Germán Marín: escritor, editor, chileno y cosmopolita. En
«Basuras de Shangai» reúne cuatro libros breves, a la manera
de un ciclo de memorias y estilo.
Hace tiempo que en Chile están reclamando el Premio Nacional para Germán Marín, figura histórica del mundo editorial iberoamericano, que ha trabajado en esa industria en la Argentina, México y España, y actualmente es director editorial de Random House Mondadori en Santiago de Chile.
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A los 73 años, luego de haber publicado la premiada trilogía de caracter clásico «Circulo vicioso», «Las cien aguilas» y «La ola muerta», presentó un libro misceláneo, innovador, con una constante mezcla de géneros, donde puede pasar de la nouvelle «La princesa de Babilonia», sobre la vida en un prostíbulo que tuvo su apogeo en tiempos de toque de queda, a su recuperación de objetos que están desapareciendo. En su visita a Buenos Aires dialogamos con él.
Periodista: Su libro «Basuras de Shangai», que reúne cuatro libros breves, ¿es una antología de sus modos de escribir?
Germán Marín: Son diversos momentos que se me han ido dando. «Lecciones de cosas» es una especie de museo personal de objetos. En « Tentativa de evasión» y «Días naturales» reúno relatos de pura ficción, en tanto que «Articulosde bazar», la última parte, son crónicas que en un punto se deslizan hacia la ficción.
P.: ¿Por qué añadió esos textos?
G.M.: He explicado la inclusión de esos textos que oscilan entre ficción y documento bajo la forma de la sospecha de que la literatura resulta cada vez más un ejercicio espurio. Temas pertenecientes en su origen a la ficción pasan, con los años, a ser documentos de la realidad, y antiguos ensayos teóricos hoy sólo pueden ser leídos como narraciones fantásticas. Creo que incluirlos fue una forma de legalizar una forma que está permitiendo decir cosas que la ficción no decía, no quería o no podía decir por recargo de documentación. O contar desde la experiencia solitaria de hechos, de situaciones, de tragedias o de encuentros.
P.: Por ejemplo, todo una escena del universo porteño de 1948. ¿Es real que vivió y estudió en Villa Urquiza?
G.M.: Viví varias veces en Buenos Aires. Mi madre, Amelia Sessa, es argentina. Mis abuelos genoveses pasaron por aquí para luego pasar a residir en Chile, porque le habían dicho que era más facil, lo cual era mentira; era más fácil vivir en la Argentina. Estuve aquí cuando niño, después con mi familia nos fuimos a Santiago de Chile. Hice la Escuela Militar, pasé a Arquitectura, pero eso no me iba. Me di cuenta de que estaba aburridísimo en Chile y que me quería ir Europa, pero sólo llegué hasta Buenos Aires. Esa fue la segunda vez, después el tiempo me permitiría recorrer Europa, China, el mundo. Y seguí pasando muchas veces por aquí.
P.: Usted que, mas allá de la docena de libros publicados, no ha dejado de escribir, ¿donde descubrió su pasión por la literatura?
G.M.: Descubrí mi gusto por las letras acá, alentado por profesores que tuve.Ya dije que aquí estuve muchas veces, y una vez fue en la Facultad de Filosofía y Letras. Recuerdo a Ana María Barrenechea, que nos descubrió un colega suyo, un joven autor que se había ido a Francia, y nos contó su vida y nos dijo que le haríamos un gran favor si íbamos a comprar su libro que ya sólo estaba en la editorial Sudamericana; el autor era Julio Cortázar y el librito «Bestiario». Tuve a Borges como profesor de Literatura Inglesa y Norteamericana, y a Roberto Fernando Giusti en literatura latinoamericana, que dado que ya era un abuelo el programa lo desarrollaba Jaime Rest y también el pesadisimo Raúl H. Castagnino. Con semejantes impulsores ¿cómo no me iba a apasionar por la literatura?
P.: ¿Por que tituló « Basuras de Shangai» a historias que parecen basadas en la mayoría de los casos en cosas que le sucedieron?
G.M.: Los recuerdos tienen, en algunos casos, algo de residuos mentales, de elementos pegajosos que están anidados en la memoria, estupideces, fragmentos, basuras lejanas que están buscando que uno las desarrolle, las explore, y que yo busco transformar en literatura.
P.: ¿Por qué presenta cada una de las cuatro partes de su libro con una cita de Esquilo?
G.M.: Es imponer de entrada al lector la idea de destino. Esa fuerza que no se puede dirigir y que lo arrastra a uno, como una narración donde uno es el personaje. La literatura es la posibilidad de indagar el destino. Yo he reemplazado el psicoanálisis por la literatura, que tiene siempre algo de confesional; busco encontrar explicaciones en los materiales que voy creando. Aunque nunca sacamos nada en limpio porque la vida es una palimpsesto, una suma de borradores.
P.: ¿Es cierto que usted, que se exilió tras el golpe militar de 1973 en Chile que le censuró su obra, ahora se define como reaccionario de alma?
G.M.: Le llegó la versión incompleta de algo que le dije a un periodista en Chile que me preguntó si mi libro, por ser por momentos melancólico, era reaccionario. Le contesté que sí, que es reaccionario, y que mi fórmula química es ser reaccionario de alma y progresista de vocación.
P.: ¿Fue por reaccionario que dedicó una sección de su libro a cosas que se están perdiendo, como los pantalones de golf, el biombo o el barrio?
G.M.: No todas se están perdiendo. En el caso de la bicicleta me interesó averiguar cuándo se produjo su presencia por primera vez en la literatura chilena. Las casas de antigüedades deberían provocarnos el asombro de cosas que alguna vez tuvieron utilidad, uso, vida, y ahora están irremediablemente muertas. Por otra parte podemos ver todo un sector de la literatura que está basada en los objetos, o parte de ellos; para tomar casos cercanos, desde la corriente objetivista donde estuvo Robbe-Grillet a los trabajos, por ejemplo, de George Perec.
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