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10 de noviembre 2006 - 00:00

Cornejo: imágenes de un paraíso amenazado

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Mariano Cornejo refleja su Salta natal sin imágenes convencionales ni pintoresquismos, logrando una admirable sublimación del paisaje con sus colores, sus ecos y sus texturas.
Mariano Cornejo, hombre de a caballo, que registra su paso por hondonadas, desiertos, barrancos, intentos de cumbre, desfiladeros. Todo esto en sus pinturas-objetos. En sus paisajes de los Cerros Colorados, de la Cuesta del Chilo, del Cerro Negro, Jumirrodio, Isonza. Este género que se remonta al siglo XV, en Flandes, que fue derivando hasta la aparición de la «ventana», tentación para los pintores a través de los siglos, idealizado como paraíso, esta suerte de otredad inalcanzable, hoy sustituido por el paisaje urbano, degradado casi sin retorno.

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Por suerte y muy generosamente, aunque sea por breves instantes, Cornejo regala al espectador un regreso al paraíso, al territorio de su Salta natal. Pero nada hay aquí cercano a lo convencional, ni árbol, ni forma montaña, ni caserío, ni campesinos, ni pintoresquismo alguno. Sí están la luz, los tonos, la textura de la piedra, la aridez del entorno, la visión de verdes parches desde lo alto de la montaña, se siente la lucha por llegar hasta allí, el eco de los cascos de los caballos, su deslumbramiento ante esa suerte de vacío por el que se supone nadie ha pasado, «por la percepción del tiempo casi detenido que lo modifica», según sus propias sensaciones volcadas en un poético texto.

En ocasión de otra muestra describimos a Cornejo como poeta-pintor-obrero manipulador de tablas, clavos, latón, alambres, punzones con los que hace surcos en la madera a la que raspa y pinta, a la acuarela a la que con delicadeza, perfora sin lastimarla. No ha dejado de hacerlo y sin repetirse, ha logrado una sublimación del paisaje al que «pinta como una nostalgia anticipada de lo que vamos a perder». Si realmente lo vamos a perder, algo que nos parece inexorable, queda su representación y, en el caso de Cornejo, como rescate de un paraíso amenazado. Galería Palatina (Arroyo 821). Clausura el 13 de noviembre.  

  • En la Galería Arroyo (Arroyo 830), expone grabados y pinturas Héctor Saunier. Radicado desde 1961 en París, donde ingresó al célebre «Atelier 17» del grabador inglés Stanley W. Hayter, tras cuya muerte y hasta nuestros días es director del «Atelier Contrepoint», sucesor del anterior. Ante el alud de técnicas mecánicas y tecnológicas, por supuesto bienvenidas a fin de ampliar la vasta gama de experiencias en la disciplina del grabado, Saunier sale a mostrar su tradicional oficio en toda su magnitud. Gran destreza y conocimiento en el uso del buril, presenta lo que hoy constituye una rareza: el grabado en estado puro. De compleja lectura, invita a seguir los mil vericuetos y grafismos de una línea que atraviesa la superficie, cae en cascada, se arremolina, sigue el impulso, el gesto de la mano con ritmo incesante. Como fondo o fundido entre ellas, acompañándolas, espacios de color armónicos y sutiles.

  • Por primera vez, Saunier presenta óleos en los que se anima a abordar grandes superficies. En ellos se observa cómo los planos de color, mucho más limitados en los grabados, se expanden, parecen liberarse, enfatizados por el artificio de la luz negra con la que están iluminados. Una obra exquisita, de singular y extraordinaria calidad, para aquellos que saben demorarse ante lo que escapa a la inmediatez y a lo efímero. Hasta el 14 de noviembre.

    Mariano Cornejo refleja su Salta natal sin imágenes convencionales ni pintoresquismos, logrando una admirable sublimación del paisaje con sus colores, sus ecos y sus texturas.

  • Pablo Damiani (Nueva York, 1961), pertenece a una familia uruguaya vinculada al mundo del arte. Su abuelo Víctor, cantante de la Scala de Milán, y Jorge, su padre, pintor perteneciente a la generación de Nelson Ramos, José Gamarra, Jorge Páez, entre otros destacados nombres de la abstracción del Uruguay.

    Madera, hueso, cuero, ladrillo, pigmentos, se encuentran entre los materiales que le importan, tanto o más que las ideas ya que, según lo expresa el artista, es a través de éstos que se provocan las mayores emociones. Así lo siente este escultor riguroso y así lo siente el espectador ante sus obras contenidas. En primer lugar la madera a la que trata con minuciosidad de artesano pero sin alardes inútiles. Impera el despojamiento pero cuánta gracia, humor, ironía, y hasta ternura hay en sus cajas; por ejemplo, «El cuento del pez azul», quién no quisiera poseerla, barcas, teatritos, altares, «El Acaparador», retablos, habitados por gatos rojos, perros de paseo, hombrecitos enmascarados, aves picudas. La minuciosidad no sólo se remite al tratamiento de la madera sino a las pequeñas piezas a manera de amuletos que ellas muestran o esconden en cuero o en hueso, en los grafismos y signos de las inscripciones. Obra cargada de magia, de secretos, de símbolos, un micro mundo espiritual. En Galería Niko Gulland (Bulnes 2241. P.B. «B»). Hasta el 13 de noviembre.
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