La barra de aluminio -“70-75, el que se utiliza para la industria aeroespacial porque debe ser resistente y liviano”, aclara el ingeniero Ignacio Garibaldi- descansa sobre dos pilones de madera, a modo de exhibición para los visitantes. Para que esa pieza se transforme en el “esqueleto” del arma, se le realizan distintas perforaciones de milimétrica exactitud. Después de un proceso minucioso, que incluye el trabajo de máquinas de última generación bajo la atenta mirada de operarios, se convertirá en la empuñadura de una pistola.
En Ramos Mejía funciona la única fábrica de armas del país. Fundada hace 60 años, Bersa emplea a 110 personas y estima facturar en 2018 $345 millones. Según afirman desde la empresa, cada cinco minutos, en algún lugar del mundo, se vende una pistola hecha en esa planta. Entre esas paredes se producen 90.000 armas por año; el proceso para hacer una demanda, en promedio, 28 minutos. El 70% de lo producido es exportado a 36 países, y Estados Unidos es el principal comprador. Del 30% restante, la mayor parte está destinada a las fuerzas de seguridad nacionales. “De las 120.000 armas que utiliza la Policía Bonaerense, unas 80.000 son Bersa”, ejemplificaron desde la empresa. Un número más reducido es comercializado en armerías para civiles argentinos, que incluso pueden elegir pistolas de distintos colores. Los precios al público varían: cuestan desde $10.000, una calibre .22, hasta $24.000, en el caso de una 9mm para uso deportivo.
Frente a una máquina, uno de los trabajadores graba en cada empuñadura el número de serie del arma. Es una tarea que sólo lleva unos segundos. En otra sala, tres hombres estudian monitores mientras un brazo robot realiza mediciones a distintas piezas. En la planta también se lleva a cabo el proceso para fabricar la corredera (que es pulida en una gran máquina para que no tenga ninguna imperfección) y el cañón, éstos hechos de acero. El resto de las casi 60 piezas que componen las pistolas (depende del tipo) son suministrados por proveedores externos.
Operarios llevan a cabo la tarea de ensamblado de manera manual, colocando cada pieza o resorte en su lugar. Una vez que el arma está lista, uno de los empleados se encarga de cerciorarse de que todo funcione de manera adecuada: durante tres minutos prueba cada mecanismo, saca y coloca el cargador, y comprueba que los seguros funcionen correctamente.
Luego, llega el turno de comprobar el funcionamiento en un polígono de tiro. Ubicado en una especie de cabina insonorizada, es el único lugar de toda la planta donde se “juntan” pistolas y municiones. Son dos los encargados de corroborar que las armas disparen con precisión: vacían un cargador contra una diana y el piso de su “oficina” está repleto de casquillos. En el embalaje, las pistolas se limpian, se etiquetan y su existencia se reporta vía on line a la ANMAC (Agencia Nacional de Materiales Controlados).
Historia
La empresa nació en 1958, fundada por tres inmigrantes italianos. Benso Bonadimani es uno de ellos y continúa yendo a la planta regularmente. “Cuando empezamos con este proyecto nunca imaginé que íbamos a terminar en lo que es hoy. Sólo pensaba en trabajar”, contó el hombre de 80 años, quien junto a Savino Caselli y Ercole Montini fundó Bersa en un galpón alquilado, que también servía de lugar para que las gallinas pasaran la noche. Desde la firma aseguran que en los últimos dos años se invirtieron más de $18 millones en adquisición de maquinaria y tecnología, además de la “capacitación y consultoría en modificación de procesos”. Prevén, además, desembolsar para los próximos años otros u$s800.000 para desarrollar nuevos productos.
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