El mercado de lo invisible y el orgullo de comprarse un buzón

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Lo que Fontanarrosa imaginó en su cuento "Isidro Babel, creador del ausentismo" se volvió real: ahora hasta apareció un "artista" estadounidense que demanda por plagio al italiano.

¿A cuánto cotiza hoy la nada en el mercado del arte? De acuerdo con una venta reciente en Milán, 15.000 euros (unos 3 millones de pesos al cambio blue). Ese fue el precio que pagó el feliz comprador de “Io sono” (“Yo soy”: no se aclara qué cosa es), obra “inmaterial” del artista sardo Salvatore Garau, quien a falta de cualquier sustancia sólida entregó al comprador, a través de la galería Art Rite, un certificado de autenticidad y algunas instrucciones para colgar la obra en el hogar: debe ser en una habitación libre de obstáculos y con una dimensión de 1,5 m. x 1,5 m., porque no es cuestión de andarse con chiquitas: la nada permite dimensiones generosas y gastos nulos en óleos y lienzos.

En los remotos tiempos del correo en papel, había gente que compraba buzones con la ingenua esperanza de cobrar un porcentaje por cada carta despachada. Sin embargo, a diferencia del comprador de “Io sono”, lo menos que querían esos pobres incautos tras advertir la estafa en la que habían caído era publicitarla urbi et orbi. Hoy eso ha cambiado: la nueva forma del orgullo en el siglo XXI es comprarse un buzón y proclamarlo a los cuatro vientos. Es “arte conceptual”: se paga por el “concepto” de vacío y por una obra que, quizá, no requiera un costo adicional en seguros, aunque nunca se sabe. Tan alta es hoy la inseguridad que hasta la nada misma corre peligro.

Ya no se trata siquiera de una obra totalmente blanca o negra como las que pintaba el padre del suprematismo, el ruso Kazimir Malevich, en 1918 (cuando en el mundo hacía estragos la fiebre española), una corriente artística que la francesa Yasmina Reza parodió en su obra de teatro “Art”. Tampoco, aunque se le asemeje bastante, es lo mismo que las obras “no fungibles” digitales que se han puesto de moda en los últimos meses, creaciones sólo de píxeles en la pantalla de una computadora por las que se pagan millonadas. Esto es más radical: es la nada misma. Es la venta de un “concepto”.

Y ese “concepto de vacío” fue exactamente lo que Roberto Fontanarrosa imaginó en el cuento de humor “Isidro Babel, creador del ausentismo”, donde un pintor de ese nombre creaba en 1935, en la rive gauche de París, una obra inexistente, inmaterial: “Babel explicó durante casi dos horas los principios básicos de su filosofía artística, el ‘ausentismo’, la ausencia total de la obra. Juan Gris, por mencionar a uno de los notables más disconformes, lo interrumpió en un momento arrojándole un vaso de vino blanco, que le acertó en una ceja. Años más tarde, Babel definiría esa acción como un hecho artístico de notable relevancia. Porque se le hinchó bastante”. (“Te digo más y otros cuentos”, Planeta, 2001).

Deberían ser entonces los herederos del gran humorista rosarino quienes le entablaran un juicio por plagio a Garau y no el performer estadounidense Tom Miller, quien la semana pasada amenazó con querellar al italiano por copiar su idea de una obra invisible. Y esto ocurrió de verdad y no en la imaginación literaria de un humorista: el tal Miller, presuntamente envidioso de lo que había cobrado el italiano, reclamó que se le reconociera la propiedad intelectual del concepto ya que en 2016 realizó la instalación “Nothing”, y para hacerlo puso más esfuerzo que Garau: hasta empleó a varios musculosos que movieron bloques de nada, como si construyeran una pirámide, y filmó un cortometraje sobre la construcción de la “obra” que exhibió en varios festivales europeos.

Pero a Garau parece no inquietarle la bravuconada de Miller: él sigue embelleciendo al mundo con su nada. En la Piazza de la Scala, en Milán, instaló en febrero una obra a la que llamó “Buda en contemplación” a la que, por supuesto, nadie puede ver porque no hay nada (sólo un recuadro de tiza que marca el lugar donde se levanta). Y anuncia una “Afrodita” en Wall Street y otras cinco esculturas inmateriales en otras capitales del mundo.

¿Qué cabe esperar ahora? Quizá la primera novela inmaterial, la primera obra de teatro sin texto, actores ni escenario; la primera película sin película y tantas otras obras puramente conceptuales. Atención, artistas: no hay quedarse dormidos y saltar a la fama cuanto antes. La música ya tiene esa obra: en 1952, John Cage estrenó “4’ 33’’”. una composición en la que una pequeña orquesta debe quedar muda durante el tiempo indicado en el título mientras el público guarda respetuoso silencio. Lo que quería demostrar Cage es que ese silencio no existe, que siempre hay toses, pequeños movimientos de sillas, celofanes de caramelos que se abren. Garau fue más extremista: en una pintura inmaterial nadie tose, salvo en el living del dueño.

Presumiblemente, también en el arte la fe consista en creer en aquello que no se ve, pero de allí a comprarlo por 15.000 euros parece excesivo hasta para los creyentes.

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