó encarnizadamente con el Steinway & Sons de gran cola del teatro; «gastaron tantos millones en arreglar la sala, se podrían haber ocupado del piano, que es una porquería», dijo también en inglés, y pasó el resto de su actuación despotricando, con palabras o con gestos, contra un instrumento que no parecía lucir tan mal. Conclusión: sus dos partes de recital fueron, a diferencia de otras presencias suyas, armadas a partir de pequeñas piezas, de poco aliento, creadas en el momento o presentes previamente en su cabeza.
Fue del formato canción de melodía acompañada al preludio pianístico, de ciertos aires hispánicos a reminiscencias bartokianas, de referencias al folklore centroeuropeo a lo latino, y en general prefirió la mera exposición breve y sencilla al desarrollo, el repentismo o la variación. Con todo, donde finalmente pudo hacerse enorme -el mejor Jarrett- fue cuando se acercó más al jazz.
Jugó entre el rythm & blues, el bebop y el blues. En esos momentos de sus 80 minutos de concierto se pudo escuchar su maravilloso y sutil modo de «cantar» con su mano derecha, los contundentes bajos de su mano izquierda, su modo de armonizar; en definitiva, su genio.


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