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“La risa del público es como un veneno para los actores”
Lía Jelín esperó 5 años para que alguien se anime a producir «El cabaret de los hombres perdidos», porque «parece ser sobre un heterosexual metido en un mundo de gays y travestis. Pero ésa es una mirada superficial».
Con texto de Christian Simeón y música de Patrick Laviosa la obra recibió el Premio Molière y llegó a manos de Lía Jelín, gracias a la actriz Marilú Marini. Pero la directora de «Toc Toc» debió «cajonear» la obra durante cinco años ya que nadie se atrevía a producirla. Ella misma explica el porqué: «Parece ser una comedia musical sobre el destino de un heterosexual mezclado en el mundo de gays y travestis. Pero ésa es sólo una mirada superficial; no se trata de eso. La verdadera anécdota, la atractiva y refinadamente grosera reflexión que arroja al público es un responso sobre la condición del ser humano en esta economía de mercado neo liberal, que arrastra personas y hasta países enteros al abismo.
«El Cabaret de los hombres perdidos» describe el trágico destino de un joven que para escapar de un grupo de patoteros, termina refugiándose en un cabaret de travestis y tatuadores, al que parece predestinado. En ese sórdido bar de los bajos fondos de Nueva York, un misterioso personaje llamado Destino cambiará su futuro. Debido a sus atributos físicos privilegiados, Dicky se convierte en una celebridad del cine porno gay, aunque su verdadera vocación sea la comedia musical.
Integran el elenco Omar Calicchio, Diego Mariano, Esteban Masturini y Roberto Peloni. Los arreglos y dirección musical pertenecen a Gaby Goldman; la escenografía y vestuario a René Diviú y el diseño de luces a Gonzalo Córdova.
Periodista: ¿Qué nos puede anticipar de la obra?
Lía Jelín: Es como una pequeña revista de bolsillo, que aparenta ser un show de gays, pero no lo es. Tiene el formato de un cabaret donde los artistas hablan con el público y cantan como los dioses, en el mejor estilo de los grandes chanssoniers franceses. Las doce canciones de este musical crean un ambiente entre fatal y perverso como el del mítico «Madame Arthur» de Place Pigalle, mientras van contando con comicidad la desdichada historia del pequeño Dicky y de todos sus enamorados. Por momentos tiene un humor muy guarro y feroz, pero luego el público se va encariñando con los personajes.
P.: Por lo visto el público francés es muy desinhibido. En París triunfaron las obras más transgresoras de Copi.
L.J.: Y sin embargo son más pacatos que acá. Yo soy muy amiga de Alfredo Arias ¡y no sabe los problemas que tuvo con su última obra! «Chanchadas», ésa en la que una mujer se transforma en chancha. Por suerte pudo recuperarse y ahora está pasando un muy buen momento. El ambiente teatral francés es durísimo. Tienen una comisión que va jubilando a los directores para que dejen lugar a la gente joven. Por eso Jorge Lavelli que ya no tiene ningún teatro a cargo, ahora trabaja en forma independiente.
P.: Entonces los franceses son muy morales.
L.J.: Y cartesianos. También «Toc, toc» viene de Francia y entre chiste y chiste habla de cosas tremendas: muerte, enfermedad, incomunicación. Yo la trabajé sobre la angustia, como si fuera «A puerta cerrada» de Sartre y «Esperando a Godot» de Beckett, y la gente se reía igual. Ahora, después de dos años de éxito, se deformó un poquito porque la risa del público es como un veneno para los actores.
P.: Nunca trabajó en el Cervantes ni en el Complejo Teatral ¿Será que se la relaciona con un teatro más comercial?
L.J.: Creo que no me pueden encasillar. A diferencia de otros directores, yo voy saltando de un lado a otro: del teatro comercial al sótano, de las plumas a los clásicos. Yo monté piezas de Aristófanes, de Berkoff y me gané un Trinidad Guevara con el drama «Paradero desconocido». Después de «Toc Toc» hice «El rey se muere» de Ionesco, protagonizado por Calicchio y salió extraordinariamente bien. Y qué decir de «Toc Toc» ahora es un éxito imparable, pero nadie la quería hacer. Recién cuando la dirigí en México (todavía sigue en cartel) y vieron el gran suceso que era, me llamaron para dirigirla acá.
P.: ¿Y usted cree que este «Cabaret de los hombres perdidos» tiene un trasfondo moral?
L.J.: Más que moral, ético. Porque la moralidad cambia con la época, la ética siempre será una sola: no matarás; no robarás, no levantarás falso testimonio... Me interesó el material, porque ya casi no quedan obras que hablen de la muerte, ni filósofos que se ocupen de la finitud. Foucault hablaba del poder, y entre los últimos Baudrillard habló del destino y lo dividió en tres clases: el destino de Newton, que es el de la inevitable caída de la manzana; el destino dado por las circunstancias y el destino que está en la semilla. Depende del suelo y del lugar en donde uno plante la semilla, así saldrá el árbol. Estas fueron mis lecturas para esta puesta. Ya se va dar cuenta, cuando conozca el derrotero del protagonista y su final, que se trata de una obra muy ética.
Entrevista de Patricia Espinosa


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