- ámbito
- Edición Impresa
Una orden de matar así daña cualquier biografía
Margaret Thatcher se paseó en las Islas Malvinas después de la guerra. En este caso, supervisando una zona minada.
En su propio país reinaba ayer la memoria cruzada. Mientras los kelpers (una obviedad) tuiteaban lagrimeantes: "Descansa en paz Maggie. Por siempre agradecidos", olvidando los recortes presupuestarios que la señora les propinó antes que la guerra con los argentinos los volviera a poner en el centro de la escena, los mineros, sometidos casi al hambre por Thatcher, en medio de la huelga de un año que terminó en 1985, eran la contracara entre los británicos: "Estoy contento que viví más que ella. Hoy es un gran día para todos los mineros. Imagino que haremos una contra-marcha el día de su funeral", la despidió David Hopper, secretario general de la Asociación Mineros de Durham.
El elogio de su figura en boca del canciller David Cameron ("No sólo gobernó Gran Bretaña, salvó a Gran Bretaña") revela lo que significó la Guerra de Malvinas para el declinante Gobierno inglés de 1982. Hundida Gran Bretaña en la severa crisis económica, el Gobierno conservador inaugurado en 1979 navegaba sin rumbo. La Armada de ese país, además, afrontaba un proceso de desmantelamiento de flotas en todo el mundo también por razones económicas. El Gobierno militar argentino había reflotado la hipótesis de la invasión de las islas como forma de salvar también un Gobierno acosado por la crisis política de aquella dictadura, las dificultades económicas y las crecientes acusaciones por delitos cometidos en la represión clandestina de las guerrillas. ¿Supo acaso sobre ese plan el Gobierno de Londres? Cuando se terminen de desclasificar los documentos aún secretos de aquel momento se aclarará por qué Londres autorizó el desmantelamiento de la pesquera de Georgias al contratista argentino Constantino Davidoff. Sabía que ese emprendimiento se haría usando un transporte de guerra operado por marinos argentinos.
Ese oscuro contrato fue una tentación para las dos partes: para Leopoldo Fortunato Galtieri, la oportunidad de plantar un grupo reivindicativo de la soberanía en las islas ocupadas con comandos de guerra que encenderían el conflicto. Para Londres, la oportunidad de precipitar lo mismo también en beneficio de salvar un Gobierno con el cruel recurso de poner a un país en guerra.
Si ese chispazo fue fruto de una doble provocación en la cual las partes colaboraron para que todo fuera peor algo usual en las mentes autoritarias más lo fue la orden de hundir el Belgrano. Esa atrocidad ocurrió cuando avanzaba en Nueva York una fórmula ofrecida por el presidente del Perú, Fernando Belaunde Terry, para congelar la guerra y plantar tres banderas en las islas, la Argentina, la británica y la de las Naciones Unidas. Quizás porque ése era el objetivo del gobierno argentino, que sabía de las dificultades de enfrentar con conscriptos y un armamento provisorio a una potencia nuclear con el apoyo de la NATO y de Estados Unidos, Thatcher obró como lo hizo. Las dificultades de las fuerzas de ocupación inglesas era crecientes por la logística, el clima y también por el empeño heroico de quienes defendían las islas. El favor de ese acuerdo podía frenar la guerra en el peor momento para los ingleses y eso precipitó una orden que extrañó a los propios comandos militares. Los actos de los hombres y las mujeres en situación de presión como es una guerra se componen de lógica, pasión, psicología y estrategia. Pero si no hay tribunal para justificar lo que habían hecho los militares argentinos embarcar al país en una guerra usando una bandera que viene desde el fondo de los tiempor y une a todos los argentinos tampoco hay tribunal para perdonar a la Thatcher, que ya ha sido condenada por la historia.


Dejá tu comentario