«Días contados» de Oscar Martínez tiene intriga, emoción y algunos buenos momentos
de humor, que disimulan los redundantes monólogos de la dramaturga que encarna
Cecilia Roth.
«Días contados». Libro y Dir.: O. Martínez. Int.: C. Roth, G. Garzón, A. Awada, C. Lapacó. Esc.: A. Negrín. Ilum.: A. del Mastro y M. Cuervo. (Sala Pablo Neruda -Paseo La Plaza.)
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En su segundo trabajo como dramaturgo y director, Oscar Martínez no sólo ha demostrado que conoce muy a fondo las reglas del teatro comercial, sino que además puede brindar un espectáculo de calidad sin alejarse de los estándares aceptados por el público. Pero lo que resulta más llamativo es el empeño que pone en «mimar» al espectador, con quien dialoga a través de sus personajes, incluso para explicarle el sentido último de cada acción.
Adrián, el protagonista de «Ella en mi cabeza» (ahora en gira por el interior), sometía a juicio de la platea su feroz crisis matrimonial. En medio de un agradable clima de comedia, el público iba conociendo sus fantasías, sus discusiones -reales e imaginarias- y hasta sus sesiones psicoanalíticas, siempre con la risa pronta o dispuesto a compadecerse de los conflictos, probablemente irresolubles, de este neurótico obsesivo. En «Días contados», Martínez vuelve a colocar al público en actitud cómplice, dispuesto a hojear junto a la protagonista (exitosa dramaturga y guionista cinematográfica) el libreto de su última pieza teatral. El personaje entra y sale de escena para contarle al público los episodios familiares que inspiraron dicha obra (la que el espectador está viendo en ese preciso momento).
Que el papel haya recaído en Cecilia Roth responde a otra astuta jugada del autor. Apenas la actriz ingresa a escena, el público la recibe en medio de una ovación que termina fundiéndose con las primeras líneas de su personaje: «Para algunos de ustedes debo ser una persona conocida...» (más aplausos, desde luego). «Para los que no: mi nombre es Ana Casal, escribo para el teatro... y aunque hace mucho que no subo a un escenario. Soy, o he sido, actriz...».
De allí en más el idilio entre la actriz/personaje y el público crece. A nadie le preocupan las redundantes explicaciones de Ana sobre lo que ya se vio en escena, ni sus detalladas anécdotas en reemplazo de la acción. Como ella misma dice, y repite, la vida supera siempre a la ficción o bien abunda en situaciones teatrales. El problema es que su dramaturgia tiende a enfilar hacia lo narrativo.
Por suerte, a veces se olvida del público y es entonces cuando emerge la verdadera «novela familiar» de Ana, en la que ocupa un lugar destacado su madre. La mujer se encuentra internada por una afección neurológica que la vuelve al pasado y provoca no pocos malentendidos entre los demás personajes.
Claudia Lapacó está estupenda en el papel de madre avasalladora y dominante (ya querría Almodóvar una actriz como ésta). Ana debe lidiar también con un hermano psiquiatra (al que Alejandro Awada le aporta una particular hondura), y un ex marido (Gustavo Garzón) con quien la dramaturga mantiene dos duelos verbales que la dejan maltrecha. Ambos personajes contribuyen a que la protagonista ponga en crisis su omnipotencia, repare el vínculo con su madre, mejore el que tiene con su hija y aprenda, por último, a ser una mujer más tolerante y comprensiva.
El buen desempeño de todo el elenco, sumado al carisma de Roth y la ajustada dirección de Martínez llegan a la platea. Fuera de los excesos del personaje central, la trama tiene intriga, emoción e incluye varios momentos de humor. Tal como sucede en la caótica escena del hospital, con la madre a punto de enloquecer, mientras su hijo intenta contener por teléfono a un paciente con tendencias suicidas.
La escenografía de Alberto Negrín evoca la casa de Ana y la sala de hospital con sus jardines, recurriendo a unos pocos elementos que la despegan del realismo. La presencia de varios telones rojos subraya la idea de representación teatral.
Dejá tu comentario