Netanyahu no es un dirigente cualquiera. Ya cuando accedió a la cúspide política, el panteón de la historia le tenía un puesto reservado: en 1996 entró en los anales como el primer jefe de Gobierno nacido en el joven Estado de Israel.
Exoficial y veterano de guerra -como casi todos los políticos israelíes-, en 2013 sumó otro hito histórico: se convirtió en el segundo primer ministro elegido para un tercer mandato, honor hasta entonces reservado al considerado padre de la nación, David Ben Gurión.
Hasta entonces, su casi innata facilidad para moverse por los intrincados pasillos de la derecha sionista le permitió ser ministro con el duro Ariel Sharón y convertirse después en su principal crítico -tras el polémico "desenganche de Gaza"- y en líder de la oposición y del Likud.
Al tercer mandato llegó con un mérito esplendoroso en su programa, muchas críticas sobre su visión económica y una carga que los analistas nacionales advirtieron sería muy pesada y compleja de gestionar.
El mérito, su aureola de patrón de la seguridad: durante las dos primeras legislaturas (1996-1999 y 2009-2013) Israel mantuvo una cierta calma, sólo interrumpida casi al final del segundo mandato con la operación militar Pilar Defensivo en Gaza, lanzada con los mismos objetivos que la actual.
El lastre, lo heterogéneo de una coalición de Gobierno en la que por vez primera en años estaban ausentes los ultraortodoxos y en la que habían entrado con fuerza elementos ultranacionalistas y procolonos. Un sector liderado por el actual ministro de Economía, Naftalí Bennett, apoyado por el ultraderechista ministro de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, y la sección más dura del Likud.
Contrarios a la negociación y favorables a la ampliación de las colonias, Lieberman y Bennett fueron señalados como la mano que condujo al fracaso del último diálogo con los palestinos promovido por EE.UU., y que deterioró las relaciones con Washington.
A sus presiones -criticaron en público la "debilidad" de las políticas contra el movimiento islamista Hamás- se responsabiliza también del laberinto de guerra y sangre en el que Israel y palestinos están inmersos hace seis semanas.
Inviable la reocupación del territorio -descartada por el propio Ejército por su alto costo- y sin opción de regresar al "statu quo" previo -al que se opone la comunidad internacional-, ambos se implicaron la semana pasada en la ciclópea misión de hallar un acuerdo que hasta el lunes parecía posible.
Netanyahu lo gestionaba con tacto, sabedor de la oposición de la ultraderecha, hasta el punto de que el viernes de la semana pasada el propio Lieberman lo acusó de ocultarlo durante una tensa reunión de gabinete. Además, le exigió de nuevo medidas bélicas más duras "para acabar con Hamás", demanda a la que se sumaron Bennett y otros ministros.
Periodistas de prestigio como Amos Harel, del diario progresista Haaretz, creen que la renovada confianza de Netanyahu proviene de la creencia de que, como Teseo, encontró el hilo que lo conducirá a la salida del "laberinto de mazes" -aquel que tiene varias puertas y caminos divergentes- al que fue arrojado.
"El asesinato de los importantes comandantes de Hamás, Mohamed Abú Shamaleh y Raed al Atar, puede ser el punto de inflexión en la guerra de Gaza que el primer ministro buscaba", afirmó.
"Con el conflicto en un aparente callejón sin salida, Netanyahu necesitaba un éxito militar. Israel no quiere derrotar a Hamás; nunca lo quiso", agregó.
Según Harel, cuya tesis comparten numerosos analistas, "el primer ministro estuvo todo este tiempo ignorando las propuestas de los halcones del gabinete en espera de un golpe que cambiara el viento. El objetivo, agrega, era que "Hamás volviera a la mesa de negociación con su capacidad operativa socavada".
Si lo logra, afrontará entonces otra dura batalla: cabildear para que aquellos que lo sostienen en el Gobierno -Lieberman, que días atrás rompió la alianza electoral que ambos compartían, y Bennett- no lo obliguen a abandonar su tercer e histórico mandato.
| Agencia EFE |


Dejá tu comentario