19 de junio 2017 - 22:16

¿Se equivocó la Fed? ¿O se equivocan los mercados?

La polémica cobró alto voltaje -y saltó a la calle- porque el Banco Central confirmó la geografía agreste de su mapa de subas probables, sin quitar ni postergar una cruz.

La FED subió las tasas un cuarto de punto y habilitó el nuevo rango de referencia: 1%-1,25%. Acertó aquí hasta el más distraído. Aunque Neel Kashkari, presidente de la FED de Minneapolis, votó en disidencia y peleó en vano por dejar el tablero sin alteraciones. Nada más que discutir. Es asunto terminado. La polémica cobró otro voltaje -y saltó a la calle (Wall)- porque el banco central confirmó la geografía agreste de su mapa de subas probables, sin quitar ni postergar una cruz. ¿Se equivocó la paloma? Los mercados creen ardientemente que sí, que Janet Yellen debió dejar de lado su pose de halcón, y tomar en cuenta una economía que se enfría y una inflación que, una vez más, se derrite mucho antes de pisar el umbral del 2%. La FED está repitiendo el error de 1937, despotricó un exaltado.

Entiéndase bien: los mercados que están en los cielos estiman una coyuntura frágil como para lidiar con la idea de otro aumento de tasas aunque, de producirse, no ocurrirá antes de diciembre. Y agitan los indicadores recientes como semiplena prueba del error de política. Es debatible. Sobre todo si a la par la situación no es tan mala como para desalentar al Dow Jones de su empeño de clavar récord tras récord. ¿No perciben los mercados que, según sus propios argumentos, están colgados del pincel? Si la FED les quita la escalera de la suba de tasas, y con ella, la coartada de una recuperación saludable, ¿cómo se piensan sostener en las alturas? Si el banco central dudase, si admitiera que se le nubló la visibilidad, Wall Street se hundiría más a pique que el Titanic.

¿Cuán agresiva resulta la FED? La suba que estaba en los cálculos de todos ya se hizo y la que le sigue, la que figura en la hoja de ruta, y tanto se discute, no se puede asegurar que se concretará. Con la óptica alternativa del vaso medio vacío, lo que Yellen & Cía anunciaron es una tregua. Nadie espere otro retoque antes de diciembre. En el ínterin, comenzará la reducción de la hoja de balance (recién en octubre, o después). Y la faena será tan pasiva y excitante, prometió Yellen, como sentarse a "observar la pintura fresca secar". ¿Por qué tanto alboroto, entonces? Culpa de un par de curvas que doblan en ángulo cerrado. Yellen desconfía de una tasa de desocupación tan baja 4,3% - porque cree que le puede tender una emboscada en el momento menos pensado. Podría reavivar la inflación de súbito, y forzarla a subir las tasas de apuro. Teme el filo de la vieja curva de Phillips. Los mercados trinan porque otra curva, la de rendimientos de bonos del Tesoro, no deja de achatarse. Después que la FED intervino, la brecha entre la tasa de 10 años y la de 2 se recortó a sólo 80 puntos base. ¿Será que la recesión aguarda a la vuelta de la esquina? Nunca se contrajo la economía sin que antes la curva se invierta a manera de semáforo en rojo. Que las tasas cortas suban y que se depriman las largas dibuja el peor de los presagios. ¿La FED nos empuja al abismo por culpa de una reliquia dudosa como la curva de Phillips? Las críticas de Kashkari, de su predecesor en Minneapolis, Narayana Kocherlakota, del ex secretario del Tesoro, Larry Summers, se condensan en una misma objeción. Si la inflación no se torna manifiesta, si no nos muestra "el blanco de sus ojos" en las palabras de Summers, no se debería apretar el gatillo. Llevamos años de bajísima inflación, y el riesgo no es tanto que se desbande, como que se desplome de la mano de la economía y luego no haya guinche que los rescate a ninguno de los dos.

Se puede discrepar. La FED avanza cuidadosa, paso a paso. Si se equivoca y da un mal paso será cuestión de retrotraer ese último palmo. Si hay un error no será una falla grave, coinciden Kashkari y Summers. "No tenemos un iceberg por delante", acepta Kashkari. Mejor pues seguir así. Con una FED con la voz alta, la apariencia de una convicción firme (que siempre contagia), la mirada atenta y, sobre todo, a partir de ahora, los brazos cruzados.

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