En Nueva York, nada parece querer escapar a la influencia de lo latino. Y aunque todavía muchos cantantes centro y sudamericanos tienen que hacerlo en inglés para acceder a mercados más numerosos, no son pocos los músicos del Norte que eligen el camino inverso.
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Hartos quizá de lo conocido, artistas como Marc Ribot optan por sumar ritmos latinos --cu-banos en este caso-y unirlos a su propia historia musical. Ribot es lo que se diría un claro exponente del downtown neoyorquino. Desde allí desarrolló un estilo alternativo a los del negocio grande de la música, y se hizo respetado y admirado. Y, más allá de sus proyectos personales, fue convocado como guitarrista por músicos y cantantes de los más variados, desde Marisa Monte hasta Elvis Costello, pasando por Caetano Veloso, Marianne Faithfull, Arto Lindsay, Susana Baca o Tom Waits. Pero también integró grupos «avant-garde» de jazz o formaciones de estilo difícil de definir.
A mediados de los '90, conoció a algunos músicos cubanos -no ya anticastristas, como los de Miami-, y en 1997 terminó de darle forma a este proyecto de Los Cuba-nos Postizos con el que ya ha editado dos álbumes y que acaba de presentar en la Argentina. Ribot ofrece una mezcla de temas tradicionales de la isla y propios construidos siguiendo esa misma tradición.
Las percusiones latinas de E. J. Rodríguez y Horacio «Negro» Hernández marcan las bases para piezas que podrían calificarse como bole-ros, cha-cha-chás, sones o guajiras. El contrabajo sigue esa marcación, pero deja traslucir voluntariamente una herencia musical distinta. Anthony Coleman, desde los distintos teclados, introduce elementos del pop de los '60 y '70.
Y sobre todo eso, Ribot hace malabares con su guitarra, más cerca del jazz en la libertad improvisatoria, más cerca del blues en su toque y su atracción por el esquema armónico básico. O canturrea algunos temas -o sólo algunos estribillos-en inglés o en castellano. Lo que entrega este quinteto, entonces, es un verdadero «crossover» cultural.
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