El arte de las mujeres fue anticipador de otros avances

Espectáculos

A raíz de la elección de Michelle Bachelet como primera presidenta de Chile, surge la evocación del Día Internacional de la Mujer, que las Naciones Unidas fijaron, en 1977, en el 8 de marzo de cada año. La victoria es un aporte que no se ha limitado pasivamente a lo celebratorio: por lo contrario, ha sido un acontecimiento vivo, de representación y de reflexión acerca del tema.

En suma, es singularmente interesante el estado de la condición femenina en la sociedad de hoy, así como la respuesta de la mujer en términos de las relaciones sociales. La presidenta finlandesa Tarja K. Halsnen, la canciller alemana Angela Merkel, la presidenta de Letonia Vaira Vike Freiberga y la de Irlanda Mary Mealeese, la reciente canciller de Israel, Tzipi Liuni. La asunción hace cuatro días de Ellen Johnson como primera jefa de Estado en Africa (Liberia), las candidatas Hillary Clinton (demócrata) y la republicana Condoleezza Rice en los Estados Unidos, la socialista Ségolène Royal en Francia y la peruana Lourdes Flores, marcan cómo las mujeres han irrumpido en los escalones más altos de la política.

Pero el arte -anticipador, como siempre- ha adelantado este fenómeno. El tema «El enigma de la feminidad en la creación del siglo XX», centrado en figuras de la notable pintora mexicana Frida Kahlo (1910-54) y la destacada escritora alemana de origen ruso Lou Andreas-Salomé (1861-1937), amiga y confidente de Nietzsche, Rilke y discípula de Freud, fue una idea para una muestra de artistas y un libro publicado por Consuelo Ciscar, actual directora del IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno). La exhibición vino luego al Museo de Bellas Artes en 2000. La lucha de las mujeres ha sido y es por la igualdad. Así lo proclama ya uno de los primeros tratados -si no el primero- acerca del caso, «Vindicación de los derechos de la mujer», que la pensadora británica Mary Wollstonecraft difundió en 1792. Al decretar el Día Internacional de la Mujer, la Asamblea General de la ONU no entendió sino rendir tributo a esa lucha y ponerla de manifiesto: el 8 de marzo de 1908 ocurrió la trágica muerte de las obreras textiles que habían ocupado la fábrica de Chicago donde trabajaban, en demanda de condiciones laborales más humanas y del pago de salarios idénticos a los que cobraban los varones.

• Pioneras

En la Argentina, la brega por los derechos de la mujer nació temprano, hacia 1830, con la edición del periódico «La Aljaba», dirigido por Petrona Rosenda de Sierra. Más adelante, tres escritoras concentraron esa prédica: Rosa Guerra, Juana Manuela Gorriti y, sobre todo, Juana Manso (1819-75), una de las figuras más importantes de la América latina en el siglo XIX. Fue ella quien, a fines de 1853, abogó en un texto vehemente por la «emancipación moral de la mujer», y señaló que ese hecho urgente era temido por «la vulgaridad» de los hombres como un «apocalipsis».

Como en todas partes, el camino ha sido largo, tormentoso y complejo.
Sarmiento, un acendrado defensor, señalaba que el grado de civilización de un pueblo debe juzgarse por «la posición social de las mujeres». Y la ubicación social fue modificándose con pasmosa lentitud. Cecilia Grierson (1859-1934), la primera médica argentina y de Latinoamérica, se doctoró en la Universidad de Buenos Aires, en 1889, después de superar trabas y humillaciones impuestas por muchos de sus profesores y compañeros de estudios; sólo pudo ejercer la medicina a partir de 1892. En cuanto a la primera abogada, María Angélica Barreda (1887-1963), recibida en la Universidad Nacional de La Plata, debió sortear una cerrada oposición hasta poder inscribirse en la matrícula y prestar juramento en 1910. Lo demás es historia conocida.

En esta lucha por la igualdad, el arte y la crítica se han convertido en un poderoso instrumento de acción y discusión. En 1971,
Linda Nochlin titulaba un ensayo difundido por «Art News» (Nueva York) con esta pregunta: «¿Por qué no ha habido grandes artistas mujeres?». Un lustro después, en 1976, el Museo de Arte del Condado de Los Angeles presentaba la vasta exposición «Mujeres artistas. 1550-1950», que abarcaba desde Artemisia-Gentileschi (1593-1651) hasta Frida Kahlo. Pero lo que hoy buscan las artistas mujeres, no sólo es hacer arte: es también reflexionar acerca de la mujer como tal, de su lugar en el mundo y, naturalmente, de su participación en los avatares y circunstancias de la creación estética como agenciamiento social.

No se trata, pues, de un «arte femenino», lo que importa es restablecer la vieja diferencia, despojada hoy de todo sentido; ni de un «arte feminista», que investiría connotaciones ideológicas nada útiles, sino de arte hecho por mujeres. Es una convención inútil la que nos fuerza a distinguir y separar a hombres y mujeres.

Iniciada en el diseño textil, la escultora polaca
Magdalena Abakanovicz (1930) desarrolló su propia técnica de ensamblaje, creando enormes esculturas realizadas con materiales blandos. El lenguaje simbólico de la artista Louise Bourgeois (1911) se despliega en torno a temas como la sexualidad y lo femenino. Una gran pieza suya inicia el recorrido de uno de los grandes museos de hoy: la nueva Tate Gallery de Londres. La reflexión sobre el cuerpo está presente en los videos y performances de la reconocida escultura y cineasta alemana Rebecca Horn (1944).

• Nombres

Es imposible hacer una referencia exhaustiva a tantas grandes artistas. Pero queremos mencionar algunas argentinas. La imaginería fantástica de Mildred Burton (1942), que ha buscado siempre romper la coherencia de las representaciones de un mundo objetivo para desenmascararlo y elaborar una crítica implacable. Desde los años '70 hasta hoy, las propuestas de Diana Dowek (1942) han investigado problemáticas humanas y sociales, con personajes que remiten a la parábola de nuestra época: la humillación de los débiles, los imperativos sociales y la violencia. Desde los años '60, los monumentos efímeros, los mitos populares, instalaciones y performances -aquí, en París y en Nueva York-, de la pionera Marta Minujin, han sido siempre una convocatoria participativa, en la que puso de manifiesto su énfasis vitalista, extensiva a la interacción con los espectadores.

La reflexión y la meditación impulsan también la obra de
Josefina Robirosa (1932). «En medio del caos y la confusión, vislumbramos el silencioso centro de nuestro ser, nuestra esencia, que espera ser descubierta», ha dicho.

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