«Los ángeles de Charlie» («Charlie's Angels», EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: McG. Int.: Drew Barrymore, Cameron Díaz, Lucy Liu, Bill Murray, Sam Rockwell y otros. Un negro voluminoso, en la primera clase de un avión, le comenta aburrido a su nervioso vecino de asiento antes de que empiece la película en el vuelo: «Uf, mire lo que van a dar, de nuevo otra película basada en una serie de televisión vieja. ¡Siempre lo mismo!». La decisión de iniciar «Los ángeles de Charlie» con una autoparodia no es circunstancial: el tono de la película nunca deja de ser irónico, ligero y chispeante.
Los actores parecen haberse divertido mucho filmándola (se incluye, con los créditos finales, una buena selección de bloopers de rodaje), y en ningún momento se advierte, como suele ocurrir con otras de esas «remakes» para el cine a las que aluden al principio, la menor intención de rivalizar o tornar más grave la serie de los 70.
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Por supuesto, este renacimiento para la pantalla grande de «Los ángeles de Charlie» es tan vaporosa como insustancial, pero sumamente entretenida. Vertiginosamente entretenida por momentos y ya desde su espectacular primera escena a lo James Bond: el espectador sabrá de inmediato que el negro, en realidad, no es lo que parece ser, que el pasajero nervioso está viajando con una bomba, y que cuando se trencen en vuelo se producirá una increíble escena de salto y rescate.
La dirección de McG (más que un enigma o un anónimo, se trata de la firma más o menos snob que utiliza un director de videos y comerciales que ahora debuta en cine) le imprime al film casi la misma espectacularidad de «Misión imposible», aunque sin su densidad argumental: jamás deja de ser un soufflé «fashion».
Los nuevos ángeles, aunque generosamente filmados, son realmente angelicales (sí, le falta un poco de sexo a la película, resultado de la evidente intención de hacerla apta para todo público). A Drew Barrymore le toca, en todo caso, la parte más «osada» del film por las situaciones que tiene que atravesar, a Lucy Liu la de la intrigante oriental, y a Cameron Díaz le sobran un poco las sonrisas, pero siempre está en papel y realmente es simpática.
En ese terreno Bill Murray, en el papel de Bosley (el teniente-contacto entre el enigmático Charlie y sus ángeles), juega con la enorme ventaja de su veteranía y oficio, y cada una de sus intervenciones son desopilantes. Hasta se vuelve deseable que su personaje hubiese estado más desarrollado y con situaciones de más figuración.
El argumento, naturalmente, es nimio: los ángeles tienen que socorrer a un magnate de la computación que ha sido secuestrado, aunque en el curso de las investigaciones los hechos se muestran exactamente al revés de lo que parecían (el personaje supone por supuesto, un comentario irónico hacia la figura de Bill Gates). El papel de los villanos no es todo lo convincente que reclamaba Hitchcock, pero ésta no es una película de Hitchcock y nadie lo pensó así. Es una hora y media de bellas mujeres, tiros, efectos especiales y humor, que funciona muy bien. Legítimo esparcimiento, aunque usted se la olvide apenas abandone el cine.
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