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Ute Lemper: seducción y bellas canciones
En «El último tango en Berlín», Ute Lemper juega teatralmente con su seducción, e interpreta una larga lista de canciones, que alcanzan su mayor vuelo en las piezas alemanas.
Ute Lemper puede pasar de las tradicionales piezas de cabaret de Kurt Weill y Bertolt Brecht a las composiciones de Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. De la «Ópera de tres centavos» a la película que hizo internacionalmente popular a Liza Minelli. De su materno idioma germánico al francés, el inglés -con el que se relaciona con el público y propone un diálogo, un poco armado y otro poco espontáneo- o el castellano con el que encuentra mayor dificultad. De alguna pieza que hizo parte del repertorio de Edith Piaf a los poemas de amor de Pablo Neruda, también en diversos idiomas, con musicalizaciones y adaptaciones que hizo ella misma junto al bandoneonista argentino Marcelo Nisinman.
Sin duda una multifacética artista, que se volvió internacional viviendo en los Estados Unidos, que pasó por el teatro y el cine y finalmente siempre recala en la música, y que ha venido montones de veces a nuestro país con el que ha establecido una fuerte conexión cultural.
«El último tango en Berlín», espectáculo que está mostrando en distintos lugares del mundo y que acaba de pasar por Buenos Aires (en un Gran Rex que mostró muchos claros y antes de actuar también en Córdoba y Rosario) es justamente un poco de todas esas Ute Lemper a la que nos referimos al principio. Su estilo no cede mayor espacio al show y apenas se permite jugar teatralmente con la seducción de su figura y su vestuario o desparramándose en gesto sugerente sobre la tapa del piano. Lo demás es un listado muy largo de canciones en más de dos horas ininterrumpidas, con sus puntos culminantes en las piezas alemanas. Allí, finalmente, Lemper alcanza un vuelo que la hace muy especial. Pero claro, mujer de mundo al fin, es muy buena cuando pasa por el blues y canta en inglés o imita el sonido de una trompeta, cuando canta en francés como si fuera su lenga materna, o cuando aborda pintorescamente «Che tango Che» o la canción central de la operita «María de Buenos Aires», de Piazzolla y Ferrer. Y demuestra un interesante proceso de búsqueda en nuevos textos y nuevos sentimientos cuando convierte en canción, con atrevimiento y respeto, siete poemas de Pablo Neruda.
La artista alemana tuvo aquí, como en otros puntos de su gira, apenas dos acompañantes instrumentales, pero ambos igualmente valiosos y necesarios. El pianista berlinés Vana Gierig es el más «cabaretero» y el mejor respaldo para esas canciones de entre guerras. El bandoneonista Nisinman -un argentino que vive desde hace mucho tiempo en Suiza, y que ha hecho una sólida carrera en Europa- pone el toque rioplatense, tanguero, «mugriento» y tiene un momento muy destacado en su solo de «Adios Nonino». Como único detalle, es una pena que el contacto con el público sea esencialmente en inglés, porque lo que va diciendo Lemper entre canción y canción no es una simple presentación de los temas o de sus músicos; es una introducción dramática, un generador de climas, que colabora con lo que se está escuchando y que una parte del público lamentablemente se pierde.


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