Aunque bien actuado por María Onetto, el nuevo film de Lucrecia Martel vuelve a pintar una
clase provinciana hipócrita y negadora con un estilo moroso y críptico, que puede dejar
afuera al público común.
«La mujer sin cabeza» (Argentina-España-Francia-Alemania, 2008, habl. en español). Guión y dir.: L. Martel. Int.: M. Onetto, C. Cantero, I. Efrón, D. Genoud, M. Vaner, C. Bordón, G. Arengo.
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Una señora, muy bien encarnada por María Onetto, percibe que chocó un perro en las afueras de la ciudad. O quizá no era un perro. En una de ésas, ya estaba muerto. Más tarde, el marido lo trae a casa. ¿O es otro? ¿O ni siquiera es un perro? En todo caso, ¿por qué se baña y recién después se pone a lavarlo? Ciertas conductas, ciertos hechos, hacen pensar que a esta gente le llueve algo en la azotea, o será que así lo ve la mujer, ya que el choque la dejó varios días medio atontada, si no lo estaba de antes. «¿Por qué será que falta tanta cordura en esta familia? Decime alguien que haya muerto en sus cabales», se oye decir durante un encuentro familiar alrededor de la tía lela. Pero también es la forma en que Lucrecia Martel cuenta esta historia.
De hecho, la misma le sirve para otra de sus pinturas de una clase provinciana blanca, pudiente y negadora, hipócrita, que a veces, y sobre varios asuntos (engaño marital, devaneos adolescentes, delito culposo, ineficiencia profesional, torpezas, mensajes de amor o de antojo, en fin) «se hace el que no ve». Sigue en eso una vieja tradición, «son espantos, no los miren y desaparecen», como recomienda la tía, un poco al estilo del «no lo miren, que está teñido», que decían los chicos respecto del padre en «La ciénaga». Los seguidores de Martel pueden disfrutar esos guiños, que también incluyen la voz de Jorge Cafrune, los chicos en situación de riesgo, descuidados por los adultos, el supermercado, y las domésticas de raza india que manejan la casa, orientan a sus patronas, y se mantienen discretas, serviciales, y mentalmente estables (evidentemente son la raza superior, pero ¿dónde se echan a perder?, ¿en el Gran Buenos Aires?). Un disfrute también, digno del cartel francés que aquí le ponemos, la actuación breve y deliciosa de María Vaner, que hace lo suyo de sentada, como la reina que fue, y que de este modo se despide.
Lástima, esto también hay que decirlo, que el público general pueda sentirse justificadamente cansado ante la mezcla de supuestas realidades de escasa trascendencia, los planos de larga duración de la protagonista manejando, los muchos planos a nivel cintura, los muchísimos que lucen fuera de foco (a tono con la cabeza de la mujer), la edición maliciosa, y el mismo estilo de relato, con que Martel concluye, al parecer, su primera trilogía.
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