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Tharaud, el pianista sin piano, de regreso
El pianista francés Albert Tharaud.
Conocido por algunos como «el pianista sin piano», hace muchos años ha vendido su instrumento y estudia en casas de amigos. Dialogamos telefónicamente con Tharaud a propósito de su retorno a la actividad pública luego de un período sabático.
Periodista: ¿Cómo le resultó su impasse en la actividad de conciertos?
Alexandre Tharaud: No fue para nada como lo imaginaba. Quería trabajar mi piano, no era un cese total sino un alejamiento de la actividad de conciertos, y también deseaba dejar de viajar como loco por un tiempo. No fue un período tan calmo como pensaba porque tenía muchas cosas para hacer, pero encontré un ritmo interior mucho más estable, me hizo muy bien física y moralmente, y a nivel pianístico re-trabajé mi técnica, busqué nuevos sonidos, porque con la edad cambian la morfología, los músculos, muchas cosas se modifican en el interior del cuerpo. Y ahora puedo lograr un sonido nuevo, incluso resolver cuestiones técnicas que antes no podía resolver, así que estoy gratamente sorprendido.
P.: ¿Le gustaría entonces repetir la experiencia en el futuro?
A. T.: Sí, tal vez, pero es difícil, porque para detenerme siete meses tuve que tomar la decisión hace 5 años, así que si quisiera hacerlo de nuevo el descanso debería ser en el 2013 o 2014.
P.: ¿Qué recuerdos guarda de sus conciertos en Buenos Aires, en el 2004 y 2007?
A. T.: Maravillosos. El primero de ellos fue en el Teatro Colón. Para mí esa sala tenía un color particular, primero porque es uno de las más hermosas del mundo, pero también porque una de mis amigas, Denise Duval, la cantante fetiche de Poulenc, perdió su voz cantando «Diálogos de Carmelitas» allí, y fue el drama de su vida. Para mí tocar en el Colón implicó pensar sobre todo en ella, a la que quiero mucho. Después de eso brindé la integral de la música para piano de Ravel, que siempre es un maratón, tiene algo de físico y conmovedor, y recuerdo que el público era muy atento hacia mí. Cuando uno toca una integral es necesario que la atención del público esté plenamente con uno.
P.: En sus interpretaciones de música barroca se advierte un conocimiento de la ornamentación que no es habitual el nos pianistas. ¿Cuál es el secreto?
A.T.:Tal vez porque es algo que trabajé mucho. Cuando empecé a trabajar Rameau o Couperin toqué mucho esa música para amigos clavecinistas, y les pedí mucho consejo. Con los años y la experiencia desarrollé una ciencia de la ornamentación que ellos conocen bien, pero no los pianistas. Hace 10 años que vengo tocando este repertorio y se transformó en un lenguaje completo, yo me expreso muy naturalmente a través de los ornamentos.
P.: ¿Y en cuanto la dinámica en la música concebida para el clave, que no tiene esas posibilidades?
A.T.: Yo encuentro que es bello agregar diferentes dinámicas a esa música, eso permite destacar contracantos o bien la mano izquierda, y lo encuentro muy interesante en la música de Bach, Couperin o Rameau.
P.: ¿Piensa estar «recreando» de alguna manera estas músicas al hacer estos matices?
A. T.: No, no pienso en eso. Pienso que el intérprete es un creador, pero lo que hago con Rameau, por ejemplo, ya estaba hecho, porque en los años 50 Marcelle Meyer y otros pianistas tocaron música barroca, no es nuevo. ¡No creo haber cambiado la historia de la música! (risas). De todas maneras los pianos, los micrófonos y nuestra relación con la música han cambiado. Mauricio Kagel, con el que trabajé mucho, me decía que la música era la única de las artes que debía ser reinventada constantemente y tenía que ser tocada como si hubiera sido escrita ese mismo día. Por eso cuando uno toca Bach, Rameau, Mozart, Beethoven, tiene que reinventar esas obras. Puede haber muchos pianistas en el mundo, y en el futuro muchos discos nuevos, pero la música necesita eso.
P.: ¿Cómo se desarrolló en usted el interés particular por Kagel?
A. T.: Porque cuando yo era chico quería ser compositor, me interesaba mucho la música contemporánea e iba a escuchar muchos conciertos de Kagel. Después quise hacer un disco con sus obras [nota: aparecido en el 2003] y me puse en contacto con él. Me propuso que fuera a tocar para él así que nos encontramos varias veces. Él estaba muy contento con mi disco y eso me provocó mucho orgullo porque yo estaba un poco temeroso de su juicio, pero dijo que era uno de los más bellos discos que tenía. Luego le pedí que escribiera para mí un concierto para piano y orquesta, y me contestó que sí, siempre que yo consiguiera el encargo. Así que pasé muchos años buscando y finalmente conseguí tres orquestas para comisionarlo. Creo que comenzó a escribirlo pero lamentablemente murió, y ese concierto nunca podrá ser estrenado.
P.: Usted ha afirmado que existe un gran «rapport» entre las músicas de Bach y de Chopin. ¿Cómo es que llega a esa afirmación?
A. T.: Sí, observe que los pianistas que tocan bien Bach frecuentemente son aquellos que tocan bien Chopin.
P.: ¿Por ejemplo?
A. T.: Buena pregunta! (risas). Pienso en Zhu Xiao-Mei, que ha tocado mucho en Buenos Aires, o en Grygory Sokolov, o en Vlado Perlemuter. Chopin era loco por Bach y tenía gran admiración por la música barroca en general, tocaba Bach todos los días, y cuando se fue a las Baleares la única partitura que llevó consigo fueron los Preludios y Fugas de Bach. Uno no reconoce lo fácilmente en la música de Chopin, sino que son lazos subterráneos, de una profundidad mayor.
P.: ¿Qué proyecta para el 2011?
A. T.: Este mes sale en Europa un disco con 18 sonatas de Scarlatti que grabé en septiembre del año pasado.
P.: ¿Continúa con su costumbre de estudiar fuera de casa?
A. T.: Sí, es una buena manera de encontrar un equilibrio.
Entrevista de Margarita Pollini


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