30 de agosto 2012 - 00:00

Ópera modesta, pero jerarquizada por Riccardo Muti y voces notables

Un elenco parejo y de nivel excelente (sin llegar al delirio) hizo más grata la audición de «I due Figaro», de Saverio Mercadante en el Teatro Colón.
Un elenco parejo y de nivel excelente (sin llegar al delirio) hizo más grata la audición de «I due Figaro», de Saverio Mercadante en el Teatro Colón.
«I due Figaro o sia il soggetto di una commedia», ópera en dos actos. Música: S. Mercadante. Libreto: F. Romani. Philarmonia Chor Wien. Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. Puesta en escena: E. Sagi. Dirección musical: R. Muti (Teatro Colón, 28 de agosto). 

La estatura artística, la trayectoria y el poder de convocatoria de Riccardo Muti, impulsor entre otras cosas de la valoración de la escuela napolitana, parecen haber sido el motivo principal de la enorme inversión hecha por el Teatro Colón al incluir una producción foránea de «I due Figaro» en su temporada, comprendida la importación íntegra de elenco, coro y orquesta.

Indudablemente el mayor y mejor pasatiempo del operómano consuetudinario durante las tres horas y media que insume la audición de esta ópera de Saverio Mercadante de 1826, redescubierta por Paolo Cascio en el 2009, será encontrar similitudes dramático-musicales con obras anteriores o posteriores, desde una escena con insoslayables puntos en común con el final del segundo acto de «Nozze di Figaro» hasta los aires rossinianos y donizettianos que perfuman la partitura de principio a fin.

Tampoco se puede dudar de que el mayor mérito del talentoso Mercadante en esta pieza escrita especialmente para España es haber asimilado a la ópera italiana los ritmos y giros ibéricos en su música, dándole una autenticidad valiosa a este tema español creado por un dramaturgo francés (Pierre Caron de Beaumarchais), imitado por otro francés, Martelli, en «Les deux Figaros», la pieza en que se basa, y adaptado por libretistas italianos.

Una trama pobre y un libreto sin el vuelo y la gracia que Felice Romani desplegaba en otros por él firmados conspiran contra el resultado, y tal vez una puesta en escena con más creatividad y con menos «chichés» que la urdida por Emilio Sagi hubiera mejorado la cosa. Innegable es sí la belleza visual que otorgan el vestuario de Jesús Ruiz, la escenografía de Daniel Bianco y la iluminación de Eduardo Bravo.

Un elenco parejo y de nivel excelente (sin llegar al delirio) hizo más grata la audición. El tenor albanés Saimir Pirgu (Conde de Almaviva), que merecería ser convocado con frecuencia por el Colón para papeles mozartianos y belcantistas, arrancó las mayores ovaciones -de todas maneras moderadas, por tratarse del Gran Abono- gracias a un timbre bello y una emisión clara y fácil. La soprano Eleonora Buratto, graciosa y pícara, fue una perfecta Susanna, la mezzo Annalisa Stroppa convenció plenamente como Cherubino, Asude Karayavuz y Rosa Feola fueron impecables Condesa e Inez, respectivamente, y Mario Cassi jugó su Figaro con gran solvencia vocal y actoral.

Si la visita del Philharmonia Chor de Viena, de desempeño modesto, no encuentra justificación artística, la de la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, creada por Muti en 2004, sí lo es. De una perfección y ensamblaje asombrosos, flexible a las indicaciones, con brillantez y empaste excelentes en las cuerdas, limpidez y expresividad en las maderas y precisión total en los metales, en los jóvenes de la Cherubini y la batuta magistral del legendario director napolitano estuvieron los aspectos más memorables de esta producción, una de las ostentosas rarezas que el Colón nos ofrece este año.

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