El fin de semana, el Teatro Colón reabrió después de más de un año para albergar, con 13 conciertos consecutivos, el mayor homenaje musical que se le haya tributado en el país al genio de Astor Piazzolla, cuyo centenario se celebrará el jueves de esta semana. Sin embargo, la alegría del acontecimiento choca con la inevitable realidad. Los “estrictos protocolos” aplicados a las salas convencionales de teatro, en el caso del Colón adquieren, quizá por sus dimensiones, por su historia, por su tradición, un aura de ciencia ficción. Protocolos necesarios, desde luego, pero que en la práctica son lo mismo que bailar un tango con la pareja a un metro y medio y amordazados ambos. Aún cuando la sala, al ingresar, estuviera iluminada “a giorno” como en los buenos tiempos, su resplandor parecía mortecino. Y hasta se habla en voz más baja, y no sólo por el tapabocas.
Amelita Baltar le dio luz a la noche piazzolleana
El sábado actuó el Proyecto Eléctrico, con Horacio Romo en bandoneón y Pablo Agri en violín.
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Amelita Baltar. Tres temas de Piazzolla y Ferrer, a pura emoción.
El primer puesto de control está apenas traspuesta la entrada de la calle Libertad: las filas, el alcohol, el control de la fiebre, la entrega de la declaración jurada. Los ojos de los conocidos, que se veían en el foyer después de un año, entrecruzaban miradas indefinibles, con “ese qué sé yo, viste” que Horacio Ferrer le atribuía a las tardecitas de la Buenos Aires prepandemia, y que ahora se ha extendido a toda el alma, con medio melón en la cabeza y un barbijo en la boca.
El espléndido programa de mano de 126 páginas es inmaterial: el corononavirus lo ha vuelto digital, y sólo puede accederse a él a través del código QR del celular, y allí descargarlo. También en el teléfono están digitalizadas las entradas con la ubicación en la sala, cuyas plateas están rigurosamente racionadas. Se ven, por ejemplo, tiras plásticas de clausura de hasta seis butacas seguidas, luego dos habilitadas, luego otras seis. Antes de comenzar el espectáculo se anuncia por los altoparlantes, además del habitual recordatorio bilingüe que ordena apagar el celular (lo que impedirá echarle una ojeada al orden del programa que se acaba de bajar) y la prohibición de tomar fotos y videos, las nuevas indicaciones específicas para la pandemia en cuanto a movimientos (al terminar, hay que esperar que ordenadamente autoricen a salir a cada fila, desde el fondo hacia adelante), y la prohibición estricta de quitarse el barbijo hasta para comer una pastilla (los únicos privilegiados son los cines, donde se permite consumir pochoclo), o, lo más triste, para pararse y gritar ¡Bravo! a toda voz cuando la emoción te come el pecho después de “Adiós Nonino”, y la vigilante que está en el pasillo lateral, observándote, te ordena cubrirte. Los protocolos son necesarios, es indiscutible, pero tango y profilaxis severa no forman buena pareja.
Por fortuna, la música hace olvidar por una hora y media esta rara porteña soledad de hace un año. La noche del sábado fue gloriosa. Al comenzar, Daniel “Pipi” Piazzolla, nieto de Astor e integrante fundador del grupo Escalandrum, señaló con un dedo desde el escenario, antes del inicio del concierto, el palco que había ocupado con su familia cuando su abuelo tocó en 1983, luego de la asunción de Raúl Alfonsín, “y después me firmó el programa”, dijo riendo. Y emocionado. Y luego presentó a los músicos que tocarían esa noche, el “Proyecto Eléctrico” reunido ad hoc para homenajear al famoso Octeto Electrónico de Piazzolla, formación de mediados de los 70, gracias a la cual su música entró en Europa y en el mundo. El baterista Luis Ceravolo, que estuvo anteanoche, era el único integrante original de ese conjunto que grabó “Olympia 77”, un “disco que yo escuché centenares de veces” dijo Pipi Piazzolla, “porque era el único cassette que mi abuelo llevaba en el auto”.
A señalar, entre los magníficos músicos de anteanoche, el bandoneonista Horacio Romo y el violinista Pablo Agri, hijo del recordado Antonio Agri, cuyo entendimiento, miradas cómplices y choques de puño como saludos recordaban la comunicación en escena del mismo Piazzolla con Fernando Suárez Paz. Una mística que sobrevoló y se instaló en el Colón, pese a los estrictos protocolos. Además de ellos y Ceravolo, el Octeto se completó con los igualmente notables Nicolás Guerschberg en piano, Matías Méndez en bajo eléctrico, Esteban Sehinkman en sintetizadores, Lucio Balduini en guitarra eléctrica, y Marina Calzado Linage en percusión. Como invitada, la brillante saxofonista Yamile Burich se unió con el bandoneón de Romo para reinterpretar los “Años de soledad” que el “Gato” Piazzolla hacía con Gerry Mulligan.
La joven cantante Paula Maffia hizo “Vuelvo al sur”, el tema que Piazzolla compuso para la película de Pino Solanas “Sur” y que interpretaba, con su voz metafísicamente aguardentosa, el Polaco Goyeneche (imposible sustituir esa versión), pero luego llegó el clímax, los momentos en que el corazón se estruja tras el barbijo: Amelita Baltar, la única e irremplazable Amelita, trajo “Chiquilín de Bachín”, y “Balada para mi muerte”, y la “Balada para un loco”. Y todo estuvo justificado, y todo lo demás fue silencio.




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