Empezó la segunda parte de «Gran hermano» y aunque se quiera enfatizar en innovaciones tan significativas como el cambio de color de las habitaciones y acolchados, el ternero Ramírez o los dos nuevos cachorros que terminan de conformar el zoológico, la principal diferencia con la primera edición está en que los participantes perdieron la vergüenza desde el primer minuto y que la producción intenta no tropezar dos veces con la misma piedra.
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Con respecto a los nuevos concursantes (todos «fashion», salvo un par de excepciones), queda claro que el casting apuntó a que fueran solteros y con ganas de hacer más que de hablar. Además, la excitación desenfrenada comenzó con los jóvenes desoyendo al conductor Mariano Peluffo, empeñado vanamente en dirigirlos, continuó con un «Gran hermano» que les intentó explicar las reglas de la casa mientras su voz era sistemáticamente ignorada y culminó con el participante Pablo -experto bailarín de música brasileña, apuntaba su biografía- al borde del coma alcohólico, vomitando el champagne que había estado tomando desde su ingreso a la casa (este toque de buen gusto sólo apareció por la transmisión paga de 24 horas en DirecTV).
En cuanto a los errores que la producción reparó en relación con la primera edición, esta vez el protagonismo del programa inaugural no le fue endilgado a Soledad Silveyra -aunque volvió a dejar perlitas para la posteridad sino que los bloopers del programa estuvieron a cargo del coconductor, Mariano Peluffo. Si hay algo que quedó claro es que Peluffo buscaba transmitir al público, tanto como a los participantes mientras los entrevistaba, que esta vez el sexo debería superar los remilgados intentos del primer ciclo. Ahora, claro, hay más competencia, y se vienen otros «reality» más claramente eróticos en otros canales.
«¿Venís a buscar a la casa a la madre de tus hijos?» «Hay mucha excitación, ojalá que se mantenga dentro de la casa», insistía el conductor con cada uno de los concursantes que iba llegando en el hermético auto, luego del aislamiento en un hotel de lujo. También hubo tonterías del tipo: «¿Tardás mucho en el baño?, mirá que son muchos para la convivencia». «Estamos a full con el merchandising, ya salieron las remeras de los participantes.» A una indisimulable cordobesa le preguntó también Peluffo: «¿De dónde sos?».
En cuanto a la performance de Soledad Silveyra -excedida en el tono de su maquillaje o en el grado de intensidad de la cama solar-, no faltaron las aclaraciones sobre la segunda parte, que «será diferente de la primera porque los participantes tienen alguna referencia, pero la cosa es cómo lo jugarán». No estaba del todo equivocada en relación con la repercusión, teniendo en cuenta que la presentación de la secuela midió más que la primera vez: promedió los 23,9 con un pico de 24,8. En la batalla del rating, la primera emisión le ganó a «Sábado bus», que alcanzó los 10 puntos.
Mientras Peluffo mostraba las nuevas instalaciones del «juego más importante del mundo» según la evaluación de Silveyra, ella expresó «Mariano mostrame más, vos que tenés la suerte de estar allí».Y para presentar las biografías de los participantes, la actriz improvisó un copete digno de los semiólogos que se reúnen los lunes en «El debate»: «Vamos a seguir profundizando nuestro conocimiento sobre los nuevos participantes». Es decir, nombre, signo, ocupación y hobbies. No hay nada que hacer: el reality está instalado y habrá que ver hasta cuándo la sociedad argentina lo acompaña y lo tolera.
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