1 de agosto 2012 - 00:00

Lavandera brillante, aun con cuerda rota

Horacio Lavandera brindó un excelente recital en el Colón, donde tuvo que enfrentar la rotura de una cuerda del piano Steinway.
Horacio Lavandera brindó un excelente recital en el Colón, donde tuvo que enfrentar la rotura de una cuerda del piano Steinway.
Recital de Horacio Lavandera (piano). Obras de C. Debussy, G. Gershwin, M. de Falla y A. Ginastera. (Festivales Musicales, Teatro Colón, 30 de julio) 

Las virtudes pianísticas de Horacio Lavandera nunca estuvieron en duda, pero parece ahora irrefutable que el que fue un adolescente prodigio (también volcado a la dirección orquestal y la composición) ha alcanzado una madurez artística plena que lo ubica en un escalón más alto, y así quedó demostrado en el recital que brindó el lunes para la asociación Festivales Musicales.

Como corresponde a un año donde se multiplican los homenajes por los 150 de su nacimiento, el primer bloque del programa estuvo íntegramente dedicado a Claude Debussy, comenzando por la «Suite bergamasque» y continuando con los dos libros de «Imágenes». La transparencia sonora, la levedad de una digitación asombrosa y un enorme refinamiento se combinan en Lavandera con una precisión rítmica perfecta a través de una técnica fluida y relajada. Si bien por momentos se advirtió que el fraseo hubiera podido ser trabajado en mayor profundidad, la veta «debussyana» de Lavandera fue por otros momentos deslumbrante.

La segunda parte había sido programada con cuidadosa coherencia: enmarcadas por los «Tres preludios» de George Gershwin (interpretados con swing y encanto) y las «Tres danzas argentinas» opus 2 de Alberto Ginastera, un bloque reservado a Manuel de Falla, compuesto por dos de los fragmentos más célebres de «El amor brujo» (la «Danza del terror» y la «Danza ritual del fuego») y la «Fantasía baetica» donde desplegó su fantástico virtuosismo y una energía que parecía haber venido reservándose para esta instancia. Los trípticos del compositor norteamericano y el argentino, de concepción similar, conformarían una bella simetría.

Lamentablemente esta planificación se vio alterada por la rotura de una cuerda del Steinway del Colón en la zona aguda, y tras acometer con mesurada percusividad la «Danza del viejo boyero», Lavandera interrumpió a los pocos compases la de la «Moza donosa» por la imposibilidad (dada la circunstancia) de tocarla como hubiera querido. Así y todo, el pianista descargó con fuerza la «Danza del gaucho matrero» despertando una ovación final. Haciendo primero un gesto hacia el piano como para disculparse por no hacer bises, finalmente Lavandera ofreció la muy pegadiza «Levante» de Osvaldo Golijov, borrando la sensación de frustración que una sola cuerda puede dejar en miles de espectadores.

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