Un artista fecundo y controvertido

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Facundo Cabral fue un personaje controvertido, a quien costaba creerle la totalidad de sus anécdotas; anécdotas que a medida que pasaron los años fueron construyendo un personaje en el que era prácticamente imposible distinguir realidad de imaginación. Y esta muerte violenta, absurda, con contenidos mafiosos, con una cinematográfica balacera a manos de delincuentes guatemaltecos que lo abordaron cuando viajaba hacia el aeropuerto La Aurora, no hace sino poner un manto misterioso más a una vida cargada de enigmas.

Había nacido en La Plata el 22 de mayo de 1937, conoció a su padre siendo un hombre grande, perdió a su esposa y a una pequeña hija en un accidente aéreo en los Estados Unidos y tuvo en su madre y en un puñado de amigos a sus sostenes afectivos; anduvo por muchos lugares del mundo -decía haber visitado más de 150 países-; movió y emocionó a multitudes en los sitios más remotos, grabó y vendió miles de discos.

Cabral arrancó su historia profesional a fines de la década del 50, emulando a sus admirados Atahualpa Yupanqui y José Larralde; y, en rigor, la milonga rural fue siempre su punto musical de referencia. Vivió unos años en Tandil y otros en Mar del Plata. Se rebautizó El indio Gasparino. Y cuando en los años 70 escribió y grabó «No soy de aquí ni soy de allá» (una canción que hasta tuvo su lugar en la serie «Los Simpson»), su figura explotó popularmente. Desde el punto de vista de la composición, estrictamente hablando, su obra no es muy amplia, al menos si se lo considera en términos de repercusión pública; de su lista de temas podríamos recordar titulos como «Corre, corre Jesús», «Entre pobres yo nací», «Dice el gaucho de la pampa», «Vuele bajo» y pocos más.

Pero su carrera como cantautor/profeta/recitador/ monologuista/ contador de historias más o menos reales, lo puso muchas veces en la cresta de la ola, al punto que hasta le alcanzó para llenar una cancha de Ferro en sus recordados «Ferrocabral» de 1984. Se mostró siempre como seguidor y admirador de figuras como Gandhi, Jesucristo, la Madre Teresa de Calcuta (a quien conoció personalmente), Jorge Luis Borges o Astor Piazzolla.

Vivió en México y en República Dominicana. Trabajó en gira internacional y grabó un disco haciendo una suerte de dúo con Alberto Cortez -que oportunamente se truncó por un problema de su salud del pampeano-. Fue nombrado ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires y Mensajero de la paz de la Unesco; alguien lo propuso también alguna vez para el Nobel. Dijo haber haber conocido y confraternizado con reyes y mendigos. Escribió y publicó varios libros. Y en sus últimos años -en los que cada vez cantaba menos y hablaba más sobre los escenarios- tuvo su cama en un apart hotel de 4 estrellas del barrio de Retiro, desayunó y pasó muchas tardes en el bar La Biela de Recoleta y peleó contra un cáncer de páncreas que lo tenía muy complicado.

Eso, sin embargo, no le impidió hacer gala pública de su optimismo ni seguir trabajando: hace muy poco había hecho un ciclo en el teatro ND/Ateneo de Buenos Aires con relativa convocatoria, y el asesinato lo encontró en medio de una tourné centroamericana. Personaje de Buenos Aires, aunque haya nacido y vivido muchas veces fuera de la ciudad. Bohemio de una raza que quedó en el pasado. Artista tocado por la varita mágica de la seducción popular. Hombre que terminó teniendo una muerte que, si no fuera tristemente cierta, podría suponerse como producto de su frondosa imaginación.

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