20 de agosto 2001 - 00:00

El mundo discepoliano es festín para nostálgicos

La cicatriz ajena.
"La cicatriz ajena".
«La cicatriz ajena», de H. Gióvine. Dir.: E. Dacal. Esc. y Vest.: A. Belatti. Dir. Mus.: N. Califano. Int.: N. Califano, V.H. Vieyra, H. Gióvine, M. de la Paz Pérez, E. Papatino y F. Martín. (Teatro Santa María.)

¡Qué mundo fantasmagórico!"
-dice uno de los personajes de «Stéfano». Concepto que Discepolín repite en su tango «Cambalache», verdadera muestra de sabiduría popular, que aunque modesta, puede tildarse de filosófica, ya que, además, conserva íntegra su vigencia, resonando hoy como si hubiera sido escrito la víspera. Los que buscan sin encontrarla, una identidad nacional, pueden hallarla en los Discépolo, provenientes de una familia «que llegó en los barcos», como los personajes de los maravillosos libros de Marechal.

Con diversos textos de los hermanos (Armando y Enrique Santos), Héctor Gióvine ha compuesto un libreto desprolijo y tocante, en el que deambulan los personajes de los tangos, mezclados con Stéfano y su familia, y da cabida a «La inconclusa», a canzonetas napolitanas y a los monólogos de «Mordisquito».

Enrique Dacal mezcla los elementos en una puesta que tiene el valor de reflejar ese «mundo fantasmagórico» al que se refiere el personaje, fiel reflejo de nuestra actualidad. Por eso emociona y por eso duele. Un verdadero festín para los nostálgicos.

Una mujer se transforma por momentos en el centro de la escena y no es errado presentir en ella algunos rastos de Eva Perón, aunque encarne el ideal femenino de los tangos y justifique los lamentos de los taitas. Por momentos «Muñeca», por momentos «la flaca vestida de pebeta», por momentos la madre brava que consuela al hijo.

El espectáculo es torrencial y en su transcurso arrastra verdaderos hallazgos como las intervenciones de Víctor Hugo Vieyra, realmente conmovedoras y la belleza de María de la Paz Pérez, que entona con acierto las canciones.

Pero la revelación de la noche es Norberto Califano, que aparte de ser el director musical, abre el espectáculo y se sienta al piano para deleite de quienes lo escuchan. A 100 años de su nacimiento, el homenaje a Discepolín, es oportuno.

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