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Picasso ilustra ahora el sufrimiento de Carmen
María Luján Mirabelli (Carmen) y Carlos Duarte (Don José) en la nueva versión de la ópera de Georges Bizet.
El aspecto más valioso de la nueva producción de «Carmen» de Bizet puesta en escena por Eduardo Casullo es la interacción entre las imágenes de Pablo Picasso proyectadas como fondo y las acciones dramáticas trazadas por el régisseur con criterio realista. La iconografía picassiana propone un correlato visual de gran impacto para las secuencias que se desarrollan en un escenario despojado y carente de escenografías corpóreas.
La fuerza de las imágenes es tan potente que acompañan, por supuesto no taxativamente las acciones, pero crean la atmósfera hispana audaz que la obra de Bizet deja entrever en esta muestra maestra de la lírica francesa.
Edgardo Beck seleccionó una serie de imágenes eróticas, paisajísticas y de toros que manifiestan el marco adecuado a una dirección escénica de Casullo que transita por los caminos de la
tradición pero en los que ha hecho hincapié en los caracteres individuales, según el original de Prosper Merimée) y apostando a una visión más audaz, y por ende, más contemporánea, de los comportamientos.
Las escenas de conjunto contaron también con su pericia, conduciendo a coreutas y figurantes por una geografía de coherencia espacial. A esta optimización de los recursos escénicos se acopla una realización musical acorde. La armonía visual y sonora proviene de la concertación briosa de Roberto Luvini, de «tempi» rápidos y contundentes. La Orquesta de Fundamús respondió siempre profesionalmente. Nuevo Coro de Opera y Nuevo Coro de Niños, creados para esta ocasión y dirigidos por Ezequiel Fautario y Rosana Bravo, respectivamente, tuvieron un desempeño eficaz y a veces, más que eso. Los protagónicos a cargo de María Luján Mirabelli (de voz cavernosa y potentes agudos) y Carlos Duarte (de bella voz y sólidos recursos técnicos) conformaron una pareja de fuste. Baste como ejemplo la escena final de la ópera donde pusieron toda la pasión y la altura teatral exigidas. Una muy buena Micaela hubo en la emisión cuidada y sensible de María Rocío Giordano y autoridad escénica y vocal Alberto Jáuregui Lorda en Escamillo. El resto del elenco se comportó con corrección, que por momentos llegó al brillo como en el caso del célebre quinteto del segundo acto y la temible escena de las cartas del acto tercero.


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