30 de diciembre 2015 - 00:00

La vejez de un Holmes improbable

La vejez de un Holmes improbable
Un día Arthur Conan Doyle se hartó de Sherlock Holmes y para sacárselo de la cabeza escribió "El problema final", donde narra la muerte de su personaje. Fue un escándalo. Hubo miles de reclamos. Conan Doyle, "ese irlandés que no lo quiso nunca", no sabía que había inventado un ser mítico, un ser de leyenda, tan inmortal como Ulises, Alonso Quijano o Superman. Tuvo que hacerlo revivir. En "La casa vacía" explica que había habido una confusión y que quien había muerto era Moriarty, el enemigo de Holmes. Conan Doyle tuvo que seguir dejando que Sherlock se dedicara a descifrar entuertos.

En uno de sus extraordinarios ensayos de "Lectura distante" (Fondo de Cultura) Franco Moretti revisando decenas de novelas policiales que salieron junto a la saga de Sherlock Holmes y fueron olvidadas, observa que la revolución literaria de Conan Doyle tiene que ver con que para construir un ser mítico necesita hacerlo omnisciente, y para eso tiene que encontrar indicios que él podrá interpretar. Sherlock, a través de unos signos que otros no perciben, es capaz de "leer" una vida entera. Si bien Conan Doyle no tomó en cuenta su descubrimiento, si lo tomaron muy en cuenta los posteriores autores de novelas policiales. Por empezar Agatha Christie. Y si en la novela negra no parecen esenciales, no dejan de estar, y dar la clave final.

Enorme personaje mítico, arquetipo de la lógica científica, genio del arte de la deducción, a pesar de la muerte de Conan Doyle, el singular Sherlock Holmes ha sido retomado reiteradamente por escribas que intentaron contar nuevas aventuras con peripecias que no superaban un humilde acto de devoción. Llevado al cine y la televisión la imagen más reciente es la que encarnó Robert Downey Jr. Con Jude Law como el doctor John Watson. Imagen, también mítica, de detectives cuarentones, ni jóvenes ni viejos, y con sobrada experiencia. En su poema "Sherlock Holmes" Borges escribe: "Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido./ Ese hombre tan viril ha renunciado al arte/ de amor. En Baker Street vive solo y aparte./ Le es ajeno también ese otro arte, el olvido". La novela de Mitch Cullin "Un sencillo truco mental", que al pasar al cine se llamó "Mr. Holmes" se opone a aquellos versos de Borges, habla del doloroso enfrentar la vejez, del terror a la decrepitud del emblema mundial del detective.

En 1947 Sherlock Holmes tiene 93 años y vive en una granja apartada de Sussex, con un par de sirvientes y como ama de llaves la señora Munro, una viuda de la reciente guerra, y Roger, su hijo de 14 años. Holmes, que necesita andar con dos bastones, establece con Roger una relación de abuelo y nieto. El chico lo ayuda al cuidado de las abejas, la apicultura es una pasión que ha crecido con los años (parece un devoto del libro del Nobel Maurice Maeterlinck sobre esos insectos). Atraído por su mentor el chico lee una aventura que dejó incompleta Watson, y que parece una historia de amor. Holmes lucha con los olvidos de lo reciente, y recuerda cosas lejanas, como que uno de sus profesores fue Lewis Carroll, "inventor de la matemática recreativa". La historia se abre camino a un viaje a Japón que realizó Holmes por el tema de la jalea real, el recuerdo de su fascinación del caso de "El armonio de cristal", una mujer y el clásico "lo que podía haber sido y no fue". Además hay una investigación que se vuelve drama, que entrega a las lágrimas al insensible Holmes. Y están los olvidos, la relación sentimental tanta veces manoseada- con Watson, y las correcciones de las frases excesivamente heroicas, inmerecidamente inteligentes, que le dedicaba su amigo. Siempre es melancólico el final de un héroe, porque en realidad es ficticio, una ficción más dentro de sus ficciones, un intento de hacerlo humano. Pero en el momento en que el relato busca conmover el lector se aleja, empieza a pensar que faltó la ironía de su caballero andante, la perspicacia casual, y piensa que está bien ese anciano, es verdad como es el final de su vida, que está muy bien esa novela, pero ése realmente no es el querido Sherlock.

Máximo Soto

Dejá tu comentario