5 de octubre 2011 - 00:00

La Zaranda: un mismo delirio, más ordenado

En «Nadie lo quiere creer» revive el habitual mundo esperpéntico de la compañía La Zaranda, aunque se advierte una estructura dramática más firme.
En «Nadie lo quiere creer» revive el habitual mundo esperpéntico de la compañía La Zaranda, aunque se advierte una estructura dramática más firme.
«Nadie lo quiere creer. La patria de los espectros» por compañía La Zaranda. Dramaturgia: E. Calonge. Dir. y espacio escénico: F. Sánchez. Int.: F. Sánchez, E. Bustos, G. Campuzano. (Teatro «25 de Mayo») Hasta el 9/10.



Con más de treinta años de trayectoria internacional, la compañía La Zaranda sigue fiel a sus conocidos rituales, en los que conviven: lo sagrado y lo profano, la picardía andaluza y el abismo existencial. Su gusto por los objetos antiguos y desvencijados, que cambian de uso y significación a la vista del público, también sigue siendo el mismo. Así como el andar de fantoche, los gestos esperpénticos y las frases cortas repetidas una y otra vez con gracia machacona. No obstante, en «Nadie lo quiere creer» se percibe una estructura dramática mucho más ordenada que en obras anteriores y una mayor intriga y coherencia narrativa.

Además, el humor campea en los rasgos disparatados del trío protagónico: una anciana moribunda de apolillados blasones, a cargo de Francisco Sánchez (más conocido como Paco de la Zaranda); una criada muy puntillosa, a cargo de Gaspar Campuzano y en el papel de Moscoso (Enrique Bustos), el sobrino aprovechado que tal vez ni siquiera sea pariente legítimo. La vieja dama se vanagloria de sus supuestos antepasados visigodos y desconfía de sus laderos. Los desprecia y a la vez exige que la acompañen para poder paliar su soledad, aún sabiendo de antemano que los dos le han rapiñado muebles y cuadros y ahora confabulan para apropiarse de su casa.

Mientras la anciana organiza su funeral a puro delirio, la criada y el sobrino se someten a sus rituales y la entretienen como pueden. Si bien, por izquierda, le inyectan morfina o se disfrazan para engañarla: Moscoso simula ser el espectro del hijo miliciano para que la moribunda cambie el testamento. Pero la vieja recuerda que el hijo se suicidó después de la Guerra Civil. Entretanto la criada juega con ella a las visitas imitando a una tía y a una sobrina de su patrona, ya muertas, como parte de sus estrategias de herencia.

Las desopilantes ocurrencias del trío, el ingenio de los diálogos, el aporte musical de la Banda Cimarrona Acseri de Costa Rica y el clima absurdo que va trepando en cada secuencia (la escena del brazo ortopédico resulta hilarante) realzan el atractivo de esta obra cargada de simbolismos (la gangrena que sufre la vieja es la de una nación) y de metáforas visuales llenas de magia y dramatismo.

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