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¿La hora del rally o de dar las gracias?
El dilema no es nuevo. En octubre, cuando la dupla que comanda los destinos de la eurozona -la premier alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolas Sarkozy- prometió disolver la agonía, y sonó sincera y creíble, las Bolsas se inflamaron. Las subas fueron dóciles, de dos dígitos no bien soltar amarras. Allí la proa enfiló hacia un claro objetivo: posicionarse para sacar provecho de los buenos vientos que soplan a fin de año. La amenaza de la doble recesión en EE.UU. se disipó sola. Y Merkel y Sarkozy apartarían el otro gran obstáculo. Lamentablemente, el plan «Merkozy» garabateó pocas ideas, no concretó ninguna relevante (salvo el ultimátum a Berlusconi) y su único aporte encomiable -el bálsamo de una tregua- naufragó tras develarse su contenido.
Wall Street debió recoger las velas. No puede decirse que haya cancelado la expedición, aunque razones no falten, pero atajó su avance. La crisis europea escaló y, en la comparación, ahora se siente nostalgia por las inquietudes de octubre. Lo que había que evitar, que se atacara a Italia y España sin tapujos, es un hecho consumado. Lo que se pensaba entonces que ocurriría, que la voluntad política no lo iba a permitir, que tallaría una reacción contundente, fue lo que no sucedió. La corrida contra la deuda de la eurozona se acelera, daña órganos vitales y no encuentra oposición. A la par, el reguero de contagio es previsible: un dominó convencional en el que se puede adivinar cuál será la próxima ficha en caer mirando el tablero electrónico de los rendimientos y el costo de los CDS. Nada, por otra parte, que no se sepa cómo contener. «Es un problema de voluntad política, no técnico», recordó el presidente Barack Obama, la semana pasada, por enésima vez y sin ánimo de polemizar.
La unión monetaria se hunde tras chocar el año pasado con una cubetera de hielo (Grecia no califica como iceberg). Y ahora que, por desidia, la avería anega a Italia y España y le moja los pies a Francia, la vida sobre cubierta continúa como si nada. Alemania piensa un nuevo diseño, emite profusión de reglamentos, desplaza a los jefes de máquinas. Todo menos lo más simple: entrar a dique seco para hacer la reparación. Más aún, imagina una cola de pasajeros que pugnan por embarcar. Así fue recibido David Cameron, el primer ministro británico, en su reciente paso por Berlín. Se enteró allí del próximo final de la libra esterlina. «Gran Bretaña se unirá al euro mucho antes de lo que la gente piensa», disparó Wolfgang Schauble, ministro germano de Finanzas, el virtual jefe de operaciones en la torre de mando de Angela Merkel. Maltratado públicamente por Sarkozy en la cumbre de Bruselas, Cameron no gana para sustos. Si viajó preocupado, habrá huido despavorido. Es un misterio, pues, que Wall Street no haga lo mismo.
¿Cómo se resolverá la pulseada? ¿Qué prevalecerá: el calendario o los fundamentos? A simple vista, la puja luce desigual y, sin embargo, las fuerzas no se sacan ventajas. Los fundamentos se deterioraron. De poco sirve que EE.UU. haya esquivado la recaída en la recesión. O que apure la marcha y se atreva a ensayar un crecimiento de nuevo por encima del 3%. No será el supercomité el que cause desasosiego (si bien la política interna es un dolor de cabeza serio); el desmadre de Europa es el abismo que asusta. Bajo esa óptica, no deberían existir dudas. Pero las Bolsas resisten, no se derrumbaron. La cuestión no se definió. ¿Qué hubiese pasado si Merkel y Sarkozy, sin pretender solventar los problemas europeos, hubieran procurado lo más sencillo, mostrar una hoja de ruta sensata y extender la tregua de octubre? Una explosión de júbilo en los mercados. Si se analizan el posicionamiento y los flujos de fondos, se advierte que, aun con las tribulaciones del día a día que no cesan, las carteras de inversión toman exposición al riesgo. Y conservan reservas de efectivo que no rinden nada, fáciles de agregar en un santiamén si aflorase la convicción. ¿Es superchería y nada más? ¿Todo se basa en la creencia en un almanaque propicio, en una ineficiencia que los hechos parecen validar y que rara vez corrigen? Sería demasiada expectativa. El efecto observado ni por asomo es tan potente como para contrarrestar un descalabro de Europa a la escala que suponen Italia y España. Si la estacionalidad es la única espada, mejor dar las gracias que esperar un gran avance. La apuesta de fondo tiene que ser otra: que Europa girará el timón. Que finalmente Alemania y el BCE darán el brazo a torcer. Si habrá rally de Acción de Gracias (y un buen cierre del año) no serán los signos del zodíaco los que dicten la sentencia. Será gracias a Merkel y al BCE.


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