Verdi inusual y “maldito”: estrenan su segunda ópera

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En calidad de estreno en la ciudad de Buenos Aires, el Ensamble Lírico Orquestal con dirección general de Gustavo Codina está presentando en el Teatro del Globo (Marcelo T. de Alvear 1155) toda una rareza: la ópera «Un giorno di regno», segunda de las compuestas por Giuseppe Verdi. Con más funciones los domingos 5 y 12 de agosto a las 18 y el jueves 9 a las 20.30, la producción cuenta con dos responsables de excepción, ambos cantantes destacados de la misma generación: Dante Ranieri en dirección musical y Oscar Grassi en puesta en escena. El elenco está conformado por Ricardo Crampton, Fernando Grassi, María José Dulín, Cecilia Layseca, Leonardo Pastore y Fernando Santiago, entre otros, junto al Coral Ensamble y la Orquesta de esta Asociación. La escenografía es de Daniel Feijóo.

Basada en un libreto de Felice Romani, «Un giorno di regno» fue estrenada en 1840, a poco de su debut en la composición operística con «Oberto, conde di San Bonifacio», y el trabajo coincidió con un período triste de la vida de Verdi en el que fallecieron su esposa y sus dos hijos. El argumento gira en torno a un caballero que se hace pasar por el rey Estanislao de Polonia y los enredos sentimentales y políticos que ocasiona la impostura. El estreno fue un fracaso estrepitoso, y la ópera bajó de cartel luego de la primera función en el Teatro Alla Scala de Milán. Dialogamos con Ranieri, tenor, repertorista y director de orquesta:

Periodista: Habitualmente se atribuye el fracaso de esta ópera al período por el que atravesaba Verdi durante su composición. ¿Qué opina de esta idea?

Dante Ranieri: El fracaso se debió a varias cosas, una es ésta, y otra es que en ese momento Verdi era un desconocido. Si «Un giorno di regno» se hubiera estrenado después de «Rigoletto», habría sido un éxito. Lo que pasa es que él estaba en una época muy triste y no podía escribir una ópera cómica. De hecho nunca lo hizo; en «Falstaff», lo cómico es el argumento, pero la música de cómico no tiene nada. Para mí tanto esa ópera como ésta son dramas jocosos, como «Don Giovanni». Otra razón es que siendo una obra juvenil se notan algunos baches, lo que revela que Verdi no tenía demasiado desarrollado el sentido teatral.

P.: ¿Por ejemplo?

D.R.: Empieza con un coro, los dos bajos, tenor y barítono, todos los hombres juntos, y después viene el aria de una soprano y el aria de la otra soprano. Eso más adelante Verdi no lo habría hecho. Pero al margen de algunos fragmentos ingenuos, toda la garra de él y todo su romanticismo están ahí. Tiene momentos bellísimos, colosales.

P.: ¿Cuál había sido su contacto previo con «Un giorno di regno»?

D.R.: La había dirigido completa hace muchos años en el Teatro Roma de Avellaneda, con Susana Cardonnet al piano, que era casi una orquesta, y mis alumnos. Este tipo de obras son tan poco tocadas que el director tiene que traducirlas, meterse en el espíritu de la obra para saber qué es lo que Verdi quería o sugería. Nuestra versión tiene unos cambios rítmicos notables respecto de la grabación de Lamberto Gardelli (nota: 1973), que cuenta con una de las mejores orquestas del mundo pero que tiene un grave error en la elección de los cantantes. Aquí tenemos un elenco óptimo, de artistas que tampoco figuran en las temporadas de las compañías independientes, salvo excepciones.

P.: Va a compartir además la responsabilidad con un colega suyo.

D.R.: Oscar Grassi es como un hermano, cuando me lo dijeron me encantó. Hay buena química en los ensayos entre todos, lo pasamos bien.

P.: ¿Qué significado tiene para usted la obra de Verdi?

D.R.: Verdi es mi abuelo, al menos yo lo adopté. Creo que es el más grande compositor de ópera, superior a todos, inclusive a Wagner a quien admiro, pero la vena melódica y el poder de síntesis son incomparables. Con la melodía del quinteto de esta ópera, por ejemplo, Wagner habría hecho una hora y media de música. «Tristán e Isolda» a mí me deja paralizado, pero es otro estilo. Cuando Gustavo Codina me ofreció hacer una ópera que no tuviera mucha orquesta, yo propuse la única obra de Verdi que tiene recitativos con clave. Y como heredera de la tradición del bel canto, que a su vez lo es del barroco, es una obra abierta a ornamentaciones, sobre todo cuando se hacen los «da capi». Yo hago uno sólo, el aria del tenor, porque creo que es el momento más verdiano de la obra, pero Gardelli hace todos exactamente igual, algo que en la época no existía. Mucha gente dirá «Qué está haciendo el loco éste», pero yo estoy muy satisfecho, y creo que Verdi lo va a estar también, o por lo menos no se va a volver loco.

Entrevista de Margarita Pollini

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