20 de enero 2001 - 00:00
Arthur Laurents: un famoso en sombras revela secretos
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Laurents era «de izquierda». Rechazó colaborar en la «caza de brujas» y entró en la lista negra del maccarthismo. Al no poder trabajar en Hollywood, se mudó a Europa, donde escribió una obra teatral, «The time of the cuckoo», adaptada al cine en 1955 por David Lean como la inolvidable «Summertime», con Katharine Hepburn y Rossano Brazzi. En 1965, el propio Laurents transformaría «Summertime» en el musical «Do I hear a Waltz», con canciones de Richard Rodgers y (esta vez solo) Sodheim. Y tiene muchísimas obras más.
La carrera de Laurents comenzó pronto y encontró mucha gente que después se haría célebre. Conoció a Lena Horne, para comenzar, cuando ella aún se llamaba Helena Horne. Con William Holden disputó una competencia para ver quién bebía más, en los tiempos en que los dos servían en el ejército. Y Laurents tuvo el privilegio de oír varias «salidas» de la escritora Dorothy Parker, entre ellas, aquella en el hall de un hotel de Nueva York, cuando el perrito de la escritora hizo pis en una columna, el gerente vio como había quedado el piso, y Dorothy se justificó diciendo: «Fui yo».
Cuando se fue a trabajar a Hollywood en 1947, lo invitaban a las mansiones de los magnates del cine; a Laurents le costó darse cuenta de dónde sacaban ese estilo de decoración que tenían y que sentía tan conocido. «Era de las casas inglesas según las diseñaban los escenógrafos de las películas de la Metro, la única diferencia era que la piscina ocupaba el lugar de los establos». Para un muchacho de Nueva York era una constatación terrible, todo era imitación, copia, incluso la vida real.
En Hollywood, Laurents jugó tenis con Charles Chaplin, fue uno de los habitués de las fiestas del director George Cukor y paseó en barco con Katharine Hepburn y Spencer Tracy (con Tracy pasado de whisky y Hepburn acomodando almohadas para él). Laurents quedó descolocado al descubrir que Spencer, tan amable y buena gente, era «de derecha», como Barbara Stanwick, John Wayne, Ginger Rogers y Ronald Reagan. Y, aun con toda su experiencia neoyorkina, quedó impresionado al ver, en una fiesta, a Humphrey Bogart dando mordidas a una copa de martini y, con la boca llena de sangre, desafiar a otros a hacer lo mismo.
El primer enamorado de Laurents en Hollywood fue el galán Farley Granger y los dos decidieron vivir juntos. Antes, ya estaba el precedente de Cary Grant y Randolph Scott, pero, en 1948, hombres conviviendo no era algo que se asumiera. Por eso, cuando salían de noche, los dos se hacían acompañar por amigas actrices: así, para todos, Laurents estaba «saliendo» con Geraldine Brooks y Farley con Shelley Winters. Geraldine sabía que Laurents era gay, pero la romántica Shelly creía que Farley estaba feliz con ella.
Antes de esto, Laurents había sido contratado por Hitchcock para escribir el guión de «Festín diabólico», protagonizado por Farley. Los tres muchachos de la película (los dos asesinos y la víctima) eran claramente homosexuales, pero, en las innumerables reuniones con Hitchcock en su estudio o en su casa, en ningún momento la palabra homosexualidad fue pronunciada con relación al film. Eso intrigaba a Laurents, porque según él, a Hitchcock le encantaba contar historias de homosexuales y hablaba de sexo todo el tiempo, no del de papá-mamá, limpio y tradicional, sino de las perversiones brutales de las mentes criminales.
A pesar de esos chistes y comentarios, para Laurents, Hitchcock era asexuado y su confesada fijación a las rubias de hielo no pasaba de mero marketing. Si Hitchcock tenía una pasión real, dice Laurents, era la cámara. Pero el trasfondo homosexual de «Festín diabólico» era tan fuerte para Hitchcock que los actores que quería eran Cary Grant en el papel del profesor y Montgomery Clift y Farley Granger como los asesinos, todos gays. Desgraciadamente Grant y Clift, por miedo a verse colocados en una vitrina distinta de la de siempre, rechazaron el papel y terminó el suave y asexuado James Stewart siendo el profesor, y John Dall haciendo de uno de los asesinos y el film se perdió allí.
No todo es malicioso en el libro de Arthur Laurents. En su larga vida a él le gustó mucha gente, como Lena Horne, Anita Ellis (la cantante que dobló a Rita Hayworth en todas las películas en que Rita «cantaba»), Sondheim, Mary (hija de Richard) Rodgers, Betsy Blair (mujer de Gene Kelly, que lo consideraba inseguro, vanidoso y egoísta), Judy Hollyday, Hitchcock. Pero lo bueno es cuando no le gusta alguien y, entonces, golpea desde abajo. Su juicio de colegas que señalaron gente durante el maccarthismo es implacable, y Laurents los conocía bien de antes y de durante los interrogatorios.
Cuanto mayor era su amistad anterior, mayor era el desprecio posterior por el informante. En el libro trata tranquilamente a Jerome Robins de canalla (a pesar de haber vuelto a trabajar con él), no perdona a Elia Kazan y deplora la conducta del actor Larry Parks, que era un candidato serio al estrellato en los dos films que protagonizó Al Jolson. Parks, dice Laurents, fue peor que muchos, porque intentó quedar bien con los dos lados; entregó gente en los interrogatorios reservados y luego quiso pasar por buen tipo negándose a hacerlo en la sesiones abiertas al público.
El libro tiene también pasajes punzantes, como los que cuentan la humillación a la que sublimes artistas de teatro se tenían que someter para atraer inversores. «West side story» entre otros, fue durante años apenas un sueño suyo y de Robbins, Bernstein y Sondheim. Ellos cuatro hicieron más de 30 lecturas (aun con música y el elenco entero cantando) para grupos de ricos potencialmente interesados, reunidos en elegantes departamentos de Nueva York. Y, a la media hora de lectura, ya sentían su platea distraída o desesperada por irse a cualquier lado. De hecho, era un argumento que nadie, en 1958, podía tener fe: ¿dónde se vio un musical --¡un musical!- lleno de puertorriqueños pobres en el cual tres personas morían a cuchillo y a tiros? Pero, si no hubiera sido así, no sería un musical de Arthur Laurents.




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