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Llegó (bien) a Buenos Aires el eslabón perdido verdiano
Además de las cualidades musicales atendibles de esta ópera casi desconocida, el estreno porteño de «Un giorno di regno» gozó de una buena versión escénica.
Con dos versiones anteriores en los antecedentes, ambas en el Teatro Roma de Avellaneda y en el primero de los casos dirigida también por Dante Ranieri, la segunda ópera de Giuseppe Verdi, «Un giorno di regno», esperaba aún su estreno en la ciudad de Buenos Aires. La oportunidad le llegó en el marco de la temporada del Ensamble Lírico Orquestal, y en el Teatro del Globo.
La historia de su génesis es bien conocida incluso por quienes no la escucharon nunca: aceptado el encargo para esta obra y luego de la buena recepción de «Oberto, conte di San Bonifacio», Verdi tuvo que llevar adelante la composición de «Un giorno di regno ossia il finto Stanislao», sobre un libreto del gran Felice Romani ya musicalizado anteriormente, en medio de la mayor desgracia imaginable: la muerte de sus dos pequeños hijos y luego de su mujer, Margherita, a lo cual se sumó la enfermedad del propio Verdi. El fracaso del estreno dictó la sentencia, la obra bajó de cartel y pasó a ser una rareza, aun en nuestros días.
Pero su ejecución se justifica ampliamente no sólo por sus cualidades musicales sino por el hecho de posibilitar al público el conocimiento de ese «primer Verdi» que si bien ya despunta rasgos inconfundibles está profundamente enraizado en la estética belcantista, oficiando como «eslabón perdido» entre ésta y su lenguaje posterior más personal, y hace perfectamente comprensibles aquellas palabras de Donizetti en las que se manifestaba feliz de ceder su lugar al joven compositor.
La realización del Ensamble Lírico Orquestal sobresalió en el aspecto musical gracias a dos pilares imprescindibles: la segura dirección y metódica preparación de Ranieri -una de las figuras más autorizadas en el medio lírico argentino, que sin duda merecería una presencia constante en instituciones oficiales e independientes- y un elenco de primerísimo nivel integrado por jóvenes cantantes argentinos. María José Dulín (una Marquesa Del Poggio «para el disco»), Ricardo Crampton (magnífico Belfiore), Fernando Santiago (brillante como el Tesoriere La Rocca), Fernando Grassi (uniendo excepcional histrionismo a su solvencia vocal como el Barone di Kelbar), Cecilia Layseca (deliciosa Giulietta) y Leonardo Pastore (resolviendo con soltura las dificultades del papel de Edoardo y exhibiendo su bellísimo timbre) compusieron un sexteto antológico al que Ranieri se ocupó de sostener, logrando simultáneamente una muy buena actuación de la orquesta, «tempi» ágiles y un balance adecuado.
Tanto los comprimarios de Alfredo González Reig y Lucas Córdoba como el Coral Ensamble preparado por Gustavo Codina cumplieron con altos méritos. Una puesta en escena de Oscar Grassi sencilla y sin pretensiones, la escenografía sólida de Daniel Feijóo y un adecuado vestuario de Mariela Daga completaron este «Giorno» verdiano que no defraudó ninguna expectativa.


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