22 de marzo 2017 - 23:59

Novela negra criolla, con el influjo sueco

DIÁLOGO CON RICARDO COLER SOBRE SU PRIMER LIBRO DE FICCIÓN, EL POLICIAL "A CORAZÓN ABIERTO"
Médico, viajero y fotógrafo, el autor de “Eterna juventud” se prueba ahora en un género donde reconoce la influencia de los maestros nórdicos como Stieg Larsson y Henning Mankell.

Coler. “El desconocimiento nos hace vivir en un mundo irreal”.
Coler. “El desconocimiento nos hace vivir en un mundo irreal”.
"Las novelas suecas enseñaron que el thriller no sólo tiene que ser entretenido sino descubrir algo de la realidad inmediata, no sólo está la investigación policial sino también la crónica investigativa, y yo eso lo venía haciendo en mis ensayos", dice el escritor Ricardo Coler sobre su novela "A corazón abierto", que publicó Planeta. Médico, ensayista, viajero y fotógrafo, Coler ha publiado "El reino de las mujeres", "Ser una diosa", "Eterna juventud", "Felicidad obligatoria", "Mujeres de muchos hombres", "Hombres de muchas mujeres", libros que han sido traducidos y publicados en catorce países. Con la novela negra "A corazón abierto" pasó a la narrativa de ficción. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Pensó esta novela como una serie o una película?

Ricardo Coler: Creo que es más una miniserie que una película por el crecimiento de los personajes. Hay algunos que llevan a seguirlos, como Diana Rauch, la médica investigadora, una mujer que no es heroína pura. Joven, profesional, atractiva, de pronto se vuelve muy rica, se enfrenta a un secreto insospechado y se permite cosas insospechadas en alguien como ella.

P.: Su novela parece remitir al policial sueco, el de Larsson, el de Mankell, por las relaciones con lo político, la ferocidad de las acciones y los sentimientos.

R.C.: Es algo de lo que no pude zafar. La novela transcurre en un tiempo determinado, apenas se ha iniciado la democracia pero donde quedan resabios de la dictadura. Comienza durante el conflicto del Canal de Beagle, y es muy difícil encontrar un personaje en ese tiempo diferente de los que yo encontré, cuando la delincuencia no era una delincuencia común. Hice lo imposible para no hablar de la dictadura porque hay mucho escrito, y no es de lo que quería hablar. Pero si en un policial en la Argentina en ese momento hay un personaje oscuro tiene que provenir de esa fuente.

P.: Usted se refiere a ese subinspector de la Federal que parece armado en esa época.

R.C.:
Era suficiente dejarlo actuar, mostrar su mentalidad, cómo se mueve, y que le gusta el rock, que lo llaman Lennon, que tiene una madre que lo quiere. Cualquiera que escribe ficción trae cosas de la realidad y todos los que pasamos por esa época, salvo que hayamos estado recluidos, tenemos recuerdos. Una oficina sobresaltada por susurros, gente armada, la sospecha de alguien detrás de uno con un revólver en la mano. Era un momento en que la única posibilidad de ser malo de verdad, con una pistola en la cintura, era ésa. No había bandas de delincuentes privados, no había cuentapropistas del delito, los limpiaban rápidamente. Pero había gente de esa que quedaba un tanto desocupada..

P.: ¿Cómo llegó a esta historia?

R.C.:
Yo quería contar otra cosa. Ni por casualidad me imaginaba que iba a terminar así. Tenía en la cabeza una historia que se inicia en Alemania apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, con un militar estadounidense de alto rango que piensa cómo hacerse rico con lo que queda de Alemania. No puede llevarse maquinarias porque los Aliados se las estaban repartiendo, ni armas, porque no las puede pasar; entonces busca una idea que haya funcionado comercialmente, que se lleva sin tener que mostrar nada físico. Consigue algo que fue un boom comercial, y se lo lleva a Estados Unidos. Eso le permite armar un laboratorio que se expande a varios países. Y uno de los socios es el padre de la protagonista. Esa chica que se encuentra con cosas que ni se imaginaba y que se van a desplegar en la novela. El tema iba a ser sobre eso que se lleva a Estados Unidos: un producto de belleza que realmente existe y que revolucionó el mercado. Me daba vueltas en la cabeza la historia de la crema Nivea. La ficción partía de ahí, pero me dejé llevar por los personajes. No sé si hice bien o mal, pero cuando Diana se queda sin padre, y su madre le dice hasta aquí llegué, te volviste millonaria, mi función desapareció, esa chica criada entre algodones queda expuesta entre otras muchas a uno de esos turbios personajes de esa época que tiene hacia ella un sentimiento ambivalente de amor. Y ella está muy vulnerable, y confunde amor con otra cosa. Es una relación intensa que le hace mal a los dos. La idea que se repite es que la gente buena hace cosas malas y la gente mala hace cosas buenas.

P.: Reaparece la empresa basada en lo sacado de Alemania.

R.C.:
El hijo del dueño real de la crema robada quiere recuperar el dinero de la familia. Quiénes son los dueños: ¿los alemanes o los del laboratorio estadounidense que la difundió? Eso se termina jugando en la Argentina. A la vez, hay un descubrimiento científico, una droga que es recomendada por la Organización Mundial de la Salud para el control de la natalidad. Más allá de la posición que uno tenga sobre el aborto, lo que me llamó la atención es el desconocimiento absoluto sobre esa droga; este hecho real inspiró a otro sector ficcional de "A corazón abierto", que tiene datos verdaderos como que Bayer fabricaba el gas con que se mataba a los judíos en las cámara de gas, que esas cámaras eran Mercedes Benz, y los uniformes de los nazis los hacía Hugo Boss. Es notable cómo el desconocimiento nos hace vivir de la única manera en que la gente sabe vivir, que es en un mundo irreal, un mundo que está armado con nuestra fantasía, que es lo que nos permite vivir, sabiendo o no sabiendo las cosas.

P.: ¿Qué escribe ahora?

R.C.:
"Asesinas múltiples", la segunda parte de "A corazón abierto". Me conmovió saber de lo que iba a hablar.

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