5 de enero 2011 - 00:00

“Para publicar, además de talento, hay que tener relaciones y plata”

Tras 30 años de vivir en la Argentina, el chileno Ojeda Ortiz afirma: «Yo, que conozco Nueva York y París no los cambio por Buenos Aires. Para mí sería un gran orgullo disputar en la categoría de escritores extranjeros que se afincaron aquí».
Tras 30 años de vivir en la Argentina, el chileno Ojeda Ortiz afirma: «Yo, que conozco Nueva York y París no los cambio por Buenos Aires. Para mí sería un gran orgullo disputar en la categoría de escritores extranjeros que se afincaron aquí».
En sus libros, que en los años 80 supieron entusiasmar a Carmen Balcells, Eduardo Ojeda Ortiz mezcla la poesía con el comic, interviene con fotos, dibujos, comentarios, aclaraciones y tachaduras textos que escribió años atrás. Une en su propuesta a Jean-Michel Basquiat con el Julio Cortázar de «Rayuela». Hace que sus personajes se crucen en sus libros. Utiliza heterónimos al estilo de Pessoa jugando con la narrativa subjetiva para hacer de la escritura una aventura personal. Realiza investigaciones documentales: en «Señoritas de Salón» y «El puente de los suspiros», donde reedita comentados documentos sobre la prostitución europea en Buenos Aires entre 1890 y 1930. A su vez, en el reciente «Señor dame tu fortaleza (Dámela y no me la quites). Testimonios de gente real sin obligación de compra» parece haber concretado el fascinante proyecto, del que mucho habló y no supo llevar a cabo el estadounidense Ferdinand Gould, de intentar realizar una «historia oral de nuestro tiempo».

El chileno Eduardo Ojeda Ortiz, afincado desde hace décadas en la Argentina, estudió Bellas Artes, matemáticas, economía y violín. Es narrador, ensayista, poeta, pintor y dibujante de comics, un creativo que inventó el programa «Videomatch», empresario con productora propia, y desde hace un par de años el dueño y conductor de la editorial Malas Palabras Buks, pero, como solía decir Federico Peralta Ramos, «sobre todo, fundamentalmente artista». Surgido en el clima de la vanguardia de los años 60, el espíritu artístico, irónico, burlón, divertido y provocativamente innovador de Ojeda Ortiz invade todo lo que toca. Dialogamos con él sobre su obra que es permanentemente un «work in progress».

Periodista: Hace pocos años creó la editorial Malas Palabras, en la que, junto a los de otros autores, ya lleva publicados siete libros suyos, que van de novelas y ensayos investigativos a poemarios ilustrados, además de aquellos en los que utiliza heterónimos.

Eduardo Ojeda Ortiz: Y hay varios otros libros que están a punto de salir. Es que estoy impregnado de una manera de vivir, donde el arte, la literatura, la escritura es esencial. Desde los 17 años escribo, escribo y escribo. De mis libros pienso que si tuviera cien lectores estaría fenomenal, pero creo que tengo menos. Cien lectores, aclaro, que entiendan el plan de la obra. Cuando se me da la posibilidad de publicar, separo el material de una línea narrativa. Por ejemplo la que corresponde a la novela «Bellas Artes», que fue una etapa para mí fundamental, porque estudiar en la Universidad de Chile, en la Escuela de Bellas Artes, a fines de los años 60, me cambió la vida. En ese tiempo en mi generación se tenían ambiciones desmedidas, se quería ser en la estética como Picasso o como Warhol, como Rimbaud o Artaud.

P.: ¿Pudo mantener esa propuesta estética?

E.O.O.: Cuando era joven la escritura era la vida, ahora estoy mucho más convencional. La escritura no era la fotocopia. No era, como ahora, la estética de publicar. Escribir la vida era lo que había que hacer. Nuestra generación pensaba que iba a morir joven, y había que dejar una marca, como Antonin Artaud en la «Cartas de Rodez». Era vivir al extremo, y la inspiración se podía encontrar en un paquete de cigarrillos. Recuerdo que en esa época en la Escuela de Bellas Artes de Chile comenzamos unas 160 personas, y en el «arte-arte» quedan tres, acaso cuatro. Es como los futbolistas, de 10.000 federados, chicos que juegan y tienen entre 8 y 14 años, sólo tres o cuatro llegan a profesionales. En el arte sucede lo mismo. Más aún en nuestra generación que vivió muy al límite. En los 60 llegó la marihuana, Castañeda, los hippies, el «compromiso social». Y los que sólo discutíamos sobre arte, quedamos entre la droga y la política, y recibíamos los latigazos de ambos lados. Yo era un outsider, admiraba a los beatniks y a Sartre rechazando el Premio Nobel. Estaba al margen de lo oficial. Me peleaba, nada menos que con Enrique Lihn. Pero eso pasó, hace ya 34 años que estoy fuera de Chile.

P.: ¿Cómo vino a este Buenos Aires, al que le dedicó varios libros?

E.O.O.: De paso hacia París y Barcelona. Traía materiales muy desordenados, juveniles, en contra de todo. Tenía cantidad de poemas, obras de teatro, y quería ir a una de las mecas, a pelear con gente importante desde la vanguardia. Llego a Buenos Aires a los 30 años, y acá había señoritas, librerías y laburo, mucho laburo, muchas oportunidades. Escribí para la radio, hice guiones, dibujos animados, ilustraciones, historietas para las revistas «Humor» y «Fierro».

P.: ¿Y la idea de «Videomatch»?

E.O.O.: Se trataba de encapsular material deportivo de ESPN y bloopers; darle un nombre, una estructura y ponerle un animador local. Yo era el creativo y se me ocurrió todo eso que comenzó a salir en 1989 por Telefé, donde hice la producción general durante los primeros seis meses, y tuvo como conductor a un muchacho que venía de la radio, Marcelo Tinelli. Todo esto para mí era trabajo, era lo que me permitía dedicarme a lo que importaba más, el arte.

P.: ¿Qué pasó con sus novelas? ¿Es cierto que fue representado por Carmen Balcells?

E.O.O.: En el 82 leo en un suplemento literario que Gabriel García Márquez dice que hay en España una mujer que defiende a los escritores contra viento y marea, una tal Carmen Balcells. Termino mi novela «Manos arriba», y a comienzos del 83 se la envío por correo a esa señora Balcells. A los dos meses me llega una carta donde me dice que me va a representar, que tenga paciencia (en la edición actual de «Manos Arriba» está esa carta). Cuando se lo cuento a mis amigos que están en Europa, me dicen que había tocado el cielo con las manos, que me iba a hacer millonario, que es la agente literaria de Neruda, Cortázar, Onetti, Vargas LLosa, Fuentes. Yo me la creí. Me mandan el contrato y yo embalado le mando la segunda novela, «Bellas Artes». Después, junto la plata y me voy para allá. Llego en octubre del 84. «Carmen está con Mario Vargas Llosa en al bar de la esquina». Me mandan a Anagrama, a Mondadori, a Plaza y Janés. Anagrama las retenía, Herralde no se decidía a publicarla, Las editoriales comienzan a declinar. Ese tiempo que paso en Barcelona, afortunadamente, me abre los ojos. Me doy cuenta de la guita que hay que tener para moverse en el arte. Yo era como un buen boxeador de barrio al que de pronto se le da ir a pelear por el título mundial. Me di cuenta que no se trataba sólo de la literatura, que había que tener relaciones para poder publicar. El talento es muy importante: 30 por ciento. Las relaciones públicas, 50 por ciento, y 20 por ciento de guita. Con el 30 del talento, no se llega a nada. Mis libros pasaron por editoriales grandes y chicas, hubo contratos, pero no se terminaban publicando. Estuve a punto de hacer la de Kafka, dejar mis escritos para que los quemaran. Ahora aparecen en Malas Palabras, mi editorial, junto a libros de otros autores, a razón de un promedio de tres por año. Hay un libro que me tengo comprometido escribir sobre todo eso que me sucedió a mí, que se va a llamar «Manual para escritores sin fortuna». Ahí voy a contar con textos breves, como en mis libros «Historia general del cerebro» y «Muere cucaracha», que hay que empezar copiando o que no es necesario leer a Proust, y cosas así.

P.: ¿Será uno de los próximos suyos, que mencionó al comienzo?

E.O.O.: Yo escribí en forma sostenido hasta los 46 años, han pasado 18 años, y ahora aparecen esos textos. «Gane fama y fortuna con un lápiz» son seis novelas, con un total de unas 1.500 páginas. Las voy a agrupar y voy a publicar un primer tomo. Trata de la historia de vida de una serie de personas que estudiaron en Bellas Artes, que quieren ser artistas y que a la larga no van a triunfar. Quiere ser de primer nivel, y no va a llegar. El protagonista es Nicolás Aguirre Pizarro, que soy y no soy exactamente yo. Mi novela «Manos Arriba» es su historia de vida. «Gane fama y fortuna con un lápiz» es el retrato de una generación de chilenos que intentaron ser artistas. Después estará «Danzas Clásicas» que corresponde a cuando se produce la caída de Salvador Allende y parte de ese grupo de chilenos de Bellas Artes se van a Europa y yo me vengo a Buenos Aires, para luego ir a encontrarme con ellos. Se llama «Danzas Clásicas» porque la protagonista es La Watusi, que era una bailarina con una piernas tremendas, y las peripecias sentimentales en torno a ella. Fue un libro que dejé de lado para publicar los dos tomos de «25 años viviendo en Buenos Aires», donde cuento de cuando conocí a Borges (me sorprendió que me dijera que había leído el «Popol Vuh», el libro del indígena quiché, en francés), y hago un registro de la picaresca argentina.

P.: ¿Cómo noveliza a los argentinos?

E.O.O.: No novelizo a los argentinos, yo no he salido de Buenos Aires y cuento de la gente que conocí. No es la picaresca de Jacobo Winograd, es la gente común, la que viaja en subte y a veces en taxi, la que lee poco y cree ser buena gente. Digo: esto es lo que hay. Me encanta ese dicho. Al que le sirva, que le sirva. Lo que yo viví es así. Es una actitud antropológica, al estilo de Levi-Strauss, Margaret Mead, o el Oscar Lewis de «Los hijos de Sánchez», de alguien que tiene el privilegio de observar una sociedad durante más de 30 años. Yo que conozco Nueva York y París, que son lugares piolas, no los cambio por Buenos Aires. Creo que acaso pueda disputar en la categoría, y para mí será un gran orgullo, de los escritores extranjeros que se afincaron en Buenos Aires. Una categoría donde hay muchos, como por ejemplo Witold Gombrowicz, pero que la mayoría estuvieron acá sólo cinco o diez años.

Entrevista de Máximo Soto

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