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Muy buen debut del ciclo 2012 de la Filarmónica
La fenomenal violinista Nadja Salerno-Sonnenberg tuvo especial lucimiento en los pasajes más brillantes del «Concierto en la menor» de Shostakovich, la obra que interpretó junto a una no menos ajustada Filarmónica.
Ante un sala considerablemente colmada de público y entusiasmo, el Teatro Colón comenzó su actividad oficial el jueves pasado con el concierto de apertura del ciclo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, cuya programación comprende este año algunos conciertos menos que la temporada pasada.
El fuego se abrió con la «Primera obertura de concierto» opus 15 del argentino Alberto Williams, que este año tendrá un lugar destacado dentro del repertorio de la Filarmónica. Todavía lejos del «sabor nacional», esta obra juvenil de Williams escrita durante sus años en el Conservatorio de París y la clase del belga César Franck ,tuvo una versión refinada y sutil bajo la siempre segura guía del titular de la orquesta, el mexicano Enrique Arturo Diemecke.
Luego fue el turno de la fenomenal violinista ítalo-norteamericana Nadja Salerno-Sonnenberg; si hubiera que explicar su desbordante vitalidad musical y corporal el modo más sencillo sería decir que es una suerte de Cecilia Bartoli del violín (incluso con un notable parecido físico con la cantante, también romana). El carisma de Salerno-Sonnenberg tuvo un especial lucimiento en los pasajes más brillantes de la obra que interpretó junto a la Filarmónica, nada menos que el «Concierto en la menor» opus 77 de Dmitri Shostakovich, aunque su actuación fue en todo momento concentrada y especialmente memorable en la cadenza del tercer movimiento (la «Passacaglia»). No sólo para el instrumento solista, claro, tiene su exigencia esta partitura: el ensamble orquestal y su concertación son los otros pilares fundamentales, que aquí respondieron de forma excelente.
La «Sinfonía Doméstica» opus 53 de Richard Strauss que ocupó la segunda parte del programa (el título es sobre todo retórico, ya que la obra responde mucho más al formato del poema sinfónico, aquí dividido en cuatro partes) es una original creación inspirada en un día de la vida familiar, sus delicias y también sus momentos menos apacibles. El compositor expone tres temas principales que representan respectivamente al marido, la esposa y el hijo, y con su magistral manejo de la orquestación, su don melódico y su maestría armónica y técnica recrea ese micromundo íntimo.
Si bien el conjunto en general tuvo un muy buen rendimiento -salvo cierta rispidez en los bronces- es justo subrayar las intervenciones destacadas de Ala Gubaidulina (violín), Natalia Silipo y Rubén Albornoz (oboe y oboe damore), Claudio Barile (flauta), Mariano Rey (clarinete) y Gabriel La Rocca (fagot). Dirigiendo de memoria, Diemecke obtuvo de su instrumento una gran voluptuosidad y logró al mismo tiempo la claridad «horizontal», dos aspectos sin los cuales el suntuoso tejido contrapuntístico straussiano pierde gran parte de su encanto.


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