“Yo soy un judío argentino, no neoyorquino ni israelí”

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Un grupo de amigos cae casualmente, en medio de una distendida charla de bar, en una necrológica insólita que esconde la historia de la persistente búsqueda de un hombre por casarse con una mujer 30 años menor que él. Marcelo Birmajer parte de medio siglo atrás para avanzar en una curiosa historia romántica en el mundo de los argentinos sefardíes que viven en el barrio del Once. Birmajer ha publicado entre otros libros «Un crimen secundario», «El alma del diablo», «Historias de hombres casados», y diversas obras de literatura juvenil. Es coautor del guión de la película «El abrazo partido». Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué quiso contar en «El club de las Necrológicas», novela con título de relato gótico o novela policial inglesa?

Marcelo Birmajer: Una novela de amor. Creo que nunca había contado una historia de amor con esas características, de un modo clásico, sin sordidez, casi melodramática.

P.: Aunque el curioso amor del personaje esté rodeado de muertes.

M.B.: De muertes, pero no de sordidez. La de Genaro y Fernanda es una historia de amor atravesada por la historia argentina, y que atraviesa una parte de la historia argentina. Nuestra historia está llena de muertes insensatas, como las que incidentalmente ocurren en la novela, y la que da comienzo al relato. En la Argentina, para mí, las muertes políticas muchas veces se parecen a las muertes por amor, porque son insensatas, no con el sentido de mejorar la vida de los otros, sino por dar la vida propia por algo más poderoso que la propia vida. Yo he escuchado varias veces que uno puede dar la vida por cualquier cosa, por amor, por una causa, por mejorar la vida de los demás aunque no se le mejore la vida a nadie. Perder la vida es fácil, lo difícil es vivir.

P.: Además de una historia que usted señala como romántica, es una historia de intrigas.

M.B.: Creo que no he escrito nada que no tenga intrigas. Es tal mi apetito por el lector, tal mi necesidad de ser atendido, de ser leído, de que la persona no se separe del libro que a todo lo que escribo le agrego un porcentaje de suspenso. Siempre tengo el funcionamiento de un policial, se trate de una novela de amor, de política, de espías o de una para chicos.

P.: ¿Cuál fue el punto de partida para ésta novela?

M.B.: Un grupo de amigos se reúnen todos los domingos en un bar de Recoleta a leer necrológicas. Es un hábito que empieza por casualidad. Un domingo leen una necrológica que les llama mucho la atención. Una madre despidiéndose de sus dos hijas en un aviso con la estrella de David. Uno de esos domingos, esa necrológica que aparecía todos los meses, desaparece; y al domingo siguiente las hijas muertas le contestan. Ese es el comienzo, y el desarrollo es una investigación que lleva por una historia de amor entre un hombre que le lleva 30 años a una mujer. Por esa historia de amor se atraviesan lateralmente 30 años de historia argentina. Y es una historia de amor, no es una historia sexual, ni sentimental, ni de conveniencia, ni psicológica, de eso que sea el amor trata mi novela.

P.: La chica adolescente comienza escapando del cuarentón que va a pedir su mano.

M.B.: Escapa hasta que se vuelve adulta. Los padres la quieren casar a toda costa como en una historia medieval. Se desarrolla en un universo sefardí, y tiene eso sefarad que nos recuerda la Edad Media, quizá porque en ese momento se disgregó Sefarad porque fueron expulsados. Y los padres la quieren casar con el hombre rico del pueblo, y ella se escapa, y después se resigna, y luego de resignarse se enamora.

P.:¿Por qué instaló la historia no en el universo de los askenazíes, que es habitual en sus relatos, sino entre los sefardíes?

M.B.: Diría que por cansancio, por ansias de innovación, pero la verdad que ese cuarto de mi persona apareció haciendo eclosión, me atrapó y me dedique a narrar ese cuarto que está en mi sangre y que no había narrado nunca antes. Puede sonar romántico o prosaico, pero es la verdad. Acaso por eso en esta novela juegan las comidas, las comidas tradicionales, como no habían jugado nunca antes. Antes aparecía el whisky, y sólo eso. En ésta aparecen las comidas como si fuera Laura Esquivel, y no tengo ninguna pretensión de serlo. Y aquí hay lasmashín, kipe, murrak, bureka, las hojas de parra, que conozco muy bien porque son una de mis comidas favoritas. Además, en esta novela, hice algo que tampoco había hecho antes, poner la genealogía de los personajes, porque sus parientes, sus abuelos, sus padres, juegan un rol protagónico. En eso soy un principiante. Creo que hay algo de la novelística de García Márquez, que es tan alejado de lo que escribo habitualmente.

P.: ¿No cree que hay en ese trazado de la genealogía de los protagonistas una influencia de la narrativa centroeuropea?

M.B.: Si uno se fija, «El amor en los tiempos de cólera» es una novela más centroeuropea que latinoamericana, es muy distinta a «Cien años de soledad», es un novelón, un melodrama. En lo centroeuropeo creo haber tomado tanto de Sandor Maraï como de Joseph Roth. Lo más evidente, y perdón por estar mezclando tantas influencias, es con «Madame Bovary» y «Anna Karenina» en lo que hace al melodrama de amor.

P.: ¿Y no tiene que ver más claramente con que haya venido escribiendo tres libros de «Historias de hombres casados»?

M.B.: Esta es la cuenta pendiente que tenía con esas historias. Escribir una historia donde lo paralelo al matrimonio no fuera lo protagónico, sino la historia de amor en sí. En esta novela, los personajes tienen como sustancia su amor y no los amores que los rodean, aunque luego sobrevenga la tragedia como en cualquier historia de amor.

P.: ¿Cree que hoy en Buenos Aires existe un grupo de escritores de raíces judías que cuentan historias protagonizadas por personas judeo argentinas que recuerdan a los que forman uno de los grupos más famosos de intelectuales de Nueva York?

M.B.: Es así, y sin modestia me considero un precursor. Empecé a tratar el tema muy temprano, teniendo como raíces Philip Roth, Iaac Bashevis Singer, incluso con el humor de Woody Allen. No le tuve miedo de hacer una literatura desde el punto de vista judeo argentino. Creo que puedo considerarme un precursor desde esta perspectiva, tal vez me estoy envaneciendo demasiado, pero no puedo dejar de considerarlo. Mi primer libro que trata del mundo del Once, «El alma del diablo», es de 1994. Fue el primer libro juvenil argentino, y acaso latinoamericano, que trataba la temática judía.

P.: ¿En que medida influyó en su escritura el éxito alcanzado con «El abrazo partido»?

M.B.: Burman me trajo el proyecto de esa película porque había leído mis libros sobre el Once. Eso lo motoriza a empezar a ocuparse del barrio. El efecto más radical que tuvo en mí fue que «The New York Times», por «El abrazo partido» me entrevistó, y ahí ponen que mis raíces son Roth y Singer, algo que le llama la atención al periodista porque lo considera algo inusual en los escritores argentinos. Y no es que eso haya marcado mi temática, porque mi temática era previa a «El abrazo partido», pero sí la consolidó. No me podría imaginar escribiendo algún libro que no esté cruzado al mismo tiempo por lo argentino, yo soy un judío argentino, no un judío neoyorquino, ni israelí. Soy un judío argentino y un argentino judío y esas dos realidades no se separan, se realimentan.

P.: Después de la experiencia cinematográfica con Burman, ¿tiene algún otro proyecto con él?

M.B.: Siempre estoy tras algún proyecto para cine, no siempre se concreta. Hice la primera versión del guión de «Dos hermanos», la otra película de Daniel Burman. Hice con Sebastián Ortega el guión de «Bonavena», que trabajamos con Sorin durante un año y no se concretó. Contaba la vida de Ringo, lo escribimos, Rodrigo de la Serna se entrenó, tomo anabólicos, y ahí quedó. Todos los años escribo por lo menos dos guiones los cuales me los pagan, firmo derechos de autor, voy a Argentores, y no se hace la película, más de eso no puedo decir. es el mundo del cine, por suerte las novelas se publican.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.B.: Acabo de publicar «El suplente», una novela juvenil de terror, parece que las novelas a veces las publico de a dos.

Entrevista de Máximo Soto

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