Stupía-Piglia, dos formas de narrar en una bella muestra

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«Ricardo Piglia-Eduardo Stupía Fragmentos de un Diario» en Jorge Mara-La Ruche (Paraná 1133) es una de esas exposiciones que permiten al contemplador hacer un alto, prolongado, por textos y dibujos. La lectura de los fragmentos del diario que Piglia comenzó a escribir a fines de 1957 ejercen una fuerza magnética, uno se queda con las ganas de saber más, de entrar en escenas, recuerdos, observaciones, «restos perdidos que renacen cada vez». Son notas o entradas, escritas en los últimos meses de 2011, en Princeton en cuya universidad enseña desde 1997. La lectura es un poco angustiante porque todo queda inconcluso y como señaló Piglia en un reportaje, «nunca pasa nada, por lo tanto el diario es la prueba de que nunca pasa nada y de que uno se lo pasa esperando que pase algo».

Leemos, por ejemplo: «Lunes. El pianista que vive enfrente, del otro lado de la calle, ensaya todas las tardes la última sonata de Schubert. Avanza un poco, se detiene y vuelve a empezar. Sensación de una ventana que tarda en abrirse. Hoy lo he visto, de pie frente a su auto, el capot levantado, en estado de quietud. De vez en cuando se inclinaba y escuchaba el sonido del motor en marcha. Volvía a erguirse y persistía, inmóvil, en su espera, indescifrable y tranquila». O, «Sábado. Las mujeres que salen a fumar a los portales de los edificios de Nueva York tienen un aspecto furtivo, son inquietantes. Se ven pocos hombres, cada vez menos, fumando en la calle. Las mujeres salen de sus empleos y encienden un cigarrillo bajo el aire helado, determinadas por la urgencia y la gracia seductora de la adicción. Un

vicio débil si se puede llamar así. siento haber dejado de fumar, al verlas.»


¿Pueden ilustrarse estos ejemplos aquí transcriptos, los que se leen en la galeria o los que se incluyen en el bello ejemplar publicado para esta muestra? Stupía podría haberse tentado, dado el carácter cinematográfico de las escenas, pero se mantuvo fiel a sus grafismos, collages, manchas texturadas, caligrafía oriental, el fluir de la tinta, el pincel que se desliza, fragmentos de fotografías y tarjetas postales, papeles doblados, en fin, un sinnúmero de recursos visuales que nos llevan por los meandros de una composición de aparente improvisación e inmediatez.

Piglia usó la escritura manual, Stupía también tiene un repertorio narrativo de trabajo manual, son sus gestos y pensamientos capturados en una hoja de cuaderno y los que caben en el convencional marco. Piglia atrapa con su lenguaje, de pronto uno podría ser el protagonista de algunas de esas escenas descriptas día a día, intervenir en las conversaciones con sus amigos, identificarse con los escritores o artistas que menciona. Y Stupía construye sus imágenes con elementos que ha ido acumulando quizás diariamente, como puede verse en una fotografía de su estudio.

En la pequeña sala del fondo de la galería, Stupía nos regala además una serie imperdible de obritas, por su pequeño tamaño, a las que llama «cajitas de reflexión». Allí también el espectador se demora.

Clausura el 5 de mayo.

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