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La revolución francesa
José Siaba Serrate- Economista
La pregunta del trillón de euros: «¿Se dejará que Merkel, a suerte y verdad, complete su estrategia dantesca, y sin red? ¿O se reaccionará a tiempo?» La contestación del lunes pasado: «El mejor indicador -la docilidad de Sarkozy- todavía ofrece una respuesta negativa». Ocurre que Francia no está cómoda ni segura -¿cómo podría estarlo?- con tamaño aumento de la calefacción circundante. Con Italia y España bajo fuego no hay manera que emerja indemne. ¿Hasta cuándo París permanecerá impasible? Ya el miércoles la política francesa exhibió su primera muestra pública de disconformidad. La vocero del Gobierno -Valerie Pecresse- invocó las palabras clave: hizo hincapié en la confianza de su país en el BCE como guardián de la estabilidad del euro pero también de las finanzas. En paralelo, el ministro de Economía, Francois Baroin, reflotó la tesis que Berlín sepultó inclemente en las cumbres de Bruselas de fines de octubre. En entrevista concedida a Les Echos manifestó que sigue pensando que sería una buena solución transformar la FEEF en un banco con acceso a la asistencia del BCE. Ya Sarkozy lo planteó y se le dijo que no. No es que Baroin lo haya olvidado, pero se cura en salud y, fiel a sus deberes como funcionario público, menos puede ignorar la embestida contra la deuda y resignarse a no hacer nada.
Para atajar la corrida Bruselas ofreció potenciar el fondo de rescate -la FEEF- con dos unicornios azules que todavía no pudo enlazar. Se sabe que ni el mecanismo de las garantías crediticias para inversores privados ni los vehículos especiales de inversión para allegar mayores recursos son viables. La idea de que ambos podrían servir para aumentar el poder de fuego de la FEEF (neto de los compromisos asumidos) a «un billón de euros» es una fantasía que, pruebas a la vista, ya nadie sueña. En cambio, la propuesta francesa, buena o mala, es una alternativa factible. Y si la corrida no se detiene, y la misma no se implementa, tampoco la FEEF sobrevivirá. Es que su diseño fue pensado para una crisis que azotara a la periferia de la eurozona. Cuando Grecia tropezó, había dieciséis países para aportar recursos y uno sólo al que auxiliar. Los traspiés de Irlanda y Portugal desdibujaron el balance. Pero ahora son los grandes -como España e Italia- los que están en la picota. Ambos contribuyen con el 30% del capital de la FEEF. ¿Quién rescatará, pues, a los rescatadores? Por la misma razón la variante de los eurobonos perdió también capacidad de tracción.
Para Der Spiegel, «la batalla franco-alemana por el BCE se intensifica». Sarkozy mantiene el silencio. Pero sus funcionarios ya hablaron. Es la escaramuza que oficia de señal. Otras voces también se sumaron (como la del presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso). Y se sobreentiende que Francia no estará sola en la pugna. No sólo los chamuscados dentro de la unión monetaria tienen un interés concreto en plegarse sino también quienes observan desde fuera -la Legión Extranjera debería nombrar al ahora extrañamente callado Tim Geithner como comandante honorario- inhabilitados para intervenir, pero no por ello libres de las consecuencias adversas de la crisis. Y, si se mira con detalle, también dentro de Alemania hay un tímido giro de posturas. Los «cinco hombres sabios» que vierten consejo económico al Gobierno sorprendieron la semana pasada con una recomendación favorable a los eurobonos (que Merkel dijo que respeta, pero no comparte). Y uno de ellos, Peter Bofinger, fue más allá. Reconoció que el tiempo de la solución política ya pasó. Y que lamentablemente el recurso al BCE es la única opción efectiva que le queda a Europa.


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