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Mubarak desafía a Obama: “No permitiré órdenes del exterior”
Un día frenético se vivió ayer en Egipto. La CIA norteamericana y el oficialista Partido Nacional Democrático habían dado indicios, temprano, de que Hosni Mubarak dejaría el cargo. La plaza Tahrir se alborotó ante la novedad que, se suponía, iba a ser anunciada por la noche por el propio jefe de Estado. Este defraudó las expectativas y exacerbó la veta nacionalista como estrategia de supervivencia. Dijo por TV a la medianoche que no obedecería a poderes extranjeros, en una declaración que tiene destinatarios premeditadamente difusos: Estados Unidos y Europa, por un lado; y países o movimientos islamistas, por el otro. Solo aceptó delegar funciones en el vicepresidente, Omar Suleimán, un hombre de máxima confianza. Un día antes, el régimen había advertido sobre un golpe de Estado, dejando entrever algún pacto con los militares, y semanas atrás, Mubarak había procurado mostrarse como garante de la amistad con Occidente al tiempo que habilitaba una feroz e ilegal represión. Una multitud de cientos de miles permanecía anoche en la plaza Tahrir, un problema irresoluble para el régimen. El presidente teje y desteje con el fin de prolongar su reinado. Varios miles se dirigían al palacio de gobierno, fuertemente militarizado.
Con máxima atención, manifestantes anti-Mubarak observaban el mensaje del presidente de anoche desde la plaza Tahrir. Su negativa a renunciar exacerbó la protesta. Hoy, viernes de plegaria, las manifestaciones prometen ser aún mayores.
Desde primera hora de la tarde, lo único que se había escuchado en El Cairo era la noticia de la renuncia inminente de Mubarak. Tras 30 años de poder absoluto y tres semanas de revueltas populares, todo indicaba que el mandatario daría un paso al costado.
Incluso el jefe de la CIA, Leon Panetta, había dado casi por hecho la salida de Mubarak durante su comparecencia ante el Comité Selecto de Inteligencia de la Cámara de Representantes. «Hay una gran probabilidad de que Mubarak renuncie esta noche», dijo. Un poco más cauto había resultado el presidente Barack Obama: «Estamos siguiendo muy de cerca los acontecimientos de hoy en Egipto. Tendremos más cosas que decir a medida que la situación avance». Más tarde, expresaría su decepción (ver aparte).
En la misma línea, la cadena BBC había citado al presidente del partido de Mubarak. «Espero que el presidente entregue sus poderes esta noche», declaró el nuevo secretario general del gobernante Partido Nacional Democrático, Hossan Badrawi, según el medio británico.
En vez de ceder a las demandas de los manifestantes, el general de 82 años presentó su lado más desafiante, y reiteró su determinación absoluta de mantenerse en el poder hasta la conclusión de su mandato el próximo mes de septiembre.
«No voy a salir del país en este momento difícil y voy a apoyar a cualquiera que quiera apoyar a Egipto para conseguir nuestros objetivos en medio de una concordia nacional», aseguró. «Yo estaré aquí para facilitar la transición. Siento compromiso total con esta tarea», remató.
En repetidas ocasiones, Mubarak intentó presentar la situación como una nación egipcia asaltada por el mundo exterior. «No puedo, ni permitiré, aceptar órdenes del mundo exterior», declaró el mandatario.
La carta de la resistencia a la injerencia internacional tiene doble sentido: por un lado, parecería una alusión directa del régimen a las presiones que recibe a diario de su aparentemente exaliado Estados Unidos. El miércoles, ministros y el vice Suleimán habían acusado a Estados Unidos y a países europeos de «injerencia en asuntos internos».
Además, Arabia Saudita, en boca de su canciller Suad al Faysal, respaldó la tesis de la actuación de extranjeros en Egipto, aunque pareció más orientado a sectores y países rivales del mundo musulmán.
En su mensaje, Mubarak se limitó a decir que delegaría ciertos poderes en la persona del vicepresidente, sin entrar en mayores detalles, y asegurando que él actuaría como garante.
Citó también artículos de la Constitución a ser reformados, lo que ya había sido ofrecido por el régimen.
«¡Andate, andate!», «Te vamos a enterrar», comenzó a clamar la multitud concentrada en la plaza Tahrir de El Cairo, epicentro de la ola de protestas que se desencadenó el 25 de enero y ya dejó unos 300 muertos.
«¿Donde está el Ejército? ¿Dónde está el Ejército egipcio?», coreaban.
Al cierre de esta edición, el aire se impregnaba de agresividad y empezaban a marchar nutridas columnas hacia el palacio presidencial en el barrio de Heliópolis y el edificio de la televisión estatal. La sede gubernamental, a 10 kilómetros de la plaza, se encuentra virtualmente amurallada con una gran cantidad de tanques, por lo que se temían choques entre uniformados y la enardecida multitud.
Plegaria
Inmediatamente después de las declaraciones de Mubarak, Suleimán, un exmilitar que dirigió los servicios secretos hasta que fue nombrado vicepresidente el mes pasado, instó a los manifestantes a regresar a sus hogares.
La protesta convocada para hoy después de la plegaria es otra de las jornadas señaladas como clave por los opositores. Se espera que el régimen vuelva a bloquear la circulación de trenes.
Egipto, un aliado de Occidente durante más de tres décadas, es uno de los dos únicos países árabes que firmaron un tratado de paz con Israel (el otro es Jordania) y controla el Canal de Suez, por donde pasa la mayor parte del abastecimiento petrolero de los países industrializados.
Suleimán abrió el pasado fin de semana un diálogo con varias fuerzas de la oposición, que abarca desde sectores laicos hasta la Hermandad Musulmana (HM) -que no obstante ya se retiró de las conversaciones-, para tratar de desactivar las protestas.
Mubarak ya había prometido al iniciarse el movimiento que no buscaría un nuevo mandato en la elección presidencial de septiembre.
Agencias EFE, AFP, Reuters, ANSA, DPA y Ámbito Financiero


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