«Gigantes de Valdés» ( Argentina, 2008, habl. en español). Dir.: A. Tossenberger. Guión: A. Tossenberger, P. Lago. Int.: F. D'Elía, M. Dedovich, A. Casero, I. Macedo, G. Barbarrosa, M. Wons, J. Sesán.
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«Los caballos de Valdez», con zeta final, era una película de acción con hermosos caballos, propiedad de un mestizo llamado Valdez, interpretado por Charles Bronson. Por ahí se los roban, y empieza lo bueno. «Gigantes de Valdés», con ese final, es una con ballenas, lobos marinos, flamencos rosados, guanacos, una mulita, una orca, etc., etc., que viven parcialmente en el santuario natural de Península Valdés, no son propiedad de nadie, pero, si alguien daña la zona, va a empezar lo malo.
A eso alude esta película, que tiene lindas fotografías de la fauna, incluso fotografía submarina, y ni qué hablar del cielo tremendamente rojo al amanecer y al atardecer, componiendo una hermosa vista panorámica. En ese sentido, la película hace una propaganda bien atractiva de Península Valdés y sus alrededores, donde también se disfruta una visita al Museo Paleontológico Egidio Ferrario. Lo que le falta, ay, es algo más de acción. Y le sobran unos minutos.
También le sobra ingenuidad al argumento, aunque ciertas cosas hubieran pegado mejor, o al menos disimulado mejor, sólo con un poco más de ritmo y de pulido, y en eso conviene recordar que el autor, Alex Tossenberger, nunca antes había hecho un largometraje.
Pequeña historia de descubrimiento, donde el enviado de una gran empresa dispuesta a depredar una zona turística descubre las bondades de las pequeñas empresas y gentes de dicha zona, su historia tiene un extraño plus, algo «risqué», cuando surge la relación del hombre de ciudad con otro más curtido y suspicaz, bien pegado a la naturaleza.
Francisco D'Elia es el lindo perejil al ciento por ciento enviado por la empresa, Isabel Macedo la linda maestra que ha de ayudarlo, Miguel Dedovich el pintoresco pescador que lo despabila un poco y lo acerca a las ballenas propiamente dichas, Georgina Barbarrosa la almacenera que el pescador ama en silencio, Mirta Wons y Jorge Sesán los allegados que apuntalan todo esto, y Alfredo Casero es el malo de la película, el dueño del pueblo, un sicótico que se lleva todo por delante ( incluyendo el santuario natural), no reconoce errores, y encima exige el eterno agradecimiento de los habitantes. Buena caracterización, muy poco farsesca, bastante cercana a ciertas figuras de la vida real.
Como Bronson en «Los caballos...», D'Elia tendrá que enfrentar al malo. Por supuesto, no cabe esperar una estampida de ballenas. Pero sí que los de la Casa de la Provincia de Chubut hagan por lo menos un sorteo de viaje y estadía para dos personas entre los espectadores, para el público que todavía no decidió sus vacaciones.
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